Irse o quedarse en Europa: un problema no solo británico

Artículo publicado el 4 de Junio de 2015
Artículo publicado el 4 de Junio de 2015

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«Irse o quedarse en Europa». Esta es la cuestión que ha acaparado gran parte del debate en los Estados comunitarios —«Brexit», «Grexit», los partidos antieuropeos—. Los Estados miembro deberían tratar de no avivar demasiado la llama del euroescepticismo. 

Desde la reelección de David Cameron a principios de mayo de 2015, ha arrancado la campaña sobre la permanencia de Reino Unido en la Unión Europea. Así, los británicos podrán acudir a las urnas a finales de 2017 para votar en un referéndum sobre la independencia de Reino Unido.

A pesar de que el denominado «Brexit» —la salida de Reino unido de la UE— centre ahora toda la atención mediática, este no es el único lugar en el que se esté viendo cuestionado el proyecto europeo. La corriente del euroescepticismo se está extendiendo a todos los Estados miembro de la Unión Europea; incluso a aquellos que fueron los primeros en firmar el Tratado de Roma en 1957 para garantizar una paz duradera en Europa.

¿Acaso es un lujo permanecer en la UE?

Uno de los principales argumentos utilizados por David Cameron y los euroescépticos británicos son los efectos colaterales de la libre circulación de personas y los subsidios económicos de los emigrantes británicos en Europa . ¿Acaso son expatriados? Sin embargo, cabe destacar que, según un reciente estudio de The Guardian, «los británicos en paro, residentes en Europa, reciben mayores subsidios y prestaciones en los países más ricos de la Unión Europea que los que cobran sus compatriotas en Reino Unido». Dicho estudio no solo muestra que haya muchos más británicos que reciban mayores prestaciones en estos países que a la inversa, sino que, a menudo, el estado de bienestar en la UE es mucho más elevado que en Reino Unido. 

«Grexit»

Al mismo tiempo, existe otro país cuya permanencia en la UE quizá peligre aún más: Grecia. Los acreedores griegos están comenzando a impacientarse y consideran que es muy difícil que se llegue a un acuerdo con el Gobierno heleno. Por otra parte, muchos griegos se sienten asfixiados por la troika (la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional). En Grecia, a pesar de los intentos por llegar a una consolidación fiscal, los niveles de pobreza y desempleo son alarmantemente elevados, la deuda sigue aumentando, mientras que el PIB se desploma —una cura que muchos consideran peor que la propia enfermedad—.

Aunque todavía se desconozcan los efectos de la salida de Grecia de la zona euro, existe un interminable debate entre expertos y representantes institucionales sobre la magnitud de la catástrofe que podría suponer la salida de Grecia, tanto para esta como para la zona euro. No obstante, puede que los griegos no puedan permitirse el lujo de tomar una decisión sobre este asunto. 

Los ciudadanos europeos deberían poder decidir de forma democrática sobre su futuro, pero el límite entre democracia y populismo puede no siempre estar claro. Los Gobiernos europeos  deberían haberse dedicado a trabajar de forma conjunta para superar los retos de la Unión Europea y los problemas a los que han tenido que enfrentarse algunos Estados comunitarios, en lugar avivar la llama del euroescepticismo. Ahora la UE corre el riesgo de que este fuego se propague hasta quedar fuera de control.