Joven de Transnistria, ¿quién eres?

Artículo publicado el 26 de Enero de 2012
Artículo publicado el 26 de Enero de 2012
¿Cómo se vive en un país no reconocido como Transnistria, región secesionista de Moldavia? A pesar de que el conflicto con sus “vecinos” esté estancado y a pesar de su débil economía, los jóvenes transnistrios expresan su amor por su país y su confianza en el futuro.

“¿Transnistria? Nunca lo he oído”. Esa es la respuesta clásica en Europa, sobre todo en la Europa occidental. Esta pequeña república autoproclamada y económicamente sostenida por Rusia, no es reconocida por ningún otro país del mundo. Sin embargo, como cada cinco años, los transnistrios se dirigieron a las urnas en diciembre para elegir al presidente de su país, la Pridnestrovskaia Moldovskaia Respublica.Igor Smirnov, el fundador del país, perdió contra Evgueny Chevtchouk, un abogado de 43 años y jefe del partido de la oposición “Renacimiento”.

En el cartel: "Al servicio de los transnistrios"Para el resto del mundo, Transnistria forma parte de Moldavia. Pero los transnistrios no lo ven así. Desde que Smirnov declarara la independencia en 1991, a raíz del desmembramiento de la URSS, Transnistria posee todas las características de una nación: un Jefe de Estado, un Parlamento (denominado “el Soviet Supremo”), una moneda (el rublo transnistrio), una bandera (con la hoz y el martillo) y un himno nacional.

“Nuestro mayor problema es la corrupción”

¿Cómo vive la juventud en esta región de los confines de Europa? ¿Confían en su futuro? Eugen Abramov, de 19 años y estudiante de periodismo, nos confía en el centro de Bender, la segunda ciudad de Transnistria, que votó a Chevtchouk con la esperanza de un cambio. “Nuestro mayor problema es la corrupción, y la libertad de prensa no existe”. Este joven hablante de ruso sufrió en sus carnes la censura durante unas prácticas en una cadena de televisión local. Le hicieron comprender que “más le valía no criticar mucho al Presidente”. Para él, esta primera experiencia profesional marcó el tono. No extraña que Abramov se haya matriculado en la Universidad de San Petersburgo. Un título ruso le permitirá encontrar un trabajo de periodista en el extranjero más fácilmente: en Ucrania, en Georgia o en Rusia, incluso si en esos lugares el ambiente no ofrece muchas más ventajas.

Un doble lenguaje

Katia Marakunia, estudiante de instituto de 16 años, es una de las pocas jóvenes que apoyan al poder establecido. Apoya a Smirnov, pues, para ella “Smirnov mantiene la estabilidad en el país”. Su punto de vista está muy inspirado en el de sus parientes, de los cuales, algunos tienen vínculos personales con las autoridades, cosa que ella no oculta. “Me encanta Bender (su ciudad natal). Incluso si algún día me voy, volveré”, me dice esta joven estudiante cuyo marco de referencia no sobrepasa Bender y Tiraspol, las dos mayores ciudades de Transnistria. Sin embargo, pretende estudiar medicina en Odessa (Ucrania). Este doble lenguaje – “me gusta mi país, pero prefiero estudiar en el extranjero”- parece estar muy extendido entre la juventud transnistria. Según Marina Alexandrovna, periodista de la edición transnistria del periódico ruso Komsomolskaya Pravda, el 70% de los jóvenes realizan estudios superiores, pero un 40% de ellos los realizan en el extranjero.

Los que se quedan en Transnistria se dicen, sin embargo, “feliz de vivir aquí”, como Artem Knysh, con quien nos encontramos en Tiraspol. Este estudiante de sociología está orgulloso de su “rodina” (patria), a la que prefiere frente a otros países vecinos que ha podido visitar: Moldavia, Georgia y Ucrania. Votó a Chevtchouk porque considera que Transnistria “necesita una renovación económica”. Hasta 1990, la región estaba muy industrializada y representaba el 40% del PIB de Moldavia. Hoy no queda ya gran cosa, salvo algunas empresas en los sectores del acero, la electricidad, la industria textil y la destilería de coñacs y vinos. Pero, sobre todo, el monopolio está en manos de la empresa Sheriff, dirigida, entre otros, por el hijo del presidente Smirnov. Los supermercados, las gasolineras, el club de fútbol, la telefonía móvil… todos llevan la enseña de Sheriff. Los numerosos jóvenes que no pueden permitirse continuar sus estudios a menudo se ven condenados al paro o a un empleo mal pagado… en Sheriff.

¿Y dónde están los treintañeros?

Otra franja de edad. Misma lucha. Deambulando por las calles transnistrias, choca la multitud de bebés que sus abuelos pasean en cochecito. ¿Dónde están sus padres? Alexandre Cliuicov, de Imedia, una agencia de prensa moldava especializada en el análisis y el comentario, nos explica que hay numerosos trentagenarios que trabajan en el extranjero, pero que no existen cifras oficiales. Muchos confían la educación de sus hijos a sus padres. Y no es de extrañar en un país cuyo salario medio no sobrepasa los 115 euros al mes, según las estimaciones de Cliuicov.

Esta es la imagen de un país en el que la mayor parte de la población se siente tentada por Rusia

Entonces, ¿qué hacer con este panorama? Evgueny Chevtchouk, el candidato favorito a las presidenciales, nos dice que “cerca del 20% de los jóvenes entre los 18 y los 25 años están en el paro”. Una cifra que parece optimista, pues “desde hace poco, solo se considera parada a una persona al cabo de dos años de inactividad”. ¿Es esta una forma de embellecer las cifras? “No”, nos responde. “Es más bien una manera de reducir los gastos del Estado”, que paga, por lo tanto, menos ayudas. Una aberración a la que pretende enfrentarse.

Foto: Portada (cc) Guttorm Flatabø/flickr ; Texto : © Judith Sinnige