La confusión lingüística de Europa: ¿una joya o una traba?

Artículo publicado el 20 de Junio de 2005
Artículo publicado el 20 de Junio de 2005

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En 2007, el irlandés se convertirá en la 21ª lengua oficial de la UE. ¿Existe un límite en la variedad idiomática de la UE?

La UE emplea a casi 4.000 traductores e intérpretes y gestiona el servicio de traducción más grande del mundo. Casi 100.000 páginas de textos jurídicos tienen que ser traducidas a las 20 lenguas oficiales. Además, surge la necesidad de intérpretes con 380 combinaciones lingüísticas tanto orales como escritas. Europa tiene que pagar debido a su variada herencia lingüística alrededor de 800 millones de euros al año. Pero el dinero no constituye el problema real. Lo que estorba de manera creciente en el engranaje europeo es la pérdida de eficacia. En el caso de Malta se han tenido que comprometer de forma oficial de que el maltés no sea tratado como lengua oficial. ¿Para qué este gran esfuerzo? Después de todo las Naciones Unidas tienen casi ocho veces más miembros pero sólo un cuarto de lenguas oficiales. La explicación sobrepasa bastante la vanidad política de los Estados. El laberinto pintoresco de lenguas de la UE tiene una explicación jurídica contundente. A diferencia del derecho internacional, los Parlamentos nacionales no pueden hacer de "traductores oficiales" entre los ciudadanos y Bruselas. La consecuencia directa del derecho comunitario hace necesaria la traducción europea excesiva. A nosotros, los ciudadanos, nos da la ventaja de poder disponer de todo el derecho europeo en 20 idiomas con un solo clic del ratón del ordenador.

Los límites de la variedad lingüística

El artículo 21 del Tratado de la Unión europea dispone que los ciudadanos europeos podrán dirigirse a todas las instituciones de la UE en cualquiera de las 20 lenguas oficiales. Estas instituciones estarán obligadas a responder, en ese momento, en esa misma lengua. No se entiende esta muestra impresionante de disposición europea a la variedad lingüística. Cuando se originan los Estados -y la UE tiene una estructura parecida a un Estado-, se llega la mayoría de las veces a una homogeneización lingüística. El histórico Abbé Gregoire hablaba en su dictamen para el Gobierno de la Francia revolucionara, de 30 lenguas y dialectos. Por aquel entonces, los casi 28 millones de franceses no podían hablar en francés. Si siguiera Europa el ejemplo de sus Estados, el continente se encontraría en el triste camino de la aburrida cultura monolingüe. Sin embargo, la Comunidad europea nunca quiso convertirse en un súper-Estado y la pluralidad de lenguas fue y es el lema de Europa. Pero, ¿dónde están los límites de este paraíso lingüístico? De hecho, se está disminuyendo jerárquicamente el uso de las 20 lenguas oficiales. Esta “flexibilización” se ha asoimado en las sentencias del Tribunal europeo. Declaró en el "caso Kik", que no existe ningún principio constitucional de igualdad estricta entre las lenguas oficiales. Las innumerables lenguas minoritarias y regionales de Europa que son habladas por alrededor de 50 millones de ciudadanos europeos llevan además una existencia ignorada de camino hacia la Europa oficial. Teniendo en cuenta, que hace poco se les ha concedido a las lenguas regionales españolas (catalán, vasco y gallego) la condición de “uso oficial” pero no la categoría de lengua oficial.

Un marco económico y muchas lenguas

En EE UU, la movilidad es seis veces mayor que en la UE: las barreras lingüísticas frenan el tráfico de bienes y personas. Por eso, para la economía existen dos escenarios lingüísticos ideales: uno que todos hablen una misma lengua o que todos hablen todas las lenguas. La primera variante, es decir, la creación de una lengua franca no fue deseada políticamente en ningún momento o factible de hacerse realidad. Sin embargo, el inglés ha sido, entretanto, lo que fue el latín en la Europa de la edad media. Los motores que hacen que el inglés sea dentro de Europa el vehículo lingüístico transnacional dominante, se encuentran, no obstante, fuera de las instituciones europeas. En cambio, la Europa oficial -a cuyo frente se encuentra la Comisión europea- acaricia la idea de una versión sencilla de la segunda variante: en Europa deberían hablar tantos ciudadanos como sea posible tantas lenguas como sean posibles, como mínimo dos lenguas adicionales a la lengua materna. Este es el deseo del nuevo plan de acción europeo para el aprendizaje de idiomas.

La lengua de la democracia

El Tribunal constitucional alemán ha dudado durante una década acerca de la posibilidad de que la UE pueda evolucionar hacia una democracia auténtica sin pasar por un marco público común ni un diálogo europeo. ¿Echa de menos la democracia europea una lengua europea? No, si no ¿Cómo serían posibles las democracias en la India o en Suiza? Lo que nos hace falta es un panorama informativo europeo que trate temas europeos para un público europeo. Las iniciativas multilingües, como café Babel constituyen la necesidad del momento. No sólo por amor a la diversidad lingüística sino también por amor a Europa.