Jóvenes europeos: la buena vida en Rumanía

Artículo publicado el 29 de Enero de 2014
Artículo publicado el 29 de Enero de 2014

Más allá de la bur­bu­ja de exi­lia­dos y de los gran­des em­pre­sa­rios que quie­ren apro­ve­char­se de una mano de obra ba­ra­ta, los jó­ve­nes eu­ro­peos se mudan a Ru­ma­nía por amor al país y las opor­tu­ni­da­des que ofre­ce. Si­do­nie, Anna y David han ele­gi­do vivir en Bu­ca­rest, una ciu­dad "llena de re­cur­sos".

Tras los blo­ques de es­ti­lo co­mu­nis­ta y los gran­des bu­le­va­res sa­tu­ra­dos, la ca­pi­tal ru­ma­na es­con­de te­so­ros. A me­nu­do es eso lo que les gusta a los ex­tran­je­ros que viven aquí: vagar por las ca­lles, des­cu­brir la ar­qui­tec­tu­ra co­pio­sa de las casas que no fue­ron arra­sa­das en la era de Ceau­ses­cu, y ver si una ca­fe­te­ría se ha ins­ta­la­do en el in­te­rior de una de ellas. En el ba­rrio de Piata Amzei hay una li­bre­ría fran­ce­sa que se en­cuen­tra allí donde antes había una vi­vien­da. Ante el pór­ti­co verde todo lleva a creer que hay gente alo­ja­da en su in­te­rior si no fuera por el car­tel de "Ky­ra­linali­bre­ria fran­ce­sa" que de­mues­tra lo con­tra­rio. En el in­te­rior, un gato blan­co y negro deam­bu­la entre los li­bros ju­ve­ni­les, el úl­ti­mo pre­mio Gon­court y un cómic de Tin­tin tra­du­ci­do al ru­mano. Si­do­nie, tras su or­de­na­dor, dis­cu­te en fran­cés con un clien­te de Bu­ca­rest.

'UN ENOR­ME TE­RRENO DE JUEGO'

En 2009, des­pués de es­tu­diar li­te­ra­tu­ra en la Sor­bo­na y tras tra­ba­jar en una editorial, Si­do­nie par­tió a Bu­ca­rest para hacer un vo­lun­ta­ria­do in­ter­na­cio­nal en el Ins­ti­tu­to Fran­cés. En ese mo­men­to, el ins­ti­tu­to tenía una li­bre­ría que ven­día poco. Para la joven, es un cho­llo desperdiciado: "me di cuen­ta de que los ru­ma­nos, in­clu­so los más jó­ve­nes, eran aún muy fran­có­fi­los. Mi cón­yu­ge en­con­tró tra­ba­jo aquí y de­ci­di­mos crear una li­bre­ría fran­ce­sa, in­de­pen­dien­te del Ins­ti­tu­to". El éxito se percibe: poco más de un año después de la apertura, so­bre­pa­san sus pre­vi­sio­nes y cerca del 70% de los clien­tes son ru­ma­nos. "Es­ta­mos con­ten­tos de res­pon­der a una de­man­da de los ru­ma­nos y de no ser una li­bre­ría de exi­lia­dos".

Unos bu­le­vá­res más lejos, en el casco an­ti­guo, el « Hub » reúne a los jó­ve­nes au­to­em­plea­dos y les ofre­ce un es­pa­cio de tra­ba­jo. Anna es una de ellos. Ori­gi­na­ria de los Paí­ses Bajos, llegó en oc­tu­bre de 2012 en el marco de un Ser­vi­cio Vo­lun­ta­rio Eu­ro­peo (SVE). Como las mi­sio­nes de su aso­cia­ción no fun­cio­na­ban a las mil ma­ra­vi­llas creó su pro­pio pro­yec­to y se dio cuen­ta de que tenía alma de em­pre­sa­ria. Al final de su SVE par­ti­ci­pó en un pro­gra­ma Eras­mus para jó­ve­nes em­pre­sa­rios y montó su des­pa­cho de con­se­jos en co­mu­ni­ca­ción: "Doy cur­sos de 'pit­ching' y ayudo a mis clien­tes a crear un men­sa­je fuer­te para sus em­pre­sas. La ma­yo­ría de ellos son ru­ma­nos. Va bien, sin duda, por­que soy la única que hace esto aquí".

La poca com­pe­ten­cia tam­bién es una ven­ta­ja para Si­do­nie. Ella com­pa­ra la ciu­dad con una "gran leo­ne­ra", pro­pi­cia para la ex­pe­ri­men­ta­ción y la crea­ti­vi­dad. "Es una ciu­dad de po­si­bles. París está sa­tu­ra­da de bue­nos pro­yec­tos. Me vine a Bu­ca­rest ya que es un gran te­rreno de juego."

LEJOS DE LOS TÓ­PI­COS

La cá­li­da re­cep­ción de los ru­ma­nos, la len­gua, la cul­tu­ra y la be­lle­za de los pai­sa­jes son otras ra­zo­nes que lle­van a que­dar­se en Ru­ma­nía. David llegó en 2005 en el cua­dro de una beca Eras­mus. Este joven ca­ta­lán se enamo­ró en­se­gui­da de la ciu­dad y del país. "Lo que me gusta de aquí son los con­tras­tes. Cada día es una sor­pre­sa. No me abu­rro nunca". Desde en­ton­ces do­mi­na el ru­mano y tra­ba­ja a media jor­na­da para una em­pre­sa fran­ce­sa y dos días en la Radio Ru­ma­na In­ter­na­cio­nal

Sin em­bar­go, mu­chos ex­tran­je­ros que pasan al­gu­nos días en Ru­ma­nía tie­nen la ima­gen de la ca­je­ra gru­ño­na o del ca­ma­re­ro con prisas. Para David, "eso pasa a me­nu­do y no ha cam­bia­do en ocho años". Imita con brío a una ven­de­do­ra de bi­lle­tes de bus, que se ofen­de al verlo. "Des­pués de haber vi­vi­do aquí en­cuen­tro a los ru­ma­nos aco­ge­do­res, es­pa­bi­la­dos, crea­ti­vos, aun­que ellos mis­mos no lo vean. Sólo me han dicho una vez en ocho años que no pintaba nada aquí".

UN 'SUEÑO RU­MAnO', AUN­QUE CON DI­FI­CUL­TA­DES

La ima­gen de "todo es posible" tiene sus fa­llos. Los que emi­gran al ex­tran­je­ro se en­cuen­tran a veces ante una ad­mi­nis­tra­ción que puede so­bre­pa­sar­los. En Ru­ma­nía, nos en­con­tra­mos pron­to ante un caos pri­mi­ti­vo al más puro es­ti­lo de Io­nes­co. Mul­tas ex­ce­si­vas por estupideces y una bu­ro­cra­cia que no tiene nada que en­vi­diar a su ho­mó­lo­ga fran­ce­sa. "La ad­mi­nis­tra­ción ru­ma­na es muy ab­sur­da. La aper­tu­ra de la li­bre­ría se re­tra­só por culpa de una acu­mu­la­ción de pa­pe­les inú­ti­les" dice Si­do­nie. Aunque peor sor­pre­sa fue el pre­cio del al­qui­ler: "el mer­ca­do in­mo­bi­lia­rio no está di­ri­gi­do. Po­de­mos al­qui­lar un piso por casi nada ¡pero un local co­mer­cial es más caro que en París!".

David tam­bién ha tenido di­fi­cul­ta­des fi­nan­cier­as. "Con­se­guir un tra­ba­jo es más bien fácil, pero tener un tra­ba­jo que te per­mi­ta tener una vida de­cen­te es más com­pli­ca­do. En mi pri­mer tra­ba­jo co­bra­ba 500 lei al mes (sobre 100€) y mi fac­tu­ra de la luz ya era de 300 lei. Los sa­la­rios no han cam­bia­do desde que lle­gué". Aun­que los pre­cios suben, a un pro­fe­sor prin­ci­pian­te le pa­ga­rán siem­pre 200 euros al mes, y a un mé­di­co 500 euros. "Es por lo que la co­rrup­ción se da en la edu­ca­ción y en la salud", añade.

Sin em­bar­go, no dejan Ru­ma­nía: "al­gu­nos de mis ami­gos es­pa­ño­les se han ido ya que no en­con­tra­ban un sa­la­rio de­cen­te. Yo real­men­te que­ría que­dar­me aquí. He hecho con­ce­sio­nes, tuve tres tra­ba­jos al mismo tiem­po y he sa­li­do ade­lan­te". En cuan­to a Si­do­nie y Anna, Ru­ma­nía les ha apor­ta­do más de lo que bus­ca­ban: un vi­ra­je ines­pe­ra­do en su vida.

De­cla­ra­cio­nes re­co­gi­das por Ma­ri­ne Leduc, en Bu­ca­rest.

ESTE AR­TÍCU­LO FORMA PARTE DE UN DOS­SIER sobre LA IN­MI­GRA­CIÓN EN EU­RO­PA, EDI­TA­DO POR LA RE­DAC­CIÓN de CaféBabel