Juanjo Guarnido, Premio Nacional de Cómic 2014: "Dibujar es trazar el universo con una línea"

Artículo publicado el 14 de Enero de 2015
Artículo publicado el 14 de Enero de 2015

Juanjo Guarnido vive en París desde hace más de 20 años en los que ha dado forma a Blacksad, una saga de personajes zoomorfos. En un día de claroscuros habla con Cafébabel del universo que ha creado entre proyectos, acuarelas y muchas hojas en blanco.

Hay quien dice de un dibujante que sus personajes se convierten en compañeros fieles de su día a día. En el caso de Juanjo Guarnido, se trata de una certeza. Lleva más de 14 años dando pinceladas y atesorando en un tebeo a Blacksad, una saga animalesca con la que asegura “realmente disfrutar”. Aparece algo cansado en el bar en el que nos hemos dado cita. Mientras tanto, París se ha propuesto empaparlo todo con un cielo gris y espeso que no da tregua.

Comenzamos a charlar, mira de soslayo en cada respuesta y a medida que la conversación avanza se hace evidente que se relaja.  Tilda de “feeling personal” lo que para la mayoría de sus lectores es la habilidad de dar vida a los trazos que perfila. “Cada dibujante tenemos esos ‘truquis’ que aplicamos como cuando un niño dibuja las expresiones de un smiley”. Algo que parece simple, sencillo y que esconde años de trabajo y un fervor por los tebeos que le viene desde pequeño. “Cuando me cayó el primer Astérix en las manos pensé que era la perfección”, relata. Un ojo infantil pero crítico que ya sabía distinguir y reconocer a los diferentes dibujantes del universo Disney, aquellos “que nunca podían firmar”. Entonces leía de todo, incluso los cómics que se consideraban “subidos de tono” bajo el pretexto y la absoluta promesa a su padre de que era “una lectura muy importante”. Un argumento que no le ablandó tiempo después para privar a sus hijos durante sus primeros años de la lectura de Blacksad.

“¿Qué es lo que se siente al dibujar?”. Se restriega los ojos: "¿aquí no sirven café?, pregunta. La hospitalidad parisina, ya se sabe. “Da igual”, continúa, y se lanza de lleno a una pausa que dura unos segundos. Con la mirada evoca lo que parece ser su estudio y no es difícil imaginarle enfrascado en su mesa de trabajo. “Cuando dibujo se me olvida todo. Se me olvida comer, los problemas propios y ajenos. Se trata de responder a algo que no es ni una exigencia, es algo… sublime”. Vuelve a haber otro silencio y remata la frase con un “es como dibujar el universo con una línea”.

Llegó a París hace más de veinte años pero por el camino no ha perdido ni un ápice del acento granadino. Tampoco se ha dejado contagiar por la aridez de la capital. A cambio, ha labrado un francés que podría ser la envidia de muchos extranjeros. Explica que en Francia y en Bélgica el tebeo forma parte del patrimonio familiar. Un objeto cuidado, de tapa dura y que se hereda de padres a hijos. Un arraigo cultural que difiere del de otros países como es el caso de España. “Allí la afición al tebeo es la que es y no podemos pintar la repercusión que tiene”, señala.  Por eso, considera el Premio Nacional de Cómic en España como un “triunfo del sector y un reconocimiento por parte de la cultura oficial”.

Se frota las manos que le duelen de vez en cuando, las horas de trabajo le pasan factura. Horas en las que se exige un poco más con cada proyecto nuevo. “Cuando no reconozco ni mi propia manera de dibujar, me da una alegría muy grande porque siento que hay cosas que puedo hacer y que no sabía ni que estaban a mi alcance. Es como estar en movimiento y ver todo lo que te queda por delante”. Un impulso momentáneo con el que se olvida de la carrera que le ha valido elogios y reconocimientos. “Yo sólo veo una hoja en blanco. En el fondo, todos nosotros, dibujantes y animadores, sentimos la sensación de mediocridad porque siempre se es el mediocre de alguien”, confiesa.

También reconoce que entre la animación y el cómic, el segundo le proporciona la satisfacción del narrador que construye un relato. Una libertad implícita en el oficio en el que asegura anteponer el hilo discursivo a la pura estética del dibujo. En sus ratos libres, toca al menos de 10 a  20 minutos la guitarra, una afición por la que llegó incluso a montar un pequeño grupo con otros colegas del gremio y que abandonó por la falta de tiempo. La misma que le impide ser ilustrador, pintor, músico, director de cortometrajes y tantas otras profesiones. “Mi problema no es querer hacer muchas cosas, sino querer ser muchas cosas”, explica. Por último, le pregunto si tiene animales. “Ni falta que hace”, responde. Cambió los que tenía de niño por otros de acuarela.