Italia "mete la pata" y ningunea a sus jóvenes 

Artículo publicado el 23 de Enero de 2017
Artículo publicado el 23 de Enero de 2017

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El ministro de Trabajo italiano, Giuliano Poletti, ha hecho unas polémicas declaraciones refiriéndose a los jóvenes que emigran: "Sé que hay gente muy válida que se ha ido, pero este país no sufrirá por ellos". Respecto a los que se quedan añadió: "No todos son estúpidos". Tenemos una clase dirigente que ha sacrificado una generación, y además no tiene los instrumentos para comprenderla. 

Los italianos utilizan de forma irónica el adjetivo bamboccioni para referirse a los hijos solteros mayores de 30 años que todavía viven con sus padres y que no tienen trabajo, y mammoni si, además de todo lo anterior, encima están "enmadrados". Una ministra de Trabajo los ha calificado de choosy ('quisquillosos'). La sociología moderna los engloba dentro de la categoría que denomina NEET, un acrónimo inglés para designar a los jóvenes que ni estudian ni trabajan ni buscan empleo. En pocas palabras, nuestros ninis. Pero hay jóvenes de esta misma generación que son emprendedores y utilizan ideas nuevas para poner en marcha una empresa o un negocio. Para estos, que solo son 1 de cada 1000, el adjetivo reservado es el neologismo startuppers. Y ahora están también "de los que hay que 'deshacerse' con mucho gusto". ¿Quiénes son, en definitiva, los millennials italianos? ¿Chicos malcriados, exigentes y holgazanes dependientes de los teléfonos inteligentes, eternos adolescentes que no quieren crecer o... quizá simplemente jóvenes adultos que solo buscan una vida normal como sus padres o sus abuelos?

De nada sirve esconder la realidad con nuevas palabras: la generación Y, sobre todo la italiana, no tendrá el mismo nivel de vida que la generación baby boomer o la de sus padres, que tras haber vivido las privaciones consecuencia de la Segunda Guerra Mundial han crecido en una sociedad que tenía todo lo imprescindible para ganar . Pero entre esa ambición, que no deja de ser legítima, y el 36.5 % de paro juvenil, entre una huida de miles de jóvenes al extranjero y el trabajo "pagado" con 12.5 millones de esos mágicos bonos llamados voucher (se ha pasado del medio millón en el 2008 a 121.5 millones en los diez primeros meses del 2016) tiene que haber una vía intermedia más suave. Un camino diferente no para tener la profesión de sus sueños pero sí para tener un empleo que les permita vivir tranquilamente, fundar una familia o, simplemente, marcharse del domicilio de sus padres y encontrar su lugar en el mundo. 

A esto podríamos añadir que, según los datos de Eurostat, el 67% de los jóvenes italianos viven con mamá y papá. Comparando esta cifra con la de otros países, en Francia son el 34.5%, en Alemania el 43.1%, en el Reino Unido el 34.3% y en Dinamarca el 19.7%. A estas cifras se podría añadir que en el 2015 Italia ha registrado 488 mil nuevos nacimientos, número que confirma que Italia tiene la tasa de natalidad más baja de Europa. Las razones son obvias: la falta de políticas en materia de protección social y la dificultad para insertarse en el mercado laboral se traduce en que las mujeres italianas sean mamás a una edad cada vez mayor, la más alta de la UE, teniendo que elegir muchas veces entre familia o trabajo. Todo esto explicaría que Italia ocupe el penúltimo puesto en cuanto a número de mujeres trabajadoras: solo tienen un empleo el 57% de las mujeres entre 25 y 54 años y la tasa de natalidad es solo del 1.3%, frente al 1.9% de Suecia, donde trabaja el 83% de la población femenina. No hay que olvidar que, en Italia, el Ministerio de Sanidad ha llevado a cabo una política muy discutible que, en lugar de incentivar la maternidad, parecía culpabilizar a las mujeres de la situación de la economía. 

Giovani, el desconocido 

Hablemos ahora del trabajo. ¿Cómo es posible que el ministro de un país que está literalmente perdiendo una generación pueda decir que sabe que «muchos jóvenes están abandonando Italia, mejor no tenerlos por aquí», y añadir además que «los que se quedan no son todos unos estúpidos»? Tras la decisión de decenas de miles de jóvenes entre 18 y 35 años hay un proyecto de vida, un exilio feliz -a veces forzado- lejos de la familia y del lugar en que nacieron. Historias de maletas que ahora ya no se atan con una cuerda, pero que tienen la dificultad de condensar en 23 kilos (cuando se trata de una "buena" compañía aérea) ropa, cepillo de dientes y recuerdos a los que recurrir a lo largo de años de nomadismo. Esas historias son también, a menudo, sinónimo de cuchitriles minúsculos, apretujados bajo los techos de grandes ciudades europeas, compartir piso, amores a distancia con la esperanza de volver a verse, recibir comida de la abuela con una carta y algún recuerdo de la infancia, felicitaciones de cumpleaños por teléfono, sonrisas y lágrimas por Skype, noches enteras en el aeropuerto para volver a casa en Semana Santa (Pascua la llaman en Italia) y en Navidad, sin punto de comparación a las que se celebran en casi toda Europa

Los italianos, desde luego, de "estúpidos" nada de nada: en esto el ministro Poletti tiene razón, pero no ha dicho toda la verdad. A muchos jóvenes, últimamente los japoneses, les encantaría irse al extranjero, pero no lo han hecho: porque no podían permitirse la aventura, porque no tuvieron el coraje de dar el paso deseado, porque se resisten a cambiar sus costumbres y se han quedado en su país o han vuelto, llevándose con ellos tal vez alguna añoranza. Porque, en el fondo, casi todos lo saben: no hace falta ser un hijo "exiliado", choosy o bamboccioni para mirarse el bolsillo e intentar procurarse un futuro normal fuera de un país de dinosaurios, como decía el profesor de medicina a Luigi Lo Cascio en una escena culta de la película de Marco Tullio Giordana titulada La mejor juventud (2003).

Tened en cuenta que es una elección difícil, donde a menudo los sueños de El Dorado chocan contra la dura realidad: no todos sobreviven en la jungla de Londres, París, Berlín y otras grandes ciudades donde no se es más que una gota de agua en medio del océano. 

Y luego están los NiNis. Existen en toda Europa, pero en Italia son el 27%. No estudian, no trabajan y no buscan un trabajo: no tienen ninguna confianza en el sistema de un país que les tiene olvidados y no les comprende. Algunos lo han intentado, pero han tirado la toalla; a otros habría que haberles tirado de las orejas, pero con las condiciones actuales de poco hubiera servido. Y no hay que olvidar el ejército de jóvenes en situación de precariedad laboral a los que se les cuentan cuentos chinos como que un puesto fijo ya no existe y que la flexibilidad es un maná que cae del cielo porque significa libertad y oportunidad. Consejos no pedidos que llegan siempre desde arriba, del paternalismo traicionero, de quienes tienen el mismo empleo desde los veinte años y quieren seguir teniéndolo.

Decimos las cosas tal y como son. Desde hace algunos años, los gobiernos italianos no tienen en cuenta para nada a los jóvenes. En realidad, más bien no les comprenden. Y el gobierno que se coronaba como el artífice del periodo del cambio está más alejado que nunca de una generación que no lo ha creido y que lo ha masacrado en el referéndum constitucional, no solo por defender la vieja Constitución de sus abuelos sino, sobre todo, por acentuar el abismo existente entre sus problemas y la agenda política. L’Espresso ha publicado una carta de una joven investigadora que vive en Francia. El título lo dice todo, por lo que merece la pena reproducirlo: "Querido Poletti, nos has convertido en los camareros de Europa". Tiene sentido. 

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Publicado por la redacción local de cafébabel Palermo.