Josef Penninger, la ciencia en la sangre

Artículo publicado el 15 de Junio de 2006
Artículo publicado el 15 de Junio de 2006

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Estrella de la investigación mundial, el biólogo austriaco Josef Penninger nos da su receta de la ciencia exacta, mezcla equilibrada entre talento, audacia e independencia financiera.

Son las 8.30h de la mañana y estoy en el Café Schwarzenberg, en Viena. Josef Penninger, eligió uno de esos Kaffeehaus, reliquias del Imperio Austro-Húngaro, que preservan cuidadosamente su encanto… No soy de levantarme tan temprano, y mucho menos un lunes, pero éste biólogo, algo desgreñado y sonriente, tiene ánimo para los dos. Se trata de la misma energía que lo ha llevado desde su pequeño pueblo austriaco hasta la cabeza del prestigioso Institute of Molecular Biology in Austria (IMBA). “Pura coincidencia”, subraya sonriente. “Yo me había preparado para ser médico de campaña. Cuando era un chiquillo, no sabia ni siquiera que biólogo era un oficio”. Más tarde, terminó sus estudios de medicina en la Universidad de Innsbruck con una Tesis en inmunología, para después encontrarse con un canadiense en una parada de autobús que le empuja a intentar algo en América. “Tras 3 años, quise regresar a Europa, pero me repetían que mi campo de investigación no tenía ningún interés”, recuerda.

Como resultado, Josef Penninger permaneció en Toronto durante 13 años, donde se casó y tuvo 3 hijos, para luego hacerse profesor en inmunología. Trabajando en el Instituto de Investigaciones Oncológicas de Ontario descubrió, entre otras cosas, el gen responsable de la artrosis y de casi todas las enfermedades degenerativas de los huesos, abriendo la vía a una multitud de aplicaciones farmacéuticas. Luego, vinieron el reconocimiento, como el Premio William E. Rauwls en 1999 que recompensaba sus años de investigaciones contra el cáncer, o como su entrada en la clasificación de los “10 científicos más prometedores del mundo”, establecida por la revista Esquire en 2002. Hasta ha sido sondeado para la obtención del Premio Nobel de Medicina. Los institutos de investigación europeos deben estar muriéndose de rabia.

Carta blanca

Al final, la Academia austriaca de las Ciencias le hizo una proposición imposible de rechazar: la de crear su propio Instituto, de la A a la Z. Josef Penninger no descansa, pues. Ha intentado recrear en Viena el Espíritu que conoció en Canadá. “Nos llamábamos por nuestros nombres, sin jerarquías estúpidas ni títulos rimbombantes”, explica. Una apertura y una libertad que falta, según él, en el sistema universitario europeo, almidonado de jerarquías obsoletas. “Son los jóvenes quienes innovan. Tienen suerte, no como los viejos profesores”, refunfuña. “Lo que hay que hacer es darle a los buenos investigadores una verdadera independencia intelectual y económica, con infraestructura y apoyo necesarios”. Una línea de conducta visiblemente eficaz: después de sólo dos años y medio, el IMBA juega en la corte de los más grandes. Se debe a su equipo, por ejemplo, la dilucidación de los mecanismos moleculares trabajando en las infecciones por el virus del SRAS y de otras enfermedades pulmonares agudas, como el Ántrax o la Gripe aviar.

Laboratorio de talentos europeos

Nuestro biólogo se presta al juego mediático de buena gana y ejerce su función en serio: “El supuesto ‘gran público’ es muy entusiasta con la ciencia y la buena ciencia es muy fácil de entender, puesto que es simple y franca. Es como la Ópera: si los músicos son malos, se les tiran tomates. La comunicación científica debe permitir al público abuchear los malos investigadores”.

Los políticos son el objetivo primordial de Penninger; quiere convencerlos para invertir más y mejor en la investigación científica. A este investigador le parece que la ciencia podría incluso volverse uno de los pilares de la integración europea. De igual forma, Penninger pide subvenciones mucho más generosas, pero distintas para la investigación pública y privada, así como también el abandono de los dominios de investigaciones prioritarias. “Nos burlamos de las definiciones de nanotecnologías o biotecnolgias. Hay que invertir en las personas talentosas y que puedan trabajar, donde quiera que estén.” Así, propone transferir los fondos de los 25 países de la Unión a los mejores investigadores, a los mejores proyectos, con independencia de su procedencia. “Y si la mitad del dinero se va al Reino Unido, es porque es en ese país es donde trabajan los mejores investigadores, ¡peor para el resto!”, apostilla con vehemencia.

Oasis científicos

Un sistema menos consensual y más competitivo permitiría a Europa aprovechar plena y sanamente el potencial de sus investigadores. “La investigación, es como un gran desierto con puntos de agua. La buena estrategia, es aquella que compromete a personas que aspiran a esos puntos de agua, y que les da los medios para que puedan encontrar el oasis. Si los pequeños institutos y los gigantes industriales americanos se dirigen al mismo punto de agua, ¿quiénes llegarán más lejos?”

En su tarea diario, Penninger evita la “maquinaria Europea” al máximo: “Siempre hemos estado contentos de colaborar con nuestros colegas de la Unión, pero coordinar un proyecto no, gracias. Es una “pesadilla administrativa”, deplora. No por ello deja de ser un Europeo convencido: “Lo que ha pasado estos últimos años ha sido alucinante. Cuando era pequeño, vivía cerca de la frontera checa y nunca atravesábamos la frontera. Desde entonces, las fronteras cayeron y tenemos una moneda única. ¡Crecimos juntos en las tripas de la Union!” Penninger reconoce también los beneficios de los programas europeos como Erasmus: “Es esencial que los jóvenes se den cuenta de que su país no es el centro del universo y que hay idiotas y personas buenas en todas partes –sin importar su idioma o su religión”. La investigación científica ignora además las fronteras geográficas desde hace siglos. “En el fondo, todos tenemos ese sentimiento altruista de poder algún día ayudar al prójimo. Es complicado, pero se puede intentar”, concluye sonriendo más aún.