Irak: ¿victoria de la Democracia?

Artículo publicado el 27 de Enero de 2005
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Artículo publicado el 27 de Enero de 2005

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La ola de violencia e inestabilidad que azota Irak no es un buen presagio para su futuro democrático. Aún así, el país se juega mucho en las elecciones programadas para este 31 de enero.

Cuando se desarrollan óptimamente, las elecciones en los regímenes de transición pasan de ser la carrera por el poder político en la que sólo puede ganar uno, a otra en el que pueden ganar todos. Cuando las elites y el pueblo llano se percatan de las ventajas que tienen el reparto de poderes y la participación en un proceso electoral bajo reglas limpias, la violencia y el caos ceden su sitio a la paz y al orden.

Es improbable que las elecciones a la Asamblea Nacional de Irak arrojen un balance semejante; sencillamente porque el terreno común de los grupos que tienen intereses en Irak desde dentro o desde fuera del pais es muy escaso.

Tergiversando la verdad

La segunda administración Bush desea unas elecciones que se puedan presentar como un éxito, como prueba del progreso de la cruzada de Bush para democratizar Oriente Medio. Esto respaldaría la estrategia neoconservadora para convertir la región en un lugar seguro para los intereses corporativos norteamericanos e israelíes. Pero teniendo en cuanta la virulencia de los insurgentes en el triángulo suní y el boicot a las elecciones propuesto por los líderes de los partidos árabes de corte suní, resultará difícil presentar estas elecciones como un éxito.

La inseguridad física, la escasez de colegios electorales en determinadas zonas, la ausencia de observadores internacionales y esencialmente, una campaña electoral sin restricción presupuestaria, prometen configurar unas elecciones nefastas.

Centrar las atención de los medios en si la participación ha sido lo suficientemente alta en vez de en si ha sido lo suficientemente libre y limpia, ha sido una practica común de Washington durante décadas. Desde las elecciones presidenciales en Vietnam del Sur en 1967 hasta las presidenciales de Afganistán en 2004, el baremo usado para medir el éxito de un proceso electoral ha sido la participación. La ansiedad ante una posible participación demasiado baja o desigual en Irak para anunciarlas como un logro se refleja en los esfuerzos de la administración Bush por fijar unas expectativas muy bajas. Como resultado, puede que lo que se venda como victoria de la libertad y la democracia el próximo 31 de enero sea el hecho de haber desarrollado unas elecciones bajo el fuego cruzado. Si esa es la interpretación desde Washington, es muy probable que se oiga algo parecido desde Londres y Roma puesto que ambos países mantienen contingentes en Irak.

Espectro político

No son sólo los aliados los que tienen un enorme interés depositado en las elecciones de Irak. El gobierno interino iraquí busca que las elecciones tengan aceptación para revestirse con la legitimidad que le fue negada en la apresurada transferencia de poderes del 28 de Junio de 2004. Para los políticos iraquíes en el exilio que más abiertamente colaboraron con la ocupación, la legitimidad es algo muy importante puesto que carecen de un electorado domestico sustancial y, en consecuencia, su interés primordial es mantener las tropas de la coalición en Irak y así se protejan de las violentas represarías antes de que llegue la democracia. Mientras tanto, los clérigos fundamentalistas chiíes, que han movilizado a la mayoría árabe chií, mantienen un interés meramente instrumental en las elecciones: quieren obtener la mayoría en la nueva Asamblea Nacional porque es el camino más corto para hacerse con el poder; compartirlo con sus agresivos vecinos sunitas les puede parecer menos provechoso que usar el aparato coercitivo estatal para imponer su autoridad y emplear los beneficios del petróleo en su propio provecho. Los líderes políticos kurdos sienten un recelo similar a la hora de compartir el poder con los sunitas.

En el extremo del espectro nos encontramos con los partidarios del partido Baaz (Antiguo partido de Sadam) y con los insurgentes fundamentalistas sunitas: ambos comparten un ambiguo interés por desbaratar las elecciones y esperan presentar cada atentado contra el proceso electoral como un triunfo tanto militar como propagandístico.

El empeño de llevar a cabo unas elecciones el 30 de enero ha dejado al descubierto la mayor de las tragedias de Irak: lo que se ha perdido supera con creces a lo que se pueda ganar.