La ‘Coca-colonización’ de la cultura europea

Artículo publicado el 25 de Octubre de 2004
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Artículo publicado el 25 de Octubre de 2004

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La hegemonía cultural norteamericana ha acabado provocando en Europa cierto resentimiento hacia su antiguo protector. Entonces, ¿por qué Europa sigue consumiendo los productos norteamericanos?

En su novela ‘Retrato de una Dama’, de 1881, Henry James analiza las diferencias culturales entre Europa y América en aquel momento. Europa, representada por Gilbert Osmond -norteamericano que creció en el Viejo Continente-, ha sido corrompida por el dinero y la nobleza del continente. La joven América, retratada a través de la protagonista femenina -Isabel Archer-, es orgullosa, independiente y aparentemente sumisa a los excesos de Europa. Su relación es triste y en ella hay frecuentes roces debido en gran medida a las diferencias culturales existentes entre los dos continentes.

Ciento veinte años después, América es el cónyuge dominante en este matrimonio geopolítico, pero ¿está el predominio cultural de los Estados Unidos llevando a los europeos del siglo XX a fortalecer el antiamericanismo?

Intercambio de papeles

Cuando se escribió la novela mencionada, Norteamérica, que empezaba a verse como ‘la tierra de las oportunidades’, aún se hallaba subordinada a la influencia de la cultura europea. Hoy en día, la balanza está inclinada del lado contrario, la ‘vieja Europa’ ha estado, y continúa estando, culturalmente distorsionada por su más fuerte y más joven prima. Desde el despegue industrial de los años 20 y con el ‘sueño americano’ por bandera, la cultura norteamericana ha dominado, no sólo a Europa, sino al mundo entero.

Los Estados Unidos no sólo son el mayor consumidor mundial, también el mayor productor y, por tanto, el hogar de las compañías más ricas. Por ejemplo, compañías automovilísticas como la Ford o la General Motors generan más beneficios que la suma del Producto Interior Bruto (PIB) de todos los países del África subsahariana*. Con esos beneficios se abren a nuevos mercados y se le da salida a productos y símbolos culturales que poco a poco van arraigando en la vida diaria de los países a los que arriban.

Este fenómeno se puede observar en Europa. Si se da un paseo por cualquier calle de una ciudad europea, se ve uno rodeado: desde la Visa en el bolsillo hasta la hamburguesa que en las manos. La mayoría de los programas de televisión, la música o la ropa que vestimos, así como los programas de ordenador que usamos, están importados de los EEUU, como también los eslóganes de las marcas más importantes. Esto se refleja en nuestro lenguaje, que va incorporando cada vez más ‘americanismos’ como ‘comprarse un Cheeseburguer’ en París o ‘bebrse un Milkshake’ en Estocolmo. Aunque el gobierno francés está intentando contener este fenómeno sugiriendo el uso de términos como baladeur en lugar de walkman o asegurándose de que un porcentaje importante de música en francés se emita por la radio, es imposible luchar contra la todopoderosa cultura norteamericana.

Poder y aislacionismo

El que la cultura norteamericana esté omnipresente en la Europa de hoy no es la única causa de la antipatía de los europeos hacia la cultura y los productos norteamericanos. Estos sentimientos están provocados más bien por el hecho de que el ‘intercambio’ cultural con los Estados Unidos no tiene nada de recíproco. Mientras la cultura norteamericana se infiltra cada vez más en la vida europea, nuestros primos norteamericanos son autosuficientes –porque son más poderosos- y no necesitan acoger la cultura europea. La historia muestra que la postura dominante crea resentimiento, lo que se ilustra en el pasado por el rechazo generado hacia el imperio romano, el napoleónico o el colonialismo británico. La hegemonía cultural norteamericana, o la ‘Coca-colonización’ de la cultura europea, como diríamos hoy, quizá explica la hostilidad que Europa muestra hacia los Estados Unidos.

Aunque podemos decir que el aislacionismo cultural norteamericano está particularmente acentuado con un presidente como Bush, no es cierto que sea un fenómeno reciente. Podemos remontarnos, como mínimo, hasta la política de ‘individualismo férreo’ planteada por el presidente Hoover 1929-1933. Por tanto, el actual antiamericanismo desarrollado en Europa no puede ser fruto exclusivo de la reciente influencia norteamericana en el desarrollo cultural. Por otro lado, el aislacionismo norteamericano no es sólo un límite de la cultura popular, es más bien una forma de pensar que se puede extender, por similitud, al actual desacuerdo de la administración respecto al futuro de la ONU o a su rechazo a la ratificación del Protocolo de Kyoto.

Matrimonio de conveniencia

Últimamente, la percepción europea de la cultura norteamericana es paradójica –todos disfrutamos de los beneficios y facilidades que trae a nuestras vidas, pero si estamos muy ligados a ella actuamos en detrimento de nuestra cultura y nuestras tradiciones. Como la heroína del libro de James, mientras parece que a menudo Europa hace lo posible por escapar y alejarse de esta desigual relación, siente que siempre, sin importar lo triste que esté, tiene que poner buena cara ante los deseos de su compañero dominante, permaneciendo atada por un matrimonio de ‘conveniencia’.