Karima Delli: instintos básicos

Artículo publicado el 27 de Octubre de 2016
Artículo publicado el 27 de Octubre de 2016

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Cuando muchos se preguntan quién es esta joven candidata, defensora de la ecología, a presidenta de la República, algunos responden que es «la encarnación de la renovación política». De sus orígenes populares a su cargo de diputada europea, Karima Delli, 37 años, bien podría representar la política del mañana. ¿Cómo? Siguiendo cualquier camino no establecido. 

Anda a toda prisa. Y cuando Karima Delli anda a toda prisa empieza por derramar su café. En ese momeno, empieza a dar vueltas, encadena una cita con otra y acaba por hacer cosas que no quiere hacer. Resumiendo, está en plena campaña. Una campaña de la que se habla poco en los medios de comunicación franceses. Hay que decir que la otra, la campaña de las primarias de la derecha y del centro, copa toda la información. No obstante, los resultados de la suya son imminentes: las primarias de los ecologistas dará a conocer el resultado de la primera vuelta esta noche (sábado 22). Pero si a los periódicos franceses no les interesa mucho la campaña de Europa Ecología Los Verdes (EELV) es porque ya habrían dado a conocer el nombre de los vencedores: Yannick Jadot y, en segunda vuelta, Cécile Duflot, sin duda la próxima que representará al partido durante las elecciones presidenciales del 2017.

«Nací ecologista»

Karima Delli empieza por limpiar el café que ha dejado caer en el parqué de su oficina de la delegación de la Comisión Europea, situada en el Distrito 6 de París. Sentándose de nuevo, resopla después de decir: «Hay que tener cuidado». Según ella, no está nada hecho y «muy astuto el que pueda leer las bolas de cristal». Quien lee la prensa podrá ver que la joven candidata de 37 años no tiene mucho peso frente a Michèle Rivasi, diputada europea de 61 años, Yannick Jadot, exdirector de las campañas de Greenpeace y, sobre todo, Cécile Duflot, la mediática exministra de Vivienda del gobierno Hollande. Karima Delli lo sabe, pero a Karima Delli no le importa. Si permanece aquí, sentada, con pantalón vaquero y jersey Batman, es «para encarnar la sorpresa». La joven candidata lo dice sin rodeos: se presenta porque en su partido ya no hay un candidato natural. Daniel Cohn Bendit se ha jubilado. Eva Joly se ha ido a conocer sitios lejanos. Y Nicolas Hulot, una vez confirmado su 10% en los sondeos, ha renunciado. Con voz bastante grave, nos confía haber reflexionado mucho antes de lanzarse a esta aventura. Demasiado pronto, demasiado joven, quizá también demasiado vertiginoso para una mujer que procede de lo que llamamos «las clases populares». «Vengo de un medio en el que tendemos a interiorizar que ocupar un puesto en las instituciones no es para nosotros. Así que una elección presidencial... », susurra. Pero a día de hoy, Karima Delli ha decidido asumirlo todo: presentarse a las primarias, sus orígenes sociales, su visión de le ecología y su condición peculiar dentro de la oferta política actual. «La idea es ser la candidata del futuro y representar una nueva generación con ideas nuevas», dice, tal y como recalcaría en un mitin.

Después de dos debates televisados en los que estuvieron presentes los cuatro candidatos ecologistas que se presentaban a las primarias, la idea ha suscitado interés. Poco curtida en estas lides, esta diputada europa desde hace 7 años causó, de momento, sensación. Cuando algunos dudan sobre el cambio político que prefieren, golpea su atril y exige une Constituante (una asamblea de ciudadanos que tiene como función establecer una constitución, ndlr.). Cuando Yannick Jadot admite que está seguro de que no habrá un presidente ecologista en abril del 2017, Karima dice enérgicamente que «ya está bien del fracaso de la ecología». «Ha estado verdaderamente bien, -analiza Julien Bayou, portavoz nacional del EELV-.  Es un ejercicio difícil que requiere aplomo y convicción. Y Karima tiene mucho». De los pretendientes al trono ecológico, ella es quizá la única en haber hablado, clara y llanamente, de su programa para Francia: introducción de una renta básica universal y sin condiciones, dejar de fabricar coches diésel en 5 años, prohibición de pesticidas en la Unión Europea y sobre todo – su arma fatal – un plan de ecología popular.

Lo repite sin parar: «No me he convertido en ecologista, nací ecologista». Novena de 13 hermanos e hija de padres inmigrantes que no saben leer ni escribir, Karima Delli ha aprendido a «tener cuidado con todo». «Pero más allá de mi caso personal, mi intención es principalmente mostrar que las clases populares tienen mucho que perder en caso de no abrazar la ecología. Son ellas las que sufren todas las injusticias sociales, luego también las medioambientales. Viven en coladores energéticos (edificios mal aislados, ndlr.). No tienen acceso a los transportes públicos. Y están condenados a ir a hacer la compra al Lidl, ya que no les queda nada a final de mes», sentencia. Son problems que la nativa de Roubaix quiere afrontar de una vez por todas. Porque son vitales, porque la pobreza en Francia afecta ya a 9 millones de personas pero, sobre todo, porque es en este terreno en el que la joven política se siente más legitimada para opinar que sobre ningún otro. «Conozco los barrios, sé lo que allí se hace. Hay asociaciones geniales que ya hacen un montón de cosas. No hay que creer que la ecología es una cosa de bobos. La gente de más allá de la periferia también recicla». Frunce el ceño, hace una pausa y, después, abre los ojos: «Han comprendido».

La vida (política) es una fiesta

Karima Delli también lo comprendió. Fue en el año 2001, en Lille, durante un mitin de Noël Mamère, candidato ecologista a las presidenciales del 2002. Con una diplomatura de técnico superior (un BTS) en comercio, la joven se acaba de enamorar de una asignatura del programa de su grado de derecho: ciencia política. Sobre el terreno, corre de mitin en mitin para ver «la cosa pública» más de cerca. Pero es precisamente esa tarde del 2001, cuando Noel Mamère dice «injusticia social, injusticia medioambiental, cuando la chica tiene la sensación de estrellarse. La primera gran bofetada. Esas experiencias la llevan a preguntarse por su propia condición y es entonces cuando escribe una memoria sobre las mujeres en política. Solicita entrevistas y es una tal Marie Christine Blandin - «la primera mujer senadora ecologista» - quien le concederá 7 minutos de entrevista. «Me hablará de mi región, de mi ciudad (Roubaix), siniestrada por el parón de la industria textil y minera, con estas palabras: "Las primeras víctimas siempre son los pobres"», nos cuenta Karima. Es entonces cuando la senadora le habla del concepto de ecología popular, del interés llegar a los más desfavorecidos con los temas medioambientales. «Salí de la entrevista con los ojos como platos. Me hablaba tanto que tuve la sensacioón de estar ya dentro», dice Delli. Una segunda bofetada. La que le hará cambiar. 

«Cuando mi colaborador se fue a Brasil, tuve que contratar a alguien, -cuenta Marie Christine Blandin. Entre la pila de CV que tenía sobre la mesa estaba el de Karima. A pesar de nuestra breve entrevista, la recordaba muy bien. Su simpatía, su espontaneidad, su dinamismo... La contraté». «Quería tanto ese puesto para añadirlo a mi CV que había comprado ya ¡papel de ministro! Ya sabes, el que no puede arrugarse... », confía la interesada sin poder contener la risa. Nombrada de improviso en París un fin de semana, la joven asistente parlamentaria aprende rápido en las salas doradas de la República. Se entiende de maravilla con la que se ha convertido en su mentora en política pero, sobre todo, empieza a recuperar su naturalidad y su personalidad. «Tenía una marcha increíble, -continúa diciendo Blandin-. En los pasillos, caía fenomenal a todo el mundo. Tenía mucha mano para simpatizar con los manitas del Senado. Uno de ellos llegó incluso a llamarla "el rayo de sol del Palacio" [el Senado francés tiene su sede en el Palacio de Luxemburgo. N. del T.]». Así es como entabla amistad con otro asistente parlamentario, Manuel Domergue, quien la invitará a participar en las bases de un grupo muy conocido por su activismo: Jeudi Noir [Jueves Negro]. 

Karima Delli no actuaba para ser conocida, pero ha tenido mucho que ver en la fama de este grupo de jóvenes militantes que apareció cuando Francia entró en la crisis de la vivienda. ¿Cuál es el leitmotiv de Jeudi Noir? Hacer estallar la burbuja inmobiliaria bajo los confetis. Dicho de otra manera, Karima Delli y compañía montan happenings muy mediáticos durante las visitas a pisos carísimos e incluso ocuparán, como protesta, palacios parisinos vacíos: con alegría y buen humor. Un universo en el que la chica se siente como pez en el agua. «Nos enganchamos muy rápido, - cuenta Julien Bayou, uno de los fundadores de Jeudi Noir en 2007-. Ella estaba totalmente en la línea del colectivo. Disfrutaba haciéndolo. Involucrarse con ganas era superimportante para nosotros». Al cabo del tiempo, la joven alma de la fiesta será apodada ridículamente como «Funky Karima». «Éramos una pandilla, -confía la interesada-, pero ¡cuidado!. Detrás del Champomy [marca comercial francesa de una bebida gaseosa no alcohólica a base de zumo de manzana, cuya botella imita a la de champán. N. del T.] y los confetis, había un trabajo de fondo. Alertábamos de temas importantes que atañen a nuestra generación: la vivienda, los periodos de prácticas, la precariedad...» Un ejemplo: cuando le entrega un «diploma de hijo de papá» al segundo hijo del presidente Sarkozy de parte del colectivo Salvemos a los ricos, lo hace para denunciar «un escándalo de nepotismo». Después de ser elegida, la joven política conservará el gusto y los reflejos de un activismo alegre. Durante su elección al Parlamento Europeo, convence a Daniel Cohn Bendit y a José Bové para llevar camisetas con la frase «Stop Barroso» para protestar contra el mandato del expresidente de la Comisión Europea. Durante los debates sobre el cambio climático, hace construir una estatua de hielo de dos por tres metros y deja que se derrita en el vestíbulo principal del Parlamento. Con una enorme sonrisa, escruta el Sena a través de la ventana de su oficina recordando sus tiempos de activista y, a continuación, frunce el ceño y prosigue con una seriedad implacable: «No son solo "coups". Yo no he pasado por la escuela del MJS (Movimiento de los Jóvenes Socialistas, ndlr.). Formo parte de la generación de las redes sociales, de otra forma de compromiso. Quiero militar gustándome que milito». 

«No estaré sola»

Karima lo asegura, esto no ha acabado. D’ailleurs, la dernière ne remonte pas à si loin. Durante el escándalo Volkswagen, en pleno Salón del Automóvil, hace saber a su equipo que quiere abrir una comisión de investigación contra la marca de coches alemanes. Su equipo entra en pánico, pero Karima Delli lo ignora. Llegará hasta el final, se enfrentará a los alemanes de su propio grupo y pondrá en marcha una petición ciudadana que recogerá 150 000 apoyos en 24 horas, suficiente para aparecer de improviso en el despacho de Guy Verhofstadt (presidente de los liberales y demócratas en el Parlamento, ndlr.) y exigir el apoyo de su grupo. «Le dije que si no hacía nada, sería responsable del mayor cáncer del mañana -precisa, otra vez muerta de risa. Yo nunca habría permitido esto antes. Estamos al mismo nivel». Hace una pausa: «Esa cosa de no ceder nada, no sé de donde viene. Soy la novena de la familia, por lo que en un partido de fútbol, yo sería el atacante».

Hoy, «esa cosa» le permite tejer la tela de una candidata creíble. «Es joven, tiene marcha, no viene del distrito 16. No tiene miedo de nada y sus acciones militantes, públicas, le da un cierto entusiasmo. Francamente, en estos tiempos de morosidad ambiental y de combinaciones políticas, es algo agradable de ver», abunda Marie Christine Blandin. Para Julien Bayou, representa simplemente el futuro de la política, el futuro «de una generación que vive los problemas que ella denuncia». Aún así, si hay una cosa que Karima Delli detesta, es la cocina de los partidos. El tipo de lógica táctica que la ha hecho despertarse sobresaltada del sueño que estaba viviendo en el EELV. «En el 2009, después de las europeas, podía caminar sobre el agua. Conseguimos el 20%, el mejor resultado del partido. Éramos un equipo y yo, la cuarta de la lista, salí elegida gracias a eso. Pero después, entramos en luchas internas de poder... », dice con amargura. Los Dany, Eva o José dejaron su sitio a los jóvenes– Jean Vincent Placé, Cécile Duflot, Emmanuelle Cosse – cargados de ambición pero aparentemente poco interesados por el altruismo. «Actualmente, los miembros se extrañan de que solo saquemos el 1%. Pero yo conozco a los responsables: ¡el equipo dirigente de mi propio partido! », explota dando un golpe sobre la mesa.

La «chica del norte», apelativo que recuerda con gusto mientras toma un café con leche, respeta demasiado la política como para hacerla caer en el lado oscuro de los arcanos del poder y de sus puertas cerradas. Lo sabe porque, para ella, esas puertas se abrieron a la primera, sin tener que haber hecho gran cosa. «Hasta cierto punto, quizá era imprudente. Todo lo que recibía de la política, lo tomaba de forma natural. Vivía un sueño despierta». Ese sueño lo cuenta en el libro La política no me hace perder el norte, en el que revive su carrera no convencional desde su barrio de Tourcoing hasta el hemiciclo del Parlamento Europeo. En un ejercicio poco frecuente de transparencia, este libro ofrece también una historia como las que nos gusta contar con emoción en algunas feel-good movies [películas que te hacen sentir bien] a la francesa. «En lugar de sentir lástima por mi vida, prefiero resaltar mi singular carrera y mis orígenes humildes, de los que estoy orgullosa», escribe en su libro. Su padre cree que se trata de una broma cuando le dice que ha salido elegida eurodiputada, su familia se presenta «con trajes de noche» en el Parlamento Europeo para su primera intervención: estas son algunas de tantas anécdotas que sirven para contar una bella historia. Algunos lo tacharon de caricatura. «Francamente, que la gente piense eso no me da ni frío ni calor.Uno de mis profesores ya me calificó de "milagro sociológico". Me siento muy cómoda con mis orígenes. Lo digo y lo repito. Estoy igual de orgullosa hoy que ayer, cuando acompañaba a mi padre a la fábrica».

Llevada por un «optimismo sin complejos», la candidatura de Karima Delli en estas primarias de los ecologistas es, a la vez, política y personal. «No me importa. No tengo ninguna ambición personal, mi ambición es para el planeta». Si está allí, es para acercar un tema literalmente vital a los europeos. Lejos de su pequeña persona, pero cerca de las pequeñas cosas que le hacen entender que tiene razón: «el compromiso voluntario en claro aumento por parte de los jóvenes o el éxito de documentales como Demain de Cyril Dion y Mélanie Laurent, muy sensibilizados ambos por el medio ambiente». Entiende también que la traducción política de este movimiento ecologista no podrá ser encarnada por una sola persona. «El enfoque personal no lo conozco. Siempre he trabajado en equipo. No creo en el hombre o en la mujer providencial. Si hago política, es para hacer co-construcción». Cuando le pregunto, de golpe, qué hace aquí, en unas primarias que son la encarnación del enfrentamiento, hace un gesto con la mano que indica que pasemos del tema, casi derrama el café y dibuja una última gran sonrisa: «Voy a hacerte una confidencia. Un periodista me preguntó un día cómo vería mi foto en el Elíseo si soy elegida presidenta de la República. Le respondí que, allí arriba, no estaré sola».