Inmigrantes indocumentados en París: entre la espada y la pared

Artículo publicado el 26 de Junio de 2014
Artículo publicado el 26 de Junio de 2014

Mu­chos in­mi­gran­tes per­ci­ben París como una suer­te de pa­raí­so. Des­pués de lar­gos y ar­duos via­jes, los in­mi­gran­tes con­si­guen lle­gar desde Ma­rrue­cos y Túnez con gran­des es­pe­ran­zas de un fu­tu­ro mejor. Pero ¿cuál es la reali­dad que los es­pe­ra cuan­do lle­gan sin do­cu­men­tos, sin em­pleo y sin una ade­cua­da red de con­ten­ción?

En  el metro de París, los ros­tros cam­bian con­ti­nua­men­te como en un ca­rru­sel mul­ti-ét­ni­co. Fran­ce­ses, afri­ca­nos, ára­bes, in­dios, chi­nos... di­fe­ren­tes idio­mas y di­fe­ren­tes an­te­ce­den­tes: es como cam­biar de ca­na­les en el te­le­vi­sor. Fran­cia es ver­da­de­ra­men­te una de las ca­pi­ta­les mul­ti-cul­tu­ra­les del mundo. 

"Fran­cia ya no es para los fran­ce­ses" afir­ma la Sra. Leroy, una fran­ce­sa, madre de una niña de dos años de ca­be­llo os­cu­ro, "somos mi­no­ría en nues­tro pro­pio país". Al­gu­nos fran­ce­ses pien­san que están "per­dien­do" su iden­ti­dad fren­te a la gran can­ti­dad de in­mi­gran­tes que lle­gan al país, es­pe­cial­men­te desde el mundo árabe. 

Arbi, 27 años, de Arge­lia, mien­tras ad­mi­ra­mos París desde lo alto de  Mont­martre, me cuen­ta acer­ca de la pri­me­ra vez que vino a Fran­cia: "Pensé que iba a en­con­trar el pa­raí­so aquí, so­lía­mos ima­gi­nar Fran­cia como la Tie­rra pro­me­ti­da, la tie­rra de los sue­ños, pero re­sul­tó ser una pe­sa­di­lla". Arbi ahora tra­ba­ja como guar­dia de se­gu­ri­dad en una tien­da en los Cam­pos Elí­seos. "Lle­gué aquí cuan­do tenía 22. Aban­do­né la es­cue­la a tem­pra­na edad para con­ver­tir­me en el sos­tén de mi fa­mi­lia, mi madre y mis nueve her­ma­nas. Ga­na­ba 20 di­na­res al­gerinos (1.85 euros) por día y no era su­fi­cien­te". Con una son­ri­sa en su ros­tro, Arbi me habla acer­ca de su novia fran­ce­sa: "Ella era la única que co­no­cía mi ver­dad y me amaba como soy. Ella con­si­de­ra mis sue­ños como si fue­ran suyos y eso es lo que adoro de ella". En 2001, Arbi fue con­de­na­do por con­du­cir en es­ta­do de ebrie­dad y ata­car a un ofi­cial de po­li­cía, por lo que es­capó i­le­galmente a Es­pa­ña, y luego vol­vió a Fran­cia. "Ahora todo es legal con­mi­go ¡pero quie­ro vol­ver a mi Ar­ge­lia!" agre­ga Arbi. "Amo Fran­cia , pero esta no es forma de vivir. No elegí estar aquí, lo hi­cie­ron las cir­cuns­tan­cias".

En un res­tau­rante tu­ne­cino, me sien­to en la te­rra­za con Nader, 18 años, de Marruecos­. Nader vino a Fran­cia hace cua­tro meses con un amigo de 20 años a tra­tar de ga­nar­se un lugar en la tie­rra de los sue­ños. "Mi amigo y yo es­ta­mos siem­pre mo­vién­do­nos" dice Nader, mien­tras mira una foto de su madre que tiene en sus manos. "Somos como una rá­fa­ga, co­rrien­do para todos lados, ha­cien­do de todo, tra­tan­do de so­bre­vi­vir, igual que el resto de los ára­bes aquí, los que tie­nen pa­pe­les y los que no". Nader y otros jó­ve­nes ma­rro­quíes cru­za­ron el Mediter­ráneo ile­gal­men­te hacia Es­pa­ña y luego a Fran­cia y a otros paí­ses de la UE. "Pa­ga­mos más de $1,000 por el corto y pe­li­gro­so cruce del Es­tre­cho de Gibral­tar", re­la­ta Nader. El bote, que, según dice Nader, trans­por­ta­ba más de 40 per­so­nas, se hun­dió en aguas cer­ca­nas al Es­tre­cho de Gibral­tar. "Al­gu­nos lo­gra­mos lle­gar a la costa, al­gu­nos mu­rie­ron y otros con­ti­núan des­a­pa­re­ci­dos".

Nader pas­ó al­gu­nos días en la calle hasta que un hom­bre de Túnez le dio al­ber­gue y un tra­ba­jo en su res­tau­rante, pese a que sabe que no tiene pa­pe­les y que si las au­to­ri­da­des fran­ce­sas lo des­cu­bren pue­den clau­su­rar su local. "Nunca me he sen­ti­do se­gu­ro desde que lle­gué aquí, pero Abdel Majid, mi jefe, me trata como a un hijo. No creo que vaya a per­ma­ne­cer mucho tiem­po en Fran­cia, esta no es la vida que vine a bus­car". Hace tres años, el padre de Nader fa­lle­ció de cán­cer y su madre era ama de casa. Du­ran­te más de un año, es­tu­vo bus­can­do tra­ba­jo. Su madre tam­bién bus­ca­ba, pero nin­guno de los dos tuvo éxito. Antes de la muer­te de su padre, la fa­mi­lia dis­fru­ta­ba un es­ti­lo de vida re­la­ja­do y pla­cen­te­ro. Pasar un pe­río­do de 24 meses sin in­gre­sos re­sul­ta­ron ser de­vas­ta­do­res para Nader y su fa­mi­lia. Deses­per­ado, Nader vino a Fran­cia de ma­ne­ra ile­gal. Se seca las lá­gri­mas con las pun­tas de los dedos, ex­ha­la len­ta­men­te y con­ti­núa: "La gente dice que siem­pre hay otras op­cio­ne para ter­mi­nar di­cien­do, “pero yo no pude en­con­trar nin­gu­na."

Mu­chos ára­bes que en­tran en Fran­cia ile­gal­men­te se ven atra­pa­dos aquí. In­ca­pa­ces de tra­ba­jar, bus­can ayuda del Mi­nis­te­rio del In­te­rior para vol­ver a su país. Todos so­lían pen­sar que se tra­ta­ba de un viaje de ida sin po­si­bi­li­dad de mirar atrás. Para al­gu­nos el sueño eu­ro­peo sim­ple­men­te no fun­cio­nó. Des­alen­ta­dos y des­ani­ma­dos, vuel­ven a casa. Hablé con Saber, un tu­ne­cino-fran­cés, de 35 años, que llegó a Fran­cia en 2000 en forma ile­gal. "Dejé Túnez en 1998 y me fui a Lampe­dusa. Mi pri­mer des­tino era Ita­lia; pen­sa­ba que iba a poder que­dar­me ahí y como la ma­yo­ría de los in­mi­gran­tes in­do­cu­men­ta­dos, co­men­cé una ca­rrera ven­dien­do dro­gas. Hace unos meses dejé de ha­cer­lo, no era lo que que­ría hacer. En­ton­ces me fui de Ita­lia y vine a Fran­cia, donde co­no­cí a mi es­po­sa, Rad­hia, una al­ge­ria­na de 34 años". Ahora la si­tua­ción de Saber en Fran­cia es le­gal, ob­tu­vo la na­cio­na­li­dad fran­ce­sa años atrás. "La na­cio­na­li­dad fran­ce­sa me per­mi­te gozar de de­re­chos que los in­mi­gran­tes nunca dis­fru­ta­ron, es­pe­cial­men­te ahora que tengo dos hijos, Mo­hamedFer­daws y que tengo un buen em­pleo".

ESTE AR­TÍCU­LO FORMA PARTE DE UNA EDI­CIÓN ES­PE­CIAL SOBRE PARÍS Y HA SIDO REA­LI­ZA­DO DEN­TRO DEL MARCO DEL PRO­YEC­TO "EU­RO­MED RE­POR­TER", INI­CIA­DO POR CA­FÉ­BA­BEL EN CO­LA­BO­RA­CIÓN CON I-WATCH, SEARCH FOR COM­MON GROUND Y LA FUN­DA­CIÓN ANNA LINDH.