¿La democracia directa al alcance de un simple clic?

Artículo publicado el 20 de Julio de 2004
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 20 de Julio de 2004

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Ya se empieza a reclamar el voto electrónico para paliar las bajas tasas de participación electoral. Buena idea, pero mala respuesta.

El voto por Internet: un tema que presenta incógnitas. A menudo se piensa que las respuestas son de orden técnico. Algunos dicen –no sin cierta cordura- que tal proyecto es irrealizable. Otros, con pretextos y argumentos técnicos, no desean sino desacreditar un medio que pudiera revigorizar la participación política, en concreto la elección de las élites dirigentes mediante el voto de la ciudadanía.

A día de hoy, todos nos sentimos insuficientemente preparados para votar a través de la web desde nuestro domicilio. Resultaría, pues, inútil o incluso aberrante pedirle a los electores que se desplazaran fuera de su domicilio para votar por este método. Regresaríamos a la situación del voto secreto en la cabina.

La solución técnica emanará del progreso... técnico

No obstante, en lo tocante a los medios, si tomamos en consideración las familias de los países democráticos con economía de mercado, sorprende la escasez de hogares equipados con televisores durante los años 50’ y 60’ respecto a hoy. Si el problema sólo es técnico, la solución emanará del progreso técnico en sí y de la “democratización”, económicamente hablando, de la herramienta Internet. El error, en cambio, consistiría en creer, o en fingir que se cree que nos hallamos ante una cuestión de exclusivo orden técnico. Reducir una herramienta de democracia a tal problemática, que no deja de tener su justificación en el plano material, puede resultar perjudicial para una comunidad política. Así, si los poderes públicos se arrogan los recursos, a medio plazo, como sucede para las declaraciones de impuestos u otras gestiones administrativas, tarde o temprano votaremos a través de la Web.

Una «selección natural» de los ciudadanos

La cuestión de fondo, que presupone aquella otra más material del equipamiento en medios informáticos, es antes bien la de la «selección natural» por parte de los ciudadanos con iniciativa de voto. En efecto, toda tentativa de innovación en los modos de participación democrática es susceptible de ser frenada. No son tanto los propios ciudadanos, a pesar de las realidades sociológicas que conciernen la utilización y dominio de la herramienta Internet, sino las élites económicas y políticas las que manifiestan más resistencia en este asunto. De hecho, las más viejas generaciones, poco familiarizadas con las tecnologías y muy aisladas, son las «víctimas» de esta «escasez tecnológica». Tal «selección natural» impide al conjunto potencial de ciudadanos el votar; su interacción varía según el contexto y la época, pero subsiste de modo casi sistemático. Los analfabetos, los más aislados en el plano intelectual y material que podamos concebir, ante la ausencia de referencias informativas, se verán de hecho excluidos del voto. Para estos individuos, el voto por Internet no es una cuestión política primordial, en la medida en que su derecho al sufragio dejaría de ser efectivo.

La acción colectiva se cultiva…

El voto por Internet no creará una democracia a dos velocidades. Nuestro moderno sistema político ya la ha engendrado. Esta situación de hecho viene dada a menudo por la miseria social, a pesar de que tuviera que provocar más bien un mayor grado de compromiso social. ¡No, «las acciones comunicativas», «las acciones colectivas» dentro de un mismo espacio político común son algo que o se inculca o nada se logra! El espíritu democrático se halla sin duda sumergido en un universo privado omnipresente en el que se rinde culto exclusivo a la economía de mercado y al individualismo a ultranza, no dejando apenas espacio a la esfera pública de acción, espacio de participación de la ciudadanía en la que reinaría la universalidad y la pluralidad a un mismo tiempo, retomando las palabras de Hannah Arendt.

El debate, desde que surge el problema del voto por Internet, exige la apertura del debate de fondo sobre la participación de la comunidad política. Hoy por hoy, el voto parece reducirse a una moneda de cambio necesaria a las élites políticas y sus partidos. No se percibe como el verdadero poder político por definición. En teoría, parece que el poder sólo incumbiera a un sector invariable de ciudadanos que no se renueva sino escasamente. Las manifestaciones, el «voto-protesta», el voto «anti-mayoría» no gozan apenas de repercusión. De ahí el desentendimiento de los electores hacia el «juego de conquista del poder representativo» que se desarrolla ante sus ojos, a pesar de que les vaya tanto en ello.

un viejo reto político… siempre de actualidad

Voto por Internet o papeleta en la urna… Quizás no sea esta la cuestión, sino que resida en el futuro de los modos de participación política. Una democracia directa a lo Rousseau no verá nunca el día. Sin embargo, se podría, gracias a Internet, insuflar mecanismos de «de democracia directa» en nuestro sistema a falta de referencias democráticas. Anotemos que, frente a las primeras repúblicas de la Antigüedad o italianas como la de Florencia, los experimentos sesudos escasean. La «república de los expertos» tan bien pregonada por los Padres fundadores norteamericanos como Madison o Hamilton en 1787 fue despreciada por Rousseau, su contemporáneo, por no poder ser dirigida sino por dioses. En la Europa del mañana, esperemos que Internet acerque a los ciudadanos al Olimpo.