La "casa" del estudiante expatriado

Artículo publicado el 8 de Abril de 2015
Artículo publicado el 8 de Abril de 2015

Cuando te refieres por primera vez a la nueva ciudad en la que vives como la "casa" y notas en los ojos de tus amigos y parientes una mezcla de sorpresa y tristeza, es cuando empiezas a dudar de tu pertenencia a un lugar concreto.

Cerca de 20.000 graduados en 2012 que residen actualmente en Apulia, han decidido iniciar una nueva etapa formativa en una universidad fuera de la región. La cifra representa casi un tercio del total de jóvenes pulleses que han acabado sus estudios, como indica el Consorcio Interuniversitario AlmaLaurea.

Las migraciones al extranjero por parte de ciudadanos italianos de más de 24 años de edad -que es lo mismo que hablar de 53.000 salidas- afectan a más de una cuarta parte del total de individuos que tienen un título universitario. Según el Instituto Nacional de Estadística italiano (ISTAT), el destino preferido de los graduados es Alemania.

A finales de año, los telediarios dedican mucho tiempo a contar -todos de forma muy similar- que el número de italianos que se trasladan al extranjero, crece cada año. También repiten que los jóvenes recién graduados tienen suerte y que algunos abandonan el sur para ir a un indefinido norte. Yo soy pullesa y pertenezco a esa franja de los que, por el momento, se "conforma" con emigrar del sur al norte de Italia.

Los porcentajes difundidos por televisión me provocan siempre una cierta dosis de empatía con las personas que engrosan esas cifras. En ese momento te das cuenta de que eres una unidad porcentual de las estadísticas sobre migración juvenil. Escuchas las miríadas de razonamientos que exploran las causas socio económicas de la emigración y sus consecuencias. Llegados a este punto me detengo en otro aspecto del que se habla poco: el de las emociones. Para quien se ha ido, las vacaciones se convierten en una ocasión para reflexionar sobre lo que se dejó atrás, lo que uno encuentra nada más llegar y lo que se podrá vivir en el futuro.

Por ejemplo, en Navidades, la mayoría de la población que estudia fuera vuelve al redil para festejar las fiestas con la familia y con los viejos amigos. Dentro de este grupo también me incluyo. Cada año que pasa, regresar se convierte en algo cada vez más extraño, sobre todo cuando se vuelve a casa solo porque el lugar en el que se estudia no está precisamente a la vuelta de la esquina. Cada año, la vuelta se hace siguiendo un ritual que se repite siempre de la misma manera pero cada vez de forma más intensa.

Los primeros días: la alegría del reencuentro

Los días previos al viaje de vuelta, nuestra despensa de estudiante está vacía y oscura: ¿por qué desperdiciar el poco dinero que nos queda cuando dentro de poco descubriremos de nuevo la alegría de una comida de verdad? Y tal es así que afrontamos la última cena a base de yogur y plátano pensando ya en la parmigiana di melanzane (berenjenas con queso parmesano) de mamá que al día siguiente nos dará la bienvenida después de más de 14 horas de tren. 

Los primeros días, el hijo pródigo vive en una especie de estado onírico a base de comidas que parecen festines, olvidándose incluso de la higiene personal. También duerme mucho, todo el rato. Después de las primeras 48 horas, cualquier veleidad de independencia se deja al márgen, pues te aprovechas de tu madre que te prepara las comidas mientras te "drogas" con los peores programas de televisión nacidos de la mente humana.

Después, llega el momento de volver a ver a los amigos de siempre. Esos que dejaste en tu ciudad y que, como tú, se marcharon a otro lugar. Te das una ducha después de haber pasado varios días tumbada en el sofá y experimentas un sincero placer al ir a los mismos lugares que detestabas con toda tu alma justo antes de  irte. Así, todo se convierte en un elogio de los buenos tiempos pasados.

A mitad de las vacaciones llega el arrepentimiento

Tras los tres días por excelencia de la Navidad: 242526, estás atiborrada de comida y de conversaciones banales sobre política y actualidad que son ya un clásico durante la cena y las comidas familiares. Después de casi una semana de vacaciones te preguntas dónde está el silencio que caracteriza a tu casa de estudiante, en la que el domingo por la mañana -dado que lo habitual es que a las 11 estemos todos todavía durmiendo la mona- el silencio es sagrado. Por el contrario, en casa de tus padres, tu madre te pregunta a las 8:45 de la mañana si para comer prefieres lasaña, chuletas o bien un consomé depurativo. La televisión encendida durante las comidas comienza a enervarte porque ya no estás acostumbrado a eso. Normalmente, en las cenas con la gente que compartes piso se charla y se bromea. Aquí es cuando te das cuenta de que, durante tu ausencia, la televisión ha absorbido la mente de tus progenitores.

Los lugares habituales comienzan a recobrar el verdadero aspecto que tenían antes de la marcha para convertirse en viejos espacios desprovistos de cualquier atractivo. Escuchas a tus nuevos amigos y te sientes un poco mal porque no serán amigos para toda la vida pero son tus amigos de ahora. A los de toda la vida los amas con todas tus fuerzas, pero a menudo te das cuenta de hasta qué punto la distancia comienza a notarse. Cuando se deja de hablar del pasado y las conversaciones comienzan a girar en torno al futuro, tienes cada vez más claro que todo ha cambiado y que todo está en pleno cambio.

Los últimos días: ¿Y si…?

Y luego llegan las 72 horas antes del día en el que tienes que irte. Te has pasado la última semana  a base de bufidos porque no conseguías organizar la Nochevieja y el temido día ha llegado. Has salido y finalmente estás contenta porque te has reencontrado un poco con tu vida de "estudiante fuera de casa".

Has pasado Año Nuevo abrazada a la taza del váter, después de que solo Dios sepa lo que sucedió la noche anterior. Seguramente estás muerta de vergüenza al comprobar que, en el cuarto de baño, no es tu compañera de piso la que está contigo para salvarte el culo sino tu madre con un sacerdote que intenta hacerte un exorcismo.

Quedan tres días

De repente, te das cuenta de que te falta todo porque, en el fondo, estabas acostumbrándote de nuevo a tu casa y amigos de toda la vida que, aunque parezcan cada vez más diferentes, son aquellos con los que has crecido. Y sientes esa extraña sensación de flacidez en la que poco a poco te alejas y las cosas de tu entorno se vuelven borrosas. Comienzas a preguntarte: "¿Qué habría pasado si no me hubiera ido y me hubiera quedado aquí de forma permanente? ¿Soy yo realmente la que ha elegido esto?". Esto es válido para los amigos y para la familia; tus padres envejecen año tras año y tú no sabes cuando volverás a formar parte de su vida diaria.

Haces la maleta por enésima vez. Aparentemente es solo el enésimo viaje de vuelta pero dentro de ti, lo vives como el enésimo abandono. "¿Qué habría pasado si…?", te preguntas. Amigos y familiares te preguntan cuándo vuelves la próxima vez. ¡Una pregunta sencilla y al mismo tiempo tan compleja! Respondes de manera vaga, intentando dejar claro que quizá tardes en hacerlo.

Después vuelves a tu vida "de ahora" y encuentras caras sonrientes que te esperan y alguno o alguna que te dice: "¿Me has echado de menos? ¡Cuéntame todo!". Regresas a tu rutina habitual y la idea de cambiarla te parece, día tras día, cada vez más absurda y similar a un sueño alentado por una vaga nostalgia, no ya de un lugar, sino de un periodo de tu vida.

Las imágenes de una vida que no has vivido continuarán acudiendo a tu mente pero, cuanto más avances, más fuerte serás para ignorar esas "sirenas" que querrán llevarte a tu país de origen. Porque, aunque sea agradable volver, esa quizá ya no es tu casa y a lo mejor tampoco lo es el lugar en el que vives ahora.

Estás en esta nueva ciudad desde hace 2, 3 o tal vez años. Has estrechado lazos pero...¡Todo es tan precario que la gente continúa desplazándose a un ritmo frenético en busca de otro lugar mejor! Es entonces cuando te das cuenta de que el mismo deseo que te empujó a marcharte a los 19 años, vuelve a presentarse a los 25, con la salvedad de que ahora el entusiasmo está atenuado por el realismo de la experiencia que dan los años. Esto equivale a dejar atrás a los que quieres y darte cuenta de hasta qué punto es bonito, pero doloroso, ver cómo ciertas personas se han alejado de tu vida. Mientras tú intentas que no parezca que les sustituyes, también te das cuenta de que también ellos podrán, antes o después, alejarse de tí.

Después de otro viaje, la respuesta a la pregunta sobre cuál es tu casa se hace cada vez más difícil responder. La 'casa' se ha convertido en un concepto cada vez más lábil y abstracto, te das cuenta de que es un término temporal más que un lugar físico. Hay momentos en los que, independientemente del lugar, ocurre algo que te hace decir "¡esta es mi casa!". Sin embargo, sabes que pasado un mes se  convertirá simplemente  en un 'aquí'.

En cierta manera eres consciente de que eres afortunado, que otros muchos habrían querido marcharse pero no lo han conseguido. Y, sin embargo, envidias un poco a los que no han experimentado nunca esa mezcla de deseo de conocimiento e impaciencia que te empujó a irte. Porque la verdad es que, una vez que uno se va, todos los lugares pueden convertirse en su casa mientras que quien no ha experimentado nunca lo que significa irse a otro lugar, no entenderá nunca tus alegrías ni tus penas. 

Tu incapacidad para saber dónde está tu casa se ha convertido en tu principal tesoro, puesto que puedes hacer de cualquier lugar, tu hogar. Para acabar, queridos babelianos, os recomiendo este documental en el que dos hermanos de una localidad de Apulia, Manfredonia, han intentado responder a la complicada pregunta de si es mejor marcharse o quedarse.