La Constitución Europea, el difícil camino que queda por recorrer

Artículo publicado el 16 de Diciembre de 2003
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Artículo publicado el 16 de Diciembre de 2003

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Las negociaciones sobre la Constitución Europea empiezan de nuevo en marzo: quizás se alcance un compromiso. Pero la credibilidad de Europa ya ha sufrido muchos daños.

Ya se acabó. Durante dos años, la Constitución Europea dio pie a charlas, compromisos, esperanzas e histerias, pero la reunión de este fin de semana fue prevista para terminar con los últimos detalles. Pero el sábado por la noche, todo se acabó, porque los pequeños y medianos países de la Unión no lograron evitar la discusión sobre las modalidades de voto.

Mientras la tinta de los periódicos del domingo todavía se estaba secando, las recriminaciones persistían. Los diarios alemanes culpaban a los polacos ; los polacos culpaban a los franceses. Los franceses culpaban a los españoles, quienes culpaban a los franceses y a los alemanes, quienes no sólo culpaban a los españoles y los polacos, sino también a los italianos por no haber organizado bien las negociaciones- y a los ingleses por no haber presionado a los polacos. Y para el colmo de la ironía, los italianos culpaban a todo el mundo, incluso a ellos mismos. Y por fin los ingleses, quienes nunca estuvieron muy entusiasmados con el tema de la Constitución, sólo se callaron y se retiraron con educación.

Dignos de verdaderos negociadores, todos llegaron a la mesa anunciando que se marcharían en el caso de que el acuerdo alcanzado no fuera el esperado, lo que al final hicieron. Para España y Polonia, los calculos eran simples: rechazar la Constitución significaba obtener las modalidades de voto que esperaban. Para los recientes «integradores» Francia y Alemania, la situación era más complicada. Disgustados por los múltiples compromisos que tuvieron que realizar en el borrador de la Constitución sólo para satisfacer a los ingleses, parecen estar cada día más atraídos por otro tipo de «plan B» - una Europa de dos velocidades, con un «cuerpo integrador» constituido por Francia, Alemania y los países del Benelux, y los que se quejan como Polonia e Inglaterra dejado de lado.

Numerosas experiencias vividas a lo largo del año anterior les hizo reaccionar: el rechazo de parte de la Nueva Europa a apoyar su oposición a la guerra de Iraq, su ruptura con el Pacto de Crecimiento y Estabilidad, y la formación de una fuerza de Defensa Europea en la que se situaban los jugadores claves. La propuesta de una «Unión Franco-Alemana» fue en realidad un engaño, con Chirac jugando el papel del policía malo, declarando belicosamente que sería «un motor», «un ejemplo», y que permitiría a Europa «avanzar más rápido y mejor», y Schröder, jugando el papel del policía bueno, advirtiendo con mucha precaución que «no tenemos que desear [una Europa de dos velocidades] y de hecho no la deseábamos, pero será de toda forma la consecuencia lógica de un fracaso definitivo, que por supuesto no queremos».

Estos engaños pueden convertirse en amenazas, y las amenazas en acciones. Las negociaciones sobre la Constitución de Europa empiezan de nuevo en marzo de este año, pero el mayor peligro no sólo es el hecho de que España y Polonia sigan intransigentes sobre sus derechos de voto, sino que, aunque se logre un eventual compromiso, los fundadores de la Unión pierdan su esperanza de alcanzar la creación de la Europa que realmente desean: la que es a la vez amplia y profunda. Frente a la obligación de tomar una decisión, puede que prevalezca el concepto de un «cuerpo europeo», confortando a las naciones marginales en un complejo permanente de outsider.

Ahora mismo, la imagen pública de Europa ha sufrido daños incluso mayores. Aunque se logre un acuerdo el año que viene, la Constitución todavía necesita el apoyo del pueblo en muchos países antes de poder entrar en vigor. Los últimos meses sirvieron para debilitar el concenso cuidadosamente creado por la Convención; un sondeo de la semana pasada indica que menos de la mitad de los ciudadanos europeos lo vieron de manera positiva. Cuando intelectuales como Jürgen Habermas tenían la visión de unos europeos con un sentido de la identificación y de apropiación de la Constitución, las negociaciones prolongadas sirvieron en realidad para diluir cualquier sentido de «europeísmo», y confirmaron el hecho de que muchas naciones todavía consideran a Europa un medio para conseguir su propio interés nacional y no mucho más.