Identidad europea: ¿Qué demonios es eso?

Artículo publicado el 19 de Mayo de 2014
Artículo publicado el 19 de Mayo de 2014

"A Eu­ro­pa le falta una iden­ti­dad". Esto se puede leer en cual­quier aná­li­sis de cual­quier in­te­lec­tual. Nues­tro autor ha fi­lo­so­fa­do en cafés y en la calle con la gente y ha pre­gun­ta­do cómo ven todo esto. Y al final todos han en­con­tra­do un de­no­mi­na­dor común.

Una vez al año, la UE le pre­gun­ta a sus ciu­da­da­nos si se sien­ten más parte in­te­gran­te de su na­ción o de Eu­ro­pa. Así es como se pre­gun­ta por la iden­ti­dad eu­ro­pea. Pero, ¿qué es eu­ro­peo? ¿qué es iden­ti­dad?

A mu­chos au­to­res les gusta in­ten­tar ex­pli­car estas dos pa­la­bras con lar­gos ar­tícu­los, en los que ha­blan sobre de­mo­cra­cia, sobre va­lo­res co­mu­nes, sobre his­to­ria y, a veces, sobre cris­tia­nis­mo. Pero ¿qué dicen los pro­pios eu­ro­peos al res­pec­to cuan­do no sólo tie­nen ante ellos una en­cues­ta tipo test del or­ga­nis­mo de es­ta­dís­ti­cas Eu­ros­tat? ¿Qué con­tes­tan cuan­do se les pre­gun­ta por qué se sien­ten (o no) eu­ro­peos? ¿Qué mejor lugar para des­cu­brir­lo que una ciu­dad que afir­ma ser una ciu­dad eu­ro­pea?

Hace una tarde so­lea­da en Es­tras­bur­go, a lo largo del Ill hay an­cla­dos ca­sas-bar­co, bares y cafés y, a la ori­lla del río, la gente se sien­ta en si­llas, tum­bo­nas y sofás. Beben, fuman, ha­blan entre ellos. A mi lado se en­cuen­tra una mujer algo re­lle­ni­ta de me­dia­na edad y pelo os­cu­ro; en­fren­te, su madre: pelo corto rubio pla­tino, algo del­ga­da pero en forma, unas cuan­tas arru­gas.

Tan­teo el te­rreno con una pre­gun­ta pru­den­te y sen­ci­lla: ¿Es­tras­bur­go es una ciu­dad eu­ro­pea? "Sí", la res­pues­ta llega en­se­gui­da. ¿Y por qué? "Por­que por aquí pasan mu­chos tu­ris­tas de todos los paí­ses, hay ex­tran­je­ros por todas par­tes", dice la hija. Eso es ver­dad, Es­tras­bur­go es una re­fe­ren­cia tu­rís­ti­ca. Sin em­bar­go, si son ex­tran­je­ros ¿cómo pue­den ser eu­ro­peos?

"En­tien­do lo que quie­res decir pero, sim­ple­men­te, es dí­fi­cil de con­tes­tar. ¿Qué es ser eu­ro­peo?" Sí, jus­ta­men­te, ¿qué es? Su madre in­ter­vie­ne, dice que se trata de cos­tum­bres en común que todos los eu­ro­peos com­par­ten. ¿Y cuá­les son? "Buena pre­gun­ta". Sin res­pues­ta. Su hija co­mien­za: "he vi­vi­do unos cuan­tos años en Ca­na­dá. Allí me sen­tía más eu­ro­pea por­que, de al­gu­na ma­ne­ra, todo es dis­tin­to. In­clu­so cuan­do estoy en Bél­gi­ca, soy eu­ro­pea. Pero cuan­do estoy en Fran­cia, soy fran­ce­sa".

Otros con­tes­tan de forma pa­re­ci­da: una rusa que se ha mu­da­do a Es­tras­bur­go cuen­ta que, en su país de ori­gen, la ven como eu­ro­pea; en Es­tras­bur­go, como rusa. Eu­ro­pa pa­re­ce ser algo im­pre­ci­so, algo que las per­so­nas des­cu­bren en sí mis­mas cuan­do dejan atrás su país, su va­lio­sa cul­tu­ra. Apa­ren­te­men­te, iden­ti­dad es siem­pre una forma de de­li­mi­tar: no­so­tros y los demás.

¿Os sen­tís en pri­mer lugar fran­ce­sas y luego eu­ro­peas o pri­me­ro eu­ro­peas y luego fran­ce­sas? Las dos se­ño­ras con­tes­tan con "pri­me­ro fran­ce­sas". ¿Esto sig­ni­fi­ca en­ton­ces que os preo­cu­páis antes por los fran­ce­ses que por otros eu­ro­peos?" Ambas con­tes­tan ti­tu­bean­tes afir­ma­ti­va­men­te. "Pero en al­gu­nos paí­ses miem­bros del este, la gente muere de ham­bre y vive en cha­bo­las, ¿no ten­dría­mos que ocu­par­nos de ellos mucho más?". "Sí, lo sé, está mal pen­sar así, pero en Fran­cia tam­bién mue­ren per­so­nas", dice la hija. La madre con­ti­núa: "Por su­pues­to que te­ne­mos que pen­sar de forma glo­bal y, si lo ha­ce­mos, en­ton­ces te­ne­mos que ocu­par­nos tam­bién de los paí­ses dé­bi­les eu­ro­peos, te­ne­mos que man­te­ner­nos uni­dos para re­sis­tir ante China o EEUU".  

No es la única que con­tes­ta así a esa pre­gun­ta.

Pri­me­ro yo y des­pués los demás

Una bo­ni­ta fran­ce­sa que está co­gien­do su bici se­ña­la que de ver­dad que se tiene que ir ya, pero, cuan­do se con­fron­ta a mi pre­gun­ta, se queda pa­ra­da y re­fle­xio­na. Al final, ella tam­bién dice: "Pri­me­ro me preo­cu­po por los fran­ce­ses, pero tam­bién te­ne­mos que preo­cu­par­nos por los demás". Un grupo de jó­ve­nes, al­gu­nos de ellos no tie­nen ni si­quie­ra los 18, es­cu­chan igual­men­te in­tere­sa­dos e in­ten­tan dar res­pues­tas. Fi­nal­men­te: "Nues­tros pa­dres nos han en­se­ña­do que te­ne­mos que pen­sar tam­bién en las otras per­so­nas de Eu­ro­pa".

Todos los en­cues­ta­do eli­gie­ron al final la ex­pre­sión "te­ne­mos que", no "de­be­ría­mos". Pa­re­ce que Eu­ro­pa no es una cues­tión de sen­ti­mien­tos, sino más bien de en­ten­di­mien­to. Quien pien­sa en Eu­ro­pa, es prag­má­ti­co, rea­lis­ta y cui­da­do­so al ver la ven­ta­ja eco­nó­mi­ca. Puede que el valor común de la acla­ra­ción no sea tan in­ve­ro­sí­mil.

¿Qué mejor ma­ne­ra de pro­bar estas teo­rías que du­ran­te una dis­cusión sobre Eu­ro­pa? Doce, sobre todo adul­tos jó­ve­nes, se unen a mi in­vi­ta­ción de Fa­ce­book para dis­cu­tir sobre Eu­ro­pa un vier­nes a las 20 horas en el bar es­tu­dian­til Le Cha­riot. Al­gu­nos tra­ba­jan para Ca­fé­Ba­bel, otros son ami­gos y co­no­ci­dos. In­clu­so aquí, con per­so­nas in­tere­sa­das en el tema, se ase­me­jan las de­cla­ra­cio­nes: Hasta tres per­so­nas (in­clui­do yo) se ven como per­te­ne­cien­tes a su país, en pri­mer lugar, y des­pués a Eu­ro­pa.

Una idea: Si uno se iden­ti­fi­ca pri­me­ro con su na­ción y des­pués con Eu­ro­pa, ¿es esto na­cio­na­lis­mo?

Si­len­cio.

Ya se ha for­mu­la­do esta pre­gun­ta  hace unas horas cuan­do, en el Pa­lais d’Eu­ro­pe -sede del Eu­ro­pa­rat- me di­ri­gí a per­so­nas que pa­re­cían im­por­tan­tes. Un dipu­tado del Par­la­men­to de Ko­so­vo tuvo una res­pues­ta a punto, sin ti­tu­bear: "No es na­cio­na­lis­ta, es egoís­ta. Pero así es cada uno. Cada uno se ocupa pri­me­ro de sí mismo y luego de los demás". En el bar Le Cha­riot, se em­pie­zan a es­cu­char las pri­me­ras reac­cio­nes. Uno dice: "Iden­ti­dad no tiene nada que ver con na­cio­na­lis­mo. Sólo por­que al­guien se de­no­mi­ne fran­cés, esto no hace de él un na­cio­na­lis­ta. Sólo cuan­do se mar­gi­na a otras na­cio­nes o se las ve como de es­ca­so valor, en­ton­ces sí ha­bla­mos de na­cio­na­lis­mo". Na­cio­na­lis­mo es algo po­lí­ti­co; iden­ti­dad, algo cul­tu­ral.

Y nin­guno de los pre­sen­tes quie­re rem­pla­zar esta iden­ti­dad na­cio­nal cul­tu­ral por una eu­ro­pea. Ade­más, son justo estas di­fe­ren­cias cul­tu­ra­les lo que for­man Eu­ro­pa. Pen­sar de forma eu­ro­pea sig­ni­fi­ca re­co­no­cer abier­ta­men­te la di­ver­si­dad y las di­fe­ren­cias en Eu­ro­pa, qui­zás in­clu­so estar or­gu­llo­so de ellas. De hecho, el lema de la UE tam­bién es: "uni­dos en la di­ver­si­dad".

Sin em­bar­go, ha re­sul­ta­do de las con­ver­sa­cio­nes en la calle que mu­chos eu­ro­peos no ne­ce­sa­ria­men­te quie­ren estar uni­dos, sino que tie­nen que es­tar­lo. Con­ser­van una re­la­ción más bien prag­má­ti­ca y ra­cio­nal antes la idea eu­ro­pea: una idea de la ca­be­za, no del co­ra­zón. No ex­pe­ri­men­tan pat­hos, pa­trio­tis­mo o amor.

Sin­ce­ra­men­te, el lema ten­dría que ser más bien: uni­dos a pesar de la di­ver­si­dad.

Este ar­tícu­lo forma parte de la serie es­pe­cial de­di­ca­da a Es­tras­bur­go, "EU-to­pia : Time To Vote", un pro­yec­to de Ca­fé­ba­bel en co­la­bo­ra­ción con la fun­da­ción Hip­pocrène, la Co­mi­sión Eu­ro­pea, el Mi­nis­te­rio de asun­tos ex­te­rio­res y la fun­da­ción EVENS.