Jóvenes italianos: ¡Probad suerte en Australia!

Artículo publicado el 26 de Enero de 2012
Artículo publicado el 26 de Enero de 2012
La imagen del emigrante italiano de los años 50 que deja la patria con una “maleta de cartón” ha sido sustituida por la del italiano titulado que llega al extranjero con un “trozo de papel”. Los tiempos han cambiado, las exigencias son distintas, pero el resultado parece ser el mismo: los jóvenes europeos se van con la esperanza de encontrar un lugar bajo el sol en el cualquier parte del mundo.
Pero, ¿es en realidad oro todo lo que reluce? Reflexiones de una italiana en Australia.

Desde hace casi tres meses me encuentro en Melbourne, Australia, y dentro de unas semanas me esperan largas horas de vuelo para volver a Italia, a contracorriente de la masa de jóvenes italianos que se están trasladando en este mismo momento a la tierra de los canguros. El número oficial del último año es impresionante: son 62.083 en total los italianos que han recibido un visado para Australia, según las estadísticas del Departmento de Inmigración y Ciudadanía del gobierno australiano.

Visados vienen, visados van

En honor a la verdad, hay que decir que se observa la misma tendencia en otros países europeos, afectados de manera más o menos intensa por la crisis económica: Alemania, con 184.163 visados, Francia, con 132.112, Irlanda, con 76.432 y España, con 22.092. Entre turistas y viajeros de estancias cortas, hay un buen porcentaje de titulados que llama a la puerta australiana con un working holiday visa en mano.

Lo difícil es, sin embargo, quedarse. La lucha darwiniana por la supervivencia se traduce aquí en la lucha burocrática para encontrar cada vez un modo distinto para quedarse. Fascinados con la inesperada tranquilidad de la vida metropolitana, de la auténtica filosofía australiana del “no worries mate”, de los amplios espacios que la isla oceánica ofrece y de la multiculturalidad que invade las calles, la cocina y los rostros, los jóvenes emigrantes, italianos y europeos, ven en Australia la tierra de las oportunidades. El working holiday visa permite a todo aquel que todavía no haya cumplido 31 años quedarse en Australia un año para trabajar, con la condición de cambiar de empleador cada seis meses. En cambio, para poder conseguir el segundo visado, que permite quedarse un año más, hay que trabajar en las fábricas de las zonas rurales del país por un mínimo de tres meses.

La lucha darwiniana por la supervivencia se traduce aquí en la lucha burocrática para encontrar cada vez un modo distinto para quedarse

De hecho, el empleador debe declarar al gobierno que la presencia del extranjero en el puesto que cubre es importante y que él mismo está dispuesto a correr con los elevadísimos gastos de un visado permanente. La situación, por tanto, empieza a complicarse, sobre todo cuando te das cuenta de que no se convalidan los títulos universitarios o que, en cualquier caso, no tiene tienen el mismo valor a unos 16.000 kilómetros de distancia. Uno acepta de buen grado un trabajillo a turnos, sobre todo porque te quedas impresionado con lo que se paga la hora. Estamos hablado de una media de 14-20 dólares australianos (1 euro corresponde a 1,24 AUD) por trabajar en un restaurante, sin contar que el sueldo puede subir aún más cuando se gana experiencia. Estas cifras están indudablemente ligadas al coste de la vida que, en las grandes ciudades como Melbourne y Sidney, es elevado.

La duda es si todas las esperanzas se acaban ahí

Es un hecho, sin embargo, que un joven puede sentirse independiente y vivir con bastante comodidad trabajando incluso en un bar. La duda es si todas las esperanzas se acaban ahí. El entusiasmo inicial se redimensiona seguramente cuando se toma conciencia de que cuando llegamos a Australia del viejo continente, hay que contar con una realidad diferente, que se complica cada vez más, a medida que la inmigración de Europa y de Asia aumenta. En cierto modo, Australia se está defendiendo y pone obstáculos a la permanencia a largo plazo.

Manuela y Vittoria, dos chicas de Roma atrapadas en los preparativos para el retorno a Italia después de cuatro años en Australia, están experimentando estas dificultades en primera persona. A Manuela, de 32 años, le quedan pocos meses. En marzo se verá obligada a volver a Europa: “he terminado el Máster en Traducción en noviembre, solo tengo cuatro meses para encontrar un sponsor que me permita quedarme antes de que caduque el visado de estudiante. Teniendo en cuenta lo poco que falta, tengo que contar con la posibilidad, cada vez más real, de tener que dejar Australia”. Vittoria, de 28 años, no ha encontrado sponsor y ya ha agotado todos los tipos de visado agotables. Ha llegado la hora de marcharse: “Después de cuatro años aquí, tengo miedo de lo que Italia y Europa podrán ofrecerme”, comenta. Una mezcla de miedo y desilusión por aquello que el ideal de Australia les había prometido y que luego no se ha traducido en posibilidades reales.

La reflexión, siempre de actualidad, es que el italiano busca un lugar bajo el sol porque cree en sus propias posibilidades y está dispuesto a trasladarse para que se le reconozcan. Al mismo tiempo, su pensamiento puesto en Italia, en la que se piensa con ese mismo sentimiento ambiguo de “amor-odio” que los emigrantes italianos de los años 50 se llevaban consigo por el mundo en aquella maleta de cartón, junto con la esperanza y la las ganas de hacer algo.

Foto: (cc) berzowska/flickr; Vídeo: teleaustralia/youtube