Kialatok: cocinar juntos para vivir mejor

Artículo publicado el 30 de Junio de 2016
Artículo publicado el 30 de Junio de 2016

REPORTAJE. Kialatok, una empresa social parisina propone una nueva forma de combatir los estereotipos que existen en torno a la diversidad. Su receta: talleres de cocina impartidos por quienes con talento, y en ocasiones sin diplomas, se han sentido alguna vez discriminados.

A pocos metros de la estación de metro de Marx Dormoy, al norte de París, en el multicultural distrito 18, hay un lugar donde se pueden degustar los mejores platos del mundo. De Costa de Marfil a China, pasando por Perú y Tahití. Sus chefs no tienen diplomas de altas escuelas. Tampoco estrellas Michelín. Sus creaciones no se sirven en restaurantes lujosos ni tampoco cuestan cientos de euros. Cada uno cocina los platos que mejor conoce y que más le acercan a sus orígenes. Además, comparten otro rasgo: tras su llegada a Francia, algunos de ellos encontraron algún tipo de dificultad para acceder al mercado laboral. La 'HALDE', [La Alta Autoridad para la lucha contra la discriminación, hoy conocida como 'El defensor de los derechos'], señaló que en Francia, en 2010, el primer motivo de discriminación en el trabajo, fue precisamente el origen étnico.

Detrás de esta receta, dos jóvenes con visión emprendedora y solidaria. Kevin Berkane (26) y Florence Pellegrini (27), ex-estudiantes de la Escuela de Comercio HEC París, son los creadores de Kialatok, una empresa social que organiza talleres de cocina para empresas, aunque también para particulares, impartidos por personas con bagajes y culturas muy diferentes. "Florence y yo pensamos que sería muy interesante crear un proyecto juntos. Teníamos claro que si formábamos una empresa, ésta tendría que serle de utilidad a la sociedad. Siendo conscientes de que en París hay mucha población de origen inmigrante (1 de cada 5 personas lo es), decidimos usar la cocina como forma de combatir estereotipos e ideas preconcebidas", dice Kevin. Su fórmula es simple: emplear a personas sin alta cualificación y con dificultad para hacerse un hueco en el mundo laboral, a la vez que se valora su talento entre los fogones. 

Kialatok nace en la Courneuve, una comuna situada al norte de la capital francesa, en el departamento de Sena-Saint Denís, un área con una alta tasa de desempleo, población inmigrante y, en ocasiones, mala reputación. Allí, entre los grandes bloques de viviendas de la Cité des 4.000, comienza esta historia, fruto de la incubadora social de la HEC. "Estuvimos dos años y conocimos a mucha gente con grandes ideas, especialmente mujeres a las que les gustaba cocinar, ilusionadas con abrir su propio negocio", explica Kevin. "Por otro lado, comenzamos a apoyarnos mucho en el trabajo de ciertas asociaciones de idiomas para inmigrantes o de acogida a refugiados, como ‘France Terre d’Asile’, y acudimos a ellas a la hora de formar el equipo", señala. "A la gente le da miedo lo que es diferente y además, por normal general, sólo nos enteramos de las malas historias. La idea es justamente compensar eso. Que sea la cocina la que hable", explica este joven emprendedor social. Para lograrlo, cuentan con un equipo de 11 cocineros asalariados (animadores, como ellos mismos se definen), que además de impartir ellos mismos conocimiento culinario, también continúan formándose gracias a la ayuda de Kialatok.  

"Escuchar ayuda a entenderse"

A la hora de juzgar a una persona, las ideas preconcebidas tienen mucho peso, por lo que entornos como éste, igual que sucede en el deporte de equipos o en las orquestas, donde el uno necesita del otro, pueden convertirse en una poderosa herramienta para cambiar el  mensaje. "En realidad, para combatir un estereotipo, sólo te hace falta el ejemplo de una persona a la que aprecies, o de la que guardes una buena imagen, para darte cuenta de que no tiene sentido generalizar. Esa persona siempre vendrá a tu mente y se creará un efecto cadena", explica Lysie con sensatez. Esta reunionesa, trabajadora de Kialatok, se encarga de animar el taller de hoy, en un viaje hacia la Isla de la Reunión, región francesa de ultra mar, a través de tres platos típicos. Entre instrucciones de cómo sazonar el pollo, cómo cortar el jengibre o qué especias añadir, va contando anécdotas sobre su llegada a la Francia continental, sobre su familia y sobre la vida en general. 

"Para trabajar aquí el único requisito es saber lo que haces y hacerlo bien. Los diplomas no son necesarios", comenta. "A fin de cuentas, en la cocina, o donde sea, lo importante es tener historias que contar. Escuchar ayuda a entenderse", matiza. Y es precisamente eso lo que hacen algunos participantes como Thomas (27), Tifène (23), o Claire (34), que han venido al taller gracias a que alguien de su entorno se lo ha regalado. "Es una iniciativa maravillosa, sobre todo en este barrio en el que hay tantas culturas", explica Claire cuando se le pregunta por el proyecto. "Tengo la sensación de que la sociedad francesa se encierra cada vez más en sí misma, y es una pena, porque precisamente esta variedad social es una riqueza", añade.

Otra de las animadoras de hoy es Afou, una marfileña que lleva en París 8 años. "Me vine por razones familiares, por la crisis política que vivía el país en ese momento, pero sobre todo porque quería descubrir algo nuevo. Me siento bien aquí. He descubierto que Francia tiene muchísimo que ofrecer. Es mucho más que la Torre Eiffel", sonríe.

Cocinar, un acto tediosamente rutinario para muchos, puede llegar a ser un refugio para otros. "Cocinar es la puerta a la felicidad. Es más poderoso de lo que se piensa. Te permite romper el hielo e incluso entender muchas cosas. En Costa de Marfil, por ejemplo, no miramos a los ojos fijamente. Cuando llegué aquí muchos pensaban que era maleducada, que no era receptiva. Y el caso es que yo no lo sabía", cuenta Afou. "Le debo mucho a la cocina porque me ayudó a integrarme, a encontrar mi sitio. Los principios son tan complicados...", suspira. Tal vez el efecto cadena que mencionaba Lysie funcione y sea el que haya motivado a Afou a crear su propia asociación, ‘Arc en Ciel’, con la que ayudar a los nuevos inmigrantes que llegan. "Ninguna persona debería sentirse sola. Es importante que la sociedad comprenda eso".