Kosovo: la paz armada

Artículo publicado el 13 de Octubre de 2004
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Artículo publicado el 13 de Octubre de 2004

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Tras la llamarada de violencia interétnica de marzo de 2004, ¿Cómo percibir serenamente el porvenir de Kosovo? La ausencia de un estatuto para este territorio no soluciona nada. Pero la UE quiere creer que sí.

Marzo de 2004: la muerte de tres niños albaneses en el pueblo de Cabra, en Kosovo, desencadena una nueva oleada de violencia en esta región gestionada por la ONU. La presencia in situ de decenas de miles de militares internacionales no ha podido contener a las masas, ni impedir los graves actos de pillaje contra la población civil, edificios públicos, monumentos religiosos ortodoxos, así como contra la MINUK (Misión de las Naciones Unidas para Kosovo) y las fuerzas de la KFOR (Fuerza de paz en Kosovo, constituidas por las tropas de la OTAN). Balance muy grave: 19 muertos y centenares de heridos. Igualmente grave para la MINUK, cuya misión definida por una resolución de las Naciones Unidas tras el conflicto de 1999 consistía en garantizar la seguridad de todos en esta provincia albanófona de serbia.

Europa de nuevo partida en dos sobre el Ibar

Marzo de 1999: la OTAN entra en guerra contra Serbia-Montenegro con el fin de proteger los derechos de la minoría albanesa. Como reacción, el ejército serbio expulsa mediante actos de terror a los albaneses de Kosovo. Los acuerdos de paz de Kumanovo, firmados en junio del mismo año, aseguran a los albaneses expulsados el retorno a sus hogares, la seguridad y la igualdad de derechos para todos los ciudadanos de la provincia. Kosovo queda como una provincia del Estado Serbio, aun siendo gestionada como un protectorado de la ONU por la MINUK. El ejército y la policía serbia se retiran, el marco y después el Euro sustituyen el dinar yugoslavo como moneda oficial.

Tras la llegada de la Fuerza de Paz en Kosovo, en junio de 1999, las presiones albanesas contra las otras comunidades estallan: represalias contra la población serbia, e incluso contra los Tzigan y otras minorías étnicas. Una nueva limpieza étnica se inicia, consistente a reducir los núcleos de población no albanesa y a empujar los serbios hacia el norte del país. Una ciudad se convierte en el símbolo de esta nueva fractura en Europa: Kosovska Mitrovica y su puente sobre el río Ibar, separando las dos comunidades de la ciudad, vigilada por militares internacionales. Los actos de violencia esporádicos continúan en 2000 y 2001, pero ninguna de estas exaltaciones es comparable con aquella de marzo de 2004. El 17 y 18 de marzo, sobre el conjunto del territorio de la provincia, grupos organizados atacaron los lugares y monumentos religiosos serbios, destrozando 550 casas y 27 iglesias y monasterios, compeliendo a más de 4.000 personas a la huída. Cerca de 51.000 personas están implicadas en estos actos vandálicos que se desarrollan bajo la mirada de los militares internacionales. En serbia, en Belgrado y en Nîs, al sur del país, las mezquitas han sido incendiadas, transformando a los ojos de la comunidad internacional una expresión de cólera y desesperación en conflicto religioso.

Los actos de violencia de mitad de marzo son un fracaso para la MINUK, la KFOR y el Servicio de Policía de Kosovo (KPS). Human Rigths Watch (HRW) ha realizado un informe muy crítico en julio. Para Rache Denber de HRW, “las palabras no bastan para proteger las comunidades minoritarias o para crear un Kosovo multiétnico. Lo que hace falta aquí, es una auténtica reforma de las estructuras de seguridad internacional”. Pero el único resultado del drama de Kosovo es la definición de un estatuto viable para este territorio. El credo de la diplomacia internacional y el de la Unión europea en particular se mantiene: “Las normas antes que los estatutos”. No obstante, la seguridad de las personas forma parte de estas normas, al igual que la cohabitación entre los dos principales grupos étnicos. Entre la multitud de criterios que serán estudiados en el año próximo para juzgar la salida hacia delante de Kosovo, algunos de ellos deben ser imperativos. El embajador noruego Kai Eide, enviado a Kosovo por el Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan, ha recomendado que sean considerados como esenciales la descentralización, así como el retorno de los refugiados, la seguridad y la libertad de movimientos. Si estas condiciones son cumplidas, un estatuto definitivo podrá ser propuesto. La ausencia de solución moderada al problema kosovar podría poner en peligro a la región entera. La UE descarta toda idea de independencia o partición de territorio, lo cual provocaría un nuevo planteamiento de las fronteras en la región (por ejemplo en Bosnia o Macedonia). ¿Cómo salir de la crisis actual sin descontentar a Belgrado y a las poblaciones serbias de Kosovo garantizando además a los albaneses de Kosovo la seguridad y el desarrollo autónomo? De algún modo, haciendo que las dos partes acepten un compromiso, tal que una soberanía amplia bajo el seno del Estado Serbio.

Estándares antes que estatutos

Pero, únicamente la aceleración del proceso de integración europea de los estados de la región (Bosnia Herzegovina, Serbia y Montenegro con Kosovo, Macedonia y Albania) podría permitir olvidar las cuestiones fronterizas. El presidente de la Comisión Europea, Prodi, declaró en la cumbre europea de Tesalónica, en junio de 2003, que la “integración de los Balcanes, incluido Kosovo, en la Unión Europea, era de ahora en adelante un movimiento irreversible”. Y quizás la única esperanza de paz duradera para esta región.