La democracia ucraniana habla turco en Yalta

Artículo publicado el 7 de Enero de 2005
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Artículo publicado el 7 de Enero de 2005

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Viaje entre los tártaros de Ucrania, minoría deportada por Stalin y aún discriminada. A quienes ahora, después de haberlo apoyado, teme Yushenko, líder de la revolución naranja.

En Kiev se festeja y se brinda todavía tras la victoria de Yushenko y la salida de los primeros observadores internacionales. En otros lugares de Ucrania, la situación sigue siendo aún muy tensa. En Simferopol, Crimea, los partidarios de Yushenko hablan turco y no alcanzan a ser más del 20% de la población local. Son los descendientes tártaros de Crimea, quienes fueron deportados por Stalin en 1944 -en un sólo día- hacia las repúblicas de Asia Central (en especial Uzbekistán). El 46% de la población murió en el curso de la deportación. Para entender la magnitud de esos actos, hay que saber que el purgador profesional, Lavrenty Beria -que acumuló una cierta experiencia en el campo del genocidio durante los años treinta- embarcó en una “cafetera” a todos aquellos indeseables para el trabajo ahogándolos en lo más profundo del mar de Azov. Tampoco Krushev permitió a los tártaros su vuelta a Crimea y el restablecimiento de una república autónoma, por lo que la diáspora tártara ha perdurado dispersa entre la estepa hasta 1991, recuperando con la caída del comunismo el “terreno perdido” en una Crimea en la que los tártaros ya sólo representan menos de 300.000 habitantes de los 2 millones de la región.

Crimea: los comunistas se marchan, pero los rusos no

Hoy en día, en Simferopol, Sebastopol, Yalta y su entorno, el 80% de la población es rusófona y mucho más pro-rusa que ucraniana. Ante las banderas naranjas de los tártaros en la plaza central de Simferopol (capital de la región) se alzaba oponente una enyesada estatua de Lenin y la bandera tricolor de la "madre Rusia": de banderas ucranianas ni sombra. Los rusos están por doquier cuando se les necesita. En la base naval de Sebastopol las fuerzas militares rusas disponen de una decena de emplazamientos extraterritoriales en el interior para que en Crimea no haya puerta que no pueda ser traspasada, ni acciones que no puedan ser cumplidas por las fuerzas especiales y de inteligencia del Kremlin.

Desde 1991, los tártaros -sin ninguna veleidad secesionista- se han batido para defender su lengua turcófona y proteger un islam moderado con infiltraciones wahabitas que Moscú y Kiev han instrumentalizado rápidamente, favoreciéndolas con cinismo. Han llevado el caso a la escena internacional adhiriéndose a UNPO, una organización no gubernamental que representa a los pueblos no representados; también han denunciado la continuidad del sistema Kuchma, el ya ex-presidente ucraniano, con la “escasa ayuda” de las típicas minorías ex-Soviéticas.

Yushenko como Gorbachov: pesadilla de tártaros

Para ellos, Yushenko era una elección obligatoria, y tras las elecciones del 26 de diciembre, Nadir Bekir, miembro del autogobierno tártaro desde 1991, teme que el héroe naranja se transforme en Gorbachov: “Hoy en día, cuando Occidente considera a Yushenko como vencedor del reformismo ucraniano –declara Bekir-, ¿quién nos escuchará si continúa la política de siempre, de discriminación en las confrontaciones tártaras?”. Todos temen la coartada perfecta para la denominada comunidad internacional: “¡Ahí tenéis ahora a Yushenko!”.

El riesgo es que los acuerdos post electorales entre nuevas y viejas potencias descafeínen la potencial renovación que los ciudadanos ucranios han llamado “revolución”. Aunque los 12.000 observadores internacionales vuelvan a sus casas estaría bien no dejar de mirar hacia Ucrania y considerar casos como el de los tártaros para las promesas de reformas para el nuevo curso. Hay que evitar que Yushenko se transforme en Gorbachov o en Yeltsin, y que Ucrania, tras las apariencias, no cambie en nada.