'Intern Nation': Una italiana como becaria en Limerick (Irlanda)

Artículo publicado el 30 de Marzo de 2015
Artículo publicado el 30 de Marzo de 2015

Acabo de terminar mi periodo de prácticas de seis meses en una pequeña agencia de viajes de Limerick, ciudad un poco marinera y algo típica de la campiña irlandesa. Recuerdo el rugby, el desayuno irlandés y ¡tanta, tanta hospitalidad!

Mi último domingo en la ciudad de Limerick es un día raro. Estoy sola en una cafetería, degustando lo que probablemente será el último desayuno irlandés de mi vida o, al menos, el último de un largo periodo de tiempo. El único momento del día en el que no me acuerdo de cuándo podré comer salchichas, judías y huevos fritos en Italia, todo ello acompañado de un café enormemente grande.

Las calles están tranquilas y los pubs atestados de gente nerviosa por el partido Irlanda-Inglaterra del Torneo Seis Naciones de rugby. En Limerick tiene su sede el Munster Rugby, el legendario equipo que en 1978 batió a los All Blacks de Nueva Zelanda por 12-0. Aquí el rugby no es solo una pasión, es casi una religión.

Después de cinco meses aquí, he aprendido a querer bien a esta ciudad: mitad marinera y mitad campiña irlandesa, un centro urbano atravesado por el río Shannon y barrios periféricos que se extienden hacia el campo, llenos de estrambóticos edificios construidos durante el boom inmobiliario de principios del siglo XXI.

Irlanda es periferia europea, tierra de emigración, blanco continuo de los vientos oceánicos y de los cambios históricos. Llegué aquí más o menos por casualidad. Mi primera opción dentro del Programa Erasmus Prácticas era Londres. Pero después de reflexionar un "poco" (no demasiado, solo un poco) decidí seguir mi incurable inclinación por las ciudades de provincias, por las zonas más alejadas. Después de todo, quizás no me adaptaría nunca a la vida de una capital, que me fascina y me aterra al mismo tiempo. Esa es la razón por la que llegué a la tristemente famosa stabbing city ('ciudad de la puñalada'), un sábado de principios de octubre, después de haber atravesado el país en tren y haber pasado bajo tres o cuatro arcoiris.

Nueva ciudad, nuevas costumbres

Vivo en un adosado, bastante próximo al centro, con dos compañeros de piso "adultos". Me sorprendo siempre al ver hasta qué punto el modelo de casa compartida en alquiler, incluso entre personas adultas y trabajadoras y no solo entre estudiantes, es bastante habitual. Mi casero es un hombre de unos sesenta años, atento y amable: un antiguo marinero que regresó a Irlanda en los años 90. Perdió su trabajo durante los años más oscuros de la crisis, y hoy en día vive de una pequeña pensión. El precio medio de una habitación es un poco más alto que en Italia, así como el coste de la vida en general. Prescindiendo del transporte público -una compañera me recoge en su coche para ir al trabajo-  me las apaño con algo menos de 600 euros al mes, de los que casi 350 son para alquiler y facturas. El ahorro en trasporte es considerable teniendo en cuenta que un billete de autobús cuesta 2 euros por viaje y un abono semanal 20 euros, y mi trabajo está casi en la otra punta de la ciudad.

Trabajo en una pequeña agencia de viajes que se dedica a organizar viajes de estudios y estancias lingüísticas. Se trata de un programa de formación no retribuido. Durante las primeras semanas el ritmo de trabajo me agotaba, no estaba acostumbrada a estar fuera de casa ocho horas seguidas ni a mantener un alto nivel de concentración durante tanto tiempo. Regresaba a casa todas las tardes tan agotada que a las 8 ya estaba debajo del edredón y dormía generalmente toda la noche de un tirón. Pero con el tiempo las cosas cambiaron mucho y, al final, puedo incluso decir que echaré de menos la rutina de 9 de la mañana a 5 de la tarde, así como mi nueva costumbre de beber cerveza entre las 17.30 y las 19.00, para liberarme del estrés.

Aprendí mucho sobre lo que significa 'afrontar una vida adulta': encontrarse a kilómetros de casa, sin conocer a nadie, sin los amigos de siempre, tener que tirar para adelante partiendo de cero, con poco tiempo libre y una buena dosis de responsabilidad laboral. Cinco meses no son realmente bastantes para decir que lo he logrado todo, pero son suficientes para saber que no es imposibile.  

El sentimiento de acogida, que debe formar parte del ADN de los irlandeses, me ayudó mucho: en una ciudad pequeña como Limerick, donde apenas se respira el ambiente metropolitano de Dublín, un extranjero es visto como un objeto precioso y exótico, y al que todo el mundo cuida y mima para hacerle sentir como en casa. Estos últimos días, antes de abandonar la ciudad, los estoy dedicando a despedirme, emocionada, de los cajeros del supermercado, de los cocineros del comedor, los comerciantes, los basureros, los peluqueros, los conductores de autobús: todas las personas que han mostrado una gentileza inesperada durante este tramo de mi vida.

Farewell, Irlanda

Regreso a casa con una biografía de James Joyce en cómic, una bandera del Munster Rugby en la mochila, una nueva pasión por el whisky y una verdadera manía hacia el acento británico. Vuelvo también con una experiencia extra, realmente no de las más sencillas o relajantes pero, sin duda, de las más formativas y gratificantes.

A partir de ahora estoy dispuesta a retomar mi vida de estudiante universitaria, con las ideas mucho más claras sobre mi futuro y mis capacidades. Pero antes he decidido concederme dos semanas de vacaciones para viajar un poco por este espléndido y hospitalario país, sobre todo en marzo, la estación de las lluvias, ¿no es el momento ideal?

Llegan desde lugares diferentes. Sus vidas podrían tomar cualquier rumbo y echar raíces en cualquier sitio. Frente a lo imprevisto, una cosa parece ineludible: en un momento o en otro, todos ellos harán un periodo de prácticas. Retrato de los becarios europeos de 2015.