Intercambio de bebés entre fábulas europeas

Artículo publicado el 24 de Julio de 2006
Artículo publicado el 24 de Julio de 2006
Durante siglos han circulado por Europa historias sobre niños cambiados en la cuna. ¿Por qué se parecen tanto los cuentos de bebés que fueron robados y sustituidos por bebés de elfos de apetito insaciable?

Érase una vez un señor noble que vivía en lo que entonces era el pueblo de Wroclaw. Cada verano obligaba a sus súbditos a recoger la cosecha de heno. Un año, entre los trabajadores se encontraba una joven que apenas se había recuperado de un parto reciente. Mientras ella ayudaba con la siega, había dejado a su niño solo en la hierba. Después de trabajar un rato, fue a amamantarlo. Se quedó mirándolo y lanzó un grito de horror. El niño succionaba la leche con tanta voracidad y berreaba de un modo tan salvaje que la madre se dio cuenta de que no era su hijo. Al final pidió consejo al señor. Éste le dijo: “Mujer, si este niño no es tuyo, vuelve a llevarlo al prado donde dejaste a tu hijo y dale una paliza fuerte con una vara”. Cuando ella siguió el consejo, el niño se puso a chillar tan alto que pronto acudió el duende que se llevó al hijo robado.

Cuentos increíbles

Esta historia fue contada por los hermanos Grimm, pero variaciones suyas aparecen en diferentes partes de Europa. A pesar de que muchos de los detalles varían, la trama siempre es la misma. Al principio de la historia una madre joven tiene que ir a trabajar. Mientras trabaja, llegan unas hadas y sustituyen a su bebé por un hijo de elfos o trols con un hambre feroz. En una versión noruega del cuento el niño de elfos “comía tanto que por su culpa los habitantes de Lindheim tuvieron que vivir al día durante generaciones”.

La madre, exhausta, pide ayuda al vecindario. En tres cuentos de los hermanos Grimm le aconseja gente del pueblo, pero a menudo lo hacen los señores feudales o los curas. Sin embargo, el consejo que siempre se da es que se haga daño al niño o que se le provoque la risa para poner en evidencia su impostura.

El reformador religioso alemán del siglo XVI Martín Lutero era partidario del primer modo. En sus obras sostenía que el niño impostor era hijo del diablo y no tenía alma humana. Lutero no tuvo reparos en afirmar que a estos niños se les debería quitar la vida. Un método más humano de delatarlos se puede encontrar en una historia escocesa en que un vecino de la madre la envía a hervir agua en cáscaras de huevos. Cuando ella obedece a esta petición tan rara, el niño echa a reír y se revela que no es su verdadero hijo. Entonces, los elfos llegan y se lo llevan, pero sólo en las versiones retocadas de esta historia, en las que surgen ya los elfos, devuelven al hijo robado.

Cuentos más increíbles

¿Cómo ha recorrido esta historia toda Europa? La explicación está en nuestro concepto de lo que representa el folclore. Algunos afirman que éste es una protociencia, un medio para explicar acontecimientos fuera de nuestro control y para los que no tenemos razonamientos satisfactorios. En tal contexto, el mito de los niños cambiados podría interpretar la realidad de los niños discapacitados. ¿Cómo dos adultos sanos podrían engendrar un niño minusválido? La respuesta es simple: su bebé fue robado por los elfos.

Si se acepta una explicación tan funcionalista, la leyenda de los niños cambiados podría justificar también lo que se hacía con ellos. En todas las historias la madre pide consejo a la gente del pueblo que le sugiere que pegue al niño o, en diversas versiones inglesas, que lo ponga en agua hirviendo. Una interpretación así significaría que la historia de los niños robados justifica el infanticidio, como triste consecuencia de las numerosas exigencias de un niño discapacitado hacia su familia.

Sin embargo, esta explicación no es muy convincente. No aclara ninguno de los detalles de la historia (por qué hacer reír al bebé) ni tampoco la razón por la que los elfos siempre raptan a los bebés mientras sus madres están trabajando.

Vigilar al bebé para cuidar de la madre

Otra interpretación sugiere que estos cuentos aleccionadores sobre bebés secuestrados al poco tiempo de nacer ayudan a proteger a las madres del trabajo duro nada más dar a luz. En el cuento El niño cambiado de la selva de Turingia de los hermanos Grimm, el intercambio de niños sucede cuando la madre deja a su bebé solo en casa mientras ella se va a buscar leña. Al final del cuento, una vez ahuyentado el impostor, el señor que ha mandado a la mujer ir al bosque decide que nunca más hará trabajar a una mujer que acaba de dar a luz. El miedo a que los niños pudieran ser robados se convirtió en la razón de su constante vigilancia. A principios del siglo XX, las griegas se negaban a dejar solos a sus hijos durante los primeros ocho días después del parto por miedo a hechizos, y en el siglo XIX los alemanes solían poner en las cunas una manga derecha de camisa, un calcetín izquierdo y comino negro a modo de protección.

Ir con cuidado

En el fondo, dichos argumentos resultan insatisfactorios porque asumen que estos mitos desempeñan sólo un papel funcional en la sociedad. Según estas explicaciones, la llegada de la ciencia y el final de la sociedad agrícola acabarían con tales historias.

Pero si echamos un vistazo a las revistas de hoy, nos damos cuenta de lo contrario. Hay historias de niños raptados por extraterrestres y de bebés cambiados en salas de maternidad atiborradas. Al igual que los cuentos que ya conocemos, las versiones modernas demuestran el horror común a engendrar algo nuestro que luego no reconocemos. El fenómeno de los niños cambiados sigue vivo y la preocupación que se percibe en estas historias es tan universal que, al parecer, se quedarán con nosotros en los tiempos venideros.