Ivan Rajmont: El teatro europeo no existe

Artículo publicado el 9 de Marzo de 2007
Artículo publicado el 9 de Marzo de 2007
De Milan Kundera a Tom Stoppard, el director de teatro checo y ganador de premios, Ivan Rajmont, nos desvela las claves de por qué la dramaturgia europea no encaja con facilidad en ningún corsé.

La victoria está aún fresca. Han pasado sólo dos días desde que Ivan Rajmont, de 61 años, fuera galardonado con el Max 2006, concedido por el Festival de Teatro en Lengua Alemana de Praga. El premio supone un reconocimiento a las mejores puestas en escena de obras dramáticas modernas alemanas. Rajmont colaboró con el Teatro Nacional de Praga en la dirección de Das weite Land (1911), de Arthur Schnitzler. Nos encontramos con él en su acogedora oficina del Palacio Kolovrat, en pleno centro de Praga. “Trata sobre el período de transición. Algo acaba de terminar, pero la nueva era no ha comenzado todavía. Indaga en la búsqueda de valores que podrían ayudar a orientarme en la realidad”, comenta el director mientras toma un sorbo de su té verde y evoca su laureada revisión del drama alemán.

Un don para la escena contemporánea

Rajmont me recibe sonriente, ataviado con una camiseta negra y unos vaqueros. Sentado entre su ordenador y su minicadena HI-FI, y colgado al móvil, se ve que es un hombre de su tiempo. Es el intelectual excéntrico que ya imaginaba de antes. Lo que veo encaja con su perfil de uno de los directores teatrales contemporáneos más importantes. En los setenta, dirigió la obra de Milan Kundera Jacques y su Maestro (escrita en 1975), elogiada por la como unas de las mejores producciones checas de la historia reciente. Fue el primer director del departamento de dramaturgia del Teatro Nacional de Praga tras la Revolución de Terciopelo de 1989, y todavía trabaja allí. El próximo mes pondrá en escena la última obra de Tom Stoppard, Rock 'n' Roll.

Teatro (No) Europeo

Cuando hablamos del teatro europeo contemporáneo se muestra reacio a aceptar la etiqueta de Teatro Europeo; según Rajmont, “no es una definición homogénea, y estaría mal si así lo fuera. Cada país tiene su cultura propia: el teatro italiano es diferente del húngaro, que a su vez es muy distinto del noruego. Es importante que todos ellos entren en contacto, que se conozcan. Por esa razón, encuentro fascinante el festival internacional de Teatro de las Regiones de Europa, que se celebra cada año en Hradec Králové (una ciudad de la región de Bohemia, situada al este de la República Checa). Alemania y Austria son los mejores representantes de su cultura, pues invierten grandes cantidades de dinero en estos proyectos, que no son tan lucrativos como podría parecer. En la República Checa la gente está demasiado preocupada por la rentabilidad de lo que invierten.”

“El teatro es el espejo de su entorno más inmediato. Puede mirar la vida desde diferentes ángulos, o mostrar a la audiencia aquellos problemas que todos compartimos. En esos momentos el teatro se hace más abierto y se convierte en verdadero teatro universal, tocando aspectos y situaciones recurrentes a lo largo y ancho de nuestro planeta”, añade Rajmont mientras se acomoda en su sillón.

Lo mejor que puedes hacer es no hacer nada en absoluto

Milan Knížák, director ejecutivo de la Galería Nacional de Praga, defendió hace algún tiempo en un debate organizado por cafebabel.com que lo mejor que la Unión Europea puede hacer en materia cultural es no hacer nada. Rajmont responde de forma tajante: “Knížák se limita a decir: 'dejémosla que exista'. Yo reivindico que pongamos los medios para que pueda existir. Cada institución intenta educar al entorno que le rodea, pero si nos aproximamos a la cultura desde ese ángulo, es cierto que ésta podría convertirse en un foco de crítica hacia esa propia institución en un futuro”. En opinión del dramaturgo, la UE debería facilitar que la cultura progrese de manera independiente. “Hoy en día tendemos a olvidar que ‘cultura’ también engloba todas esas cosas que conforman nuestra vida diaria.’

Cuando le pregunto sobre las diversas influencias que pesan sobre el teatro contemporáneo, distrae brevemente la mirada hacia el cartel de una de sus producciones más exitosas. Medita en silencio durante unos segundos antes de responder que “estamos atravesando una etapa extraña para el teatro. El drama contemporáneo se centra más en las minorías y en los problemas más visibles. No existe una perspectiva global. La mayoría de obras se escriben para cuatro o cinco actores, ya que una obra con veinte personajes implica un enorme gasto de producción. Nadie está preparado para darte semejantes cantidades de dinero hoy en día.”

Los políticos aluden con frecuencia a la Vieja y la Nueva Europa, así como a la experiencia única que han vivido los Estados del Centro y Este de Europa, prestando atención a la aportación de estos países al discurso paneuropeo. Es interesante comprobar si el peso e importancia del teatro en esos Estados puede contribuir a enriquecer la actividad teatral en el resto del continente. “Creo que es imposible crear compartimentos estancos, tales como 'oeste' y 'este' en el contexto de la escena cultural europea. Es cierto que la totalidad crea cierta presión, pero las respuestas a esa presión son diferentes en cada país”, explica Rajmont.

¿Y qué nos puede comentar sobre la paradoja de que la libertad de expresión propiciase una sobreproducción en el terreno cultural que terminara dañando al propio campo de la cultura? “Ocurre como con los libros: hay mucha basura en las librerías, pero también obras maravillosas. Lo mismo pasa con todo: se generan muchos productos pésimos, y a veces cuesta separar el grano de la paja.” Hace esta última observación al tiempo que echa un vistazo furtivo a su reloj. Hora de marcharnos.