La ciudadanía europea me libró de una multa en una estación de tren polaca

Artículo publicado el 25 de Marzo de 2009
Artículo publicado el 25 de Marzo de 2009
Se desata una discusión en Gdansk sobre la prevalencia de la ley europea sobre la polaca, lo que desencadena un encuentro fortuito con un checheno camino de Varsovia. Conversaciones en el este

Estaba a punto de ponerme a llorar cuando finalmente el revisor decidió no multarme. Un hombre entrado ya en los cuarenta en la mesa de al lado iba por su quinta cerveza (según mis estimaciones), desde que el tren dejo Gdansk camino de Varsovia a las 9:25. Me miraba cada vez menos disimuladamente. Yo gritaba, cada vez más. Debía de ser mediodía.

“De ninguna manera firmaré la multa. Soy una ciudadana europea y tengo derecho al descuento de estudiantes. Esto es una maldita discriminación”, añadí: “¡La ley europea prevalece sobre la ley polaca en caso de conflicto! Tenga, tengo delante el Tratado de la Unión Europea”. “No me importa”, dijo el revisor. Él y su ayudante no aceptaban ni mi carné del ISIC (carné internacional del estudiante), ni el de mi universidad, ni mi carné de identidad o mi pasaporte polaco como prueba de que era estudiante. Hoy en día, parece que tres formas de identificación no consiguen nada. El ayudante del revisor ya se apresuraba a garabatear la multa.

Europa armonizada

(Image: ©dogonthesidewalk/ Flickr)De nuevo repetí que no firmaría la multa y el revisor me amenazó con llamar a las fuerza de seguridad. Incluso el camarero metió baza. Estábamos sentados en el vagón restaurante. “Señora, tome la multa y luego quéjese cuando lleguemos a la estación. Le darán la devolución e incluso un billete de tren gratis si explica lo que le ha pasado”. Sí claro. ¿Cuándo? ¿En periodo de exámenes? ¿A medianoche? Como si tuviese tiempo de ir y esperar cinco horas para hablar con el servicio de atención al público del PKP (el equivalente polaco de la RENFE). Y que me dijesen que me fuera a tomar por… “Vale”, dije. “Pero quiero el nombre de ambos y por estas que juro que nos veremos en los tribunales. No será la última vez que oigan de mí”. “Vale, vale, vale, sin billete. Pase por esta”. Ni siquiera dijeron: “La próxima vez asegúrese que tenga la identificación correcta”. De hecho funcionó; gracias, profesor Biondi – el hombre que me enseñó derecho europeo en el Colegio de Europa.

El camarero dijo inclinándose: “El caballero que ve allí es de Chechenia. Dice que si tiene problemas financieros, él puede ayudarle. Si tiene hambre, le puede comprar algo de comer”. “No tengo el más mínimo”, dije. Pero miré al hombre que iba por su sexta cerveza y dije, “Bolshoi spasiba. U mienia probliema niet”, (le había escuchado hablar ruso antes). El checheno sonrió, dejó su vaso de cerveza medio vacío en la mesa, se dirigió al bar, y se fue. El camarero me trajo un plato lleno de bombones y patatas fritas y zumo. Me llegó al alma. Le di las gracias al camarero y le pedí que le diese las gracias al hombre.

Aquí vuelve a entrar en escena el ayudante del revisor. No tendrá más de 26 años.

Ayudante: ¿Está bien señora?

Yo: Siento haber reaccionado de manera tan emocional antes. No pretendía faltarle al respeto.

Ayudante: Vi que estaba cansada y estresada. No todos somos revisores mezquinos. (Intercambio de formalidades, banalidades, etc.)

Yo: Si los sistemas de transporte nacional europeos estuviesen más integrados, mejor nos irían las cosas. El Deutsche Bahn (equivalente a la RENFE en Alemania) está mucho mejor organizado. Imagínese que toda Europa funcionase así. Tendría mejores condiciones de trabajo.

A: El DB es mucho mejor que el PKP.

Yo: ¡No se olvide de votar en las próximas elecciones europeas!

A: Si se presenta usted, cuenta con mi voto.

El checheno me trajo café cuando el ayudante se iba. Hassan de Grozni hablaba bastante. Al parecer era escritor. Tenía moratones recientes en la frente y el pelo grasiento, pero pantalones, zapatos y uñas limpias. No tenía hogar. Iba a Varsovia, a dormir en una pensión. Me mostró un vídeo con hombres armados en su móvil. “A ella, le pegaron un tiro…” Le dije que era periodista. Quería verme de nuevo, para poder contarme todo sobre la vida. Mostré un cierto recelo, pero no insistió, así que tomé su número. “Si quedamos, beberemos té. Si bebe tanta cerveza, no me será posible reunirme con usted”. “De acuerdo, nada de vodka”. “Y nada de cerveza”. Ambos sonreímos. Ahora estaba cansado, pero cuando hubiese descansado lo escribiría todo. Me lo contaría todo de la vida, de la paz. Nos despedimos en la estación de trenes, sus ojos brillaban por el alcohol. Tal vez vea de nuevo a Hassan. Espero que antes llegue a ver la paz allá en su tierra.