La cara y cruz de la emigración española en París (I parte)

Artículo publicado el 22 de Diciembre de 2014
Artículo publicado el 22 de Diciembre de 2014

En los últimos cuatro años, han llegado a Francia más de 25.000 españoles dispuestos a encontrar la oportunidad laboral que España no ha podido brindarles. Las cifras de la Embajada suben sin parar aunque desde la Administración insisten en que las cifras pueden llegar a triplicarse puesto que el registro no es obligatorio. Algunos de los españoles que viven en París nos cuentan su experiencia

A principios del pasado mes de septiembre, la cineasta Icíar Bollaín estrenó su documental En Tierra Extraña, un reflejo de las condiciones en las que viven los españoles que han inmigrado a Edimburgo en los últimos años y los motivos que les han llevado a ello. “La generación perdida”, “la juventud sin futuro”, “la movilidad exterior” que deja el país “por impulso aventurero”. Sea como sea, una generación que está dejando España en busca de una oportunidad que no encuentran en su propio hogar. Aunque mucho se habla de Reino Unido y Alemania, Francia, y en concreto París, es otro de los países dónde más españoles residen; la cercanía y la familiaridad de la lengua, aparentemente más sencilla que el alemán, atraen a cerca de medio millón de españoles. En CaféBabel hemos querido hablar con algunos de los españoles residentes en París, conocer sus impresiones y las historias que les han traído hasta aquí.

Según las cifras de los consulados españoles en Francia, en 2013 se registraron un total de 238.612 españoles residentes, 8.239 más que en 2012 y 26.761 más con respecto a 2010. Sin embargo, desde la Embajada insisten en que la inscripción no es obligatoria por lo que no pueden tener una cifra real del número total de españoles residentes en Francia. 

Los sectores más afectados por la crisis

En el caso de España, el estallido de la burbuja inmobiliaria y la caída en picado de la construcción han afectado especialmente a la profesión de arquitectura. Tras seis duros años de estudios en la Universidad Politécnica de Madrid, una de las más exigentes del país, Ana Rosa dejó la ciudad que la había acogido durante sus estudios para poner rumbo a París. Un año después de su llegada, acaba de mudarse a un piso cerca de Bastille con su pareja, también español. Pagan poco más de 1.000€ por este pequeño apartamento, consistente en una pequeña cocina, baño y una habitación-dormitorio que hace las veces de salón y cuarto de estudios.

Ana reconoce que no echó un solo currículum en España. “Conocía los casos de varios amigos que estaban trabajando en estudios y las condiciones no me gustaban nada. No quería que una mala primera experiencia arruinara mis ilusiones”, comenta. Su primer mes en París fue una decepción tras otra sobre la ciudad, “muy difícil”, reconoce. Al hecho de buscar trabajo se le sumaba buscar piso y otra serie de tramas administrativas, como la de inscribirse en el Consulado, que fue dejando pasar por pereza y porque, según cuenta, el propio Consulado le quitaba importancia al hecho de estar registrado como residente. Se instaló en una pequeña habitación de 12m2 -cama cocina y baño todo en uno- que alquiló cinco semanas y de ahí pasó a un piso compartido con dos extranjeras en el que vivió un año justo antes de mudarse con su pareja.

Tan solo un mes después de llegar encontró un trabajo en un estudio de arquitectura. A pesar de que admite que cuando llegó estaba dispuesta a aceptar ciertas condiciones salariales y de horarios por su falta de experiencia, las entrevistas de trabajo no le daban buenas vibraciones: los contratantes buscaban estudiantes con los que establecer convenios y becas. Finalmente, una empresa le ofreció un contrato de tiempo determinado. Tras seis meses, el día de su partida, le propusieron renovarla por otro mes pero ella, muy astuta, ya había conseguido otro trabajo, con contrato definido, cómo no. Desde entonces trabaja para un nuevo estudio en el que está muy contenta aunque, de nuevo, mareada por no saber si la renovarán o no. Hasta el mes de enero no le dirán si en febrero seguirán contando con ella o no.

¿Ha sido una buena opción venir a París? “Sí, sé que si estuviera trabajando en España las condiciones serían mucho peores, tanto en sueldo como en horarios, y eso si hubiera encontrado una oportunidad”, afirma con recelo. “Por el momento me quedo en París porque veo más posibilidades de crecer aquí”, añade.

De licenciada con máster a chica del servicio

Llego a Rosa por casualidad tras descubrir unas fotos en Facebook de una protesta de jóvenes españoles en las calles de París: “No nos vamos, nos echan”, rezan sus pancartas. Rosa estudió periodismo en Málaga y luego se fue a Madrid donde hizo un master en Relaciones Internacionales. Pensando que no encontraría otro trabajo diferente a una beca sin remunerar, Rosa decidió ser jeune fille au pair para estar al cuidado de los hijos de una familia en Ginebra. Tras una amarga experiencia de dos meses con unos padres que incumplían las horas de contrato y las tareas fijadas una y otra vez, cogió un tren y cambió a París, también como au pair.

“No tenía dinero para salir de España a la aventura -explica Rosa- y era una manera de aprender idiomas y tener techo y comida. En París había una amiga que por cuestiones personales dejaba su familia y me vine a reemplazarla. Aquí estoy bastante mejor que en Ginebra pero es desesperante no poder trabajar para lo que te has formado”, lamenta. Esta posición de niñera es una opción para muchos jóvenes, especialmente chicas, por el atractivo de la oferta: los sueldos oscilan entre 200 y 500 euros más alojamiento, abono de transporte y comida, a cambio de cuidar de los niños durante las tardes y algunas noches por semana. Como Rosa, gran parte de las au pairs dejan a las familias de acogida en las primeras semanas porque las condiciones no son las pactadas.

A raíz de su mala experiencia como au pair, Rosa decidió crear una página en Facebook para ayudar a las personas que, como ella, se encontraban en una situación difícil, “SOS au pair”. “En Ginebra pasé de currar cinco horas al día a ocho y de ayudar en las tareas de la casa a tener un horario, hecho por la madre, de cuándo y cuánto debía limpiar”, denuncia Rosa. El contrato de au pair tiene un máximo de 30 horas semanales dedicadas, supuestamente de forma exclusiva, al cuidado de los niños.

Extraños en París

Otro sector que está probando suerte en Francia es el de la sanidad. Médicos y enfermeros, especialmente estos últimos, buscan mejores condiciones laborales y mayores ofertas de las que actualmente ofrece el servicio público español. Tal es el caso de María Ruiz.

Tras un año trabajando en el sur de Francia, María se presentó a  la APHP (Assistance Publique Hopitaux de Paris) para conseguir trabajo en el servicio de sanidad público de París donde consiguió entrar en un departamento de oncología. Aunque el sueño parecía realizado, María se topó con una jefa que le reprochaba su acento y que se mostraba desconfiada porque, según decía, “en España la sanidad no es igual que en Francia”. María explica que esto fue una excepción, “nunca tuve problemas con los compañeros, ni médicos ni familias ni pacientes y aún conservo algunos amigos de allí”, cuenta. Cambió al hospital Emile Roux, también del servicio público, y ahora presume de poseer su plaza en propiedad, ayudando a formar a otras enfermeras en ciertos conocimientos de curas.

“Yo siempre tuve muy claro que quería tener la experiencia de vivir y trabajar fuera de España -explica María-, nunca pensé que sería casi obligatorio y al final lo fue: o salía del país o no trabajaría de enfermera en la vida. Así de triste”.                                                                                                                                                    

María es una enamorada de la ciudad aunque reconoce que la adaptación a la sociedad fue complicada. “Al principio cuando no hablas francés perfecto, te ponen cara de no entender (aunque te entiendan) -recuerda-, me hacían sentirme fuera de lugar, nunca dejo de sentirme emigrante, es como si me estuviesen haciendo un favor al darme trabajo aquí. Esto no es sólo en el ámbito laboral, también al ir de compras...Aunque la verdad es que el hecho de pasearme por París hace que me olvide de todo. No creo que en España pudiese llevar la vida que llevo en París. De momento Francia me ha dado la seguridad y el reconocimiento profesional que España no me daría ni en 20 años”.