Identidad europea: el Papa Benedicto XVI no so olvida del islam

Artículo publicado el 29 de Noviembre de 2006
Artículo publicado el 29 de Noviembre de 2006

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La Historia europea no puede concebir sin los musulmanes, según el investigador anglo-egipcio H. A. Helyer.

“Buscad lo que aportó como novedad Mahoma y sólo encontraréis cosas malas e inhumanas.” Aunque sorprendieran las reacciones furiosas provocadas por esta declaración del Papa el 12 de septiembre pasado en la Universidad alemana de Ratisbona, la mayoría de los comentaristas no se han percatado de que el debate más pertinente acerca de las comunidades musulmanas está en otra parte.

Si el Papa hubiera querido insultar a los musulmanes, hubiera elegido otro contexto y no hubiera retirado sus declaraciones enseguida. Al contrario, hubiera podido expresar opiniones más duras. El apoyo plausible de la mayoría de los europeos hubiera legitimado su discurso. Las respuestas violentas de algunos musulmanes en ciertos lugares del planeta sólo han demostrado una cosa: que estaban de acuerdo con la imagen de sí mismos contra la que protestaban.

El islam: un extraño a Europa

Según el Vaticano, el islam no es tanto una amenaza como una realidad externa a Europa. Una realidad que la institución papal ha apoyado a menudo. El Papa se opuso a la última guerra en Irak, a las caricaturas danesas de Mahoma, y hasta expresó su apoyo a los libaneses en su reciente conflicto contra Israel. Aunque el sumo pontífice comparta los temores de una buena parte del mundo frente a la radicalización y la violencia de ciertas ramas del islam, no parece querer responder con hostilidad.

Benedicto XVI es un tradicionalista que apoya las reformas dictadas por el Concilio Vaticano II. Es decir, que la modernidad no es necesariamente beneficiosa pero que el Santo Padre debe aceptar que la Iglesia se cuestione a sí misma para optar por una vía progresista. El Papa ve con toda seguridad en el islam un aliado potencial en esta corriente progresista aunque no lo asocie con el futuro de Europa.

Tal reconocimiento limitado no viene sin condiciones. Benedicto VXI quiere ser prudente: la posibilidad de que el islam sea un aliado contra la modernidad no le incitará a reinterpretarlo. La Iglesia Católica parece, de todos modos, poco favorable a una “reforma”, ya sea para sí misma como para el islam. Sin embargo, del mismo modo en que ha evolucionado con el Concilio Vaticano II desde los años sesenta, vería con buenos ojos una “reevaluación” interna del islam.

La Iglesia Católica ha tomado, además, conciencia de que fuera del continente europeo, el islam se ofrece como alternativa religiosa seria, tanto en África central como en la Occidental. El catolicismo sigue siendo una religión de misioneros y el hecho de que sea sofisticada no le impide –ni tiene por qué- rivalizar con el islam en términos de números de conversiones.

¿Cruzada contra el islam?

Benedicto XVI lidera, de este modo, una cruzada distinta en el terreno de Europa y el alma europea. A sus ojos, el continente europeo atraviesa una crisis de identidad. Todas sus intervenciones, como por ejemplo sus conversaciones con el presidente del senado italiano en el libro Sin raíces: Occidente, relativismo, cristiandad e Islam, indican que está preocupado por la espiritualidad de Europa, sin la cual, su civilización no podrá existir.

El discurso del Papa en Ratisbona tenía por finalidad salvar a Europa de un vacío moral que la separaría de sus valores. Las comunidades musulmanas, basadas en códigos morales absolutos, representan socios privilegiados de cara a este esfuerzo. En este contexto, la inquietud papal en cuanto al relativismo moral no tiene nada que ver con el islam.

Dicho esto, las las palabras del Papa conciernen, en efecto, a la religión musulmana. En su discurso, Benedicto XVI construye un razonamiento con un punto de partida tácito e incuestionado: el islam nunca ha formado verdaderamente parte de la Historia de Europa salvo en tanto elemento externo hostil. Una situación poco susceptible de cambiar en el futuro. Los musulmanes pueden y deben vivir en armonía donde quieran, pero ni su religión ni sus comunidades han nacido en Europa. Tampoco integran positivamente la Historia europea.

Una piedra en el camino

Esto es precisamente lo que más ha molestado a los musulmanes, al igual que los discursos idénticos de ciertos Estados europeos. La ausencia de definición de un absoluto moral en un marco multicultural ha conducido a muchos europeos a limitar y circunscribir este referente en el que enraizar su cultura.

Así, la presencia de los musulmanes en Europa es problemática: en tanto que ingrediente esencialmente extranjero, interrumpe la consolidación de la identidad europea. A pesar de la verdad histórica, el rechazo durante 1.400 años del hecho islámico en la construcción de la cultura y la herencia europeas se obvia en este debate.

Las civilizaciones han debido siempre equilibrarse unas a otras para encontrar una estabilidad. Benedicto XVI lo sabe bien: después de todo, es su argumento principal. Lo que sucede es que su argumentación se queda coja cuando se observa la manera en que se persigue esta estabilidad. Para el historiador Arnold Toynbee, el desarrollo de todas las civilizaciones se realiza a partir de dos elementos: un desafío y una “minoría creadora” que lo asuma. A la pregunta de “¿Cuál es la minoría creadora de Europa?”, nadie sabe contestar. Las comunidades cristianas y musulmanas deberían pensar en ello.

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