¿La democratización como política exterior europea, pretexto o realidad?

Artículo publicado el 26 de Enero de 2003
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Artículo publicado el 26 de Enero de 2003

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¿La principal influencia de Europa sobre la escena internacional no sería al final su extraordinaria capacidad para suscitar procesos de democratización? Es la pregunta que uno se puede hacer frente a la ausencia, todavía tan destacable, de una verdadera política exterior europea. Pero debemos seguramente ver lo que se esconde tras la retórica de la democratización.

Transición y democracia

Algunos hechos son difícilmente contestables: la mayoría de las supuestas democracias populares son hoy, verdaderas democracias y podemos estimar que sus vecinos, con algunas excepciones, también están en camino de serlo. La mayoría de la población de estos países, si nos referimos a los sucesivos sondeos, tienen una imagen extremadamente positiva de la Unión Europea; y las organizaciones europeas tales como la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) y los programas de desarrollo financiados directamente por la Unión Europea (como los programas TACIS o CARDS) son seguramente unas de las razones a este entusiasmo. La fecha límite del 2004 conlleva varios problemas que ensucian seriamente esta imagen optimista. En efecto, la entrada de 10 nuevos países en la Unión Europea, podría hacerles sombra a los que se quedaron a fuera -la distancia entre los «ins» y los «outs» va a aumentar, con consecuencias, por ejemplo, en la zona de los Balcanes, entre otras. En efecto, aunque la mayoría de estos países sean parte del Pacto de Estabilidad para la Europa del Sur-Este y que un número importante de créditos sean invertidos en la región de los Balcanes, el aumento de las desigualdades entre los países que eran a veces miembros de la misma federación (Eslovenia, que se integrará en la Unión en el 2004 y Macedonia que se quedará seguramente todavía mucho tiempo fuera, eran las dos repúblicas yugoslavas) va a alimentar las tensiones. El riesgo que comporta esta situación es que los « outs » se transforman en los olvidados de la ampliación, volviéndose la periferia de la periferia de la Unión Europa. Para los Balcanes, en todos casos, es evidente que el interés suscitado en los años 1991-1995 por la guerra entre Bosnia, Croacia y la Federación Yugoslava, y luego en 1998-2000 (problema de Kosovo, caída de Milosevic) fue desviado hacia otras zonas de conflicto, sin por lo tanto resolver ciertas cuestiones cruciales para su futuro.

Los olvidados de la democratización

Si tomamos el ejemplo de Bosnia-Herzegovina, nos referimos directamente a los límites de la influencia democratizadora. Vimos, durante las últimas elecciones, las primeras organizadas por el mismo país desde la guerra, que la institución transicional de la ONU, OSCE y el conjunto de agencias gubernamentales y no gubernamentales europeas, no lograron impedir un voto radicalmente nacionalista, tanto del lado croata como del lado bosnio. De la misma manera, la cuestión no resuelta de Kosovo es un problema, y aunque el partido de Ibrahim Rugova haya ganado con gran éxito las elecciones, es difícil comprender la situación crítica de Macedonia sin reparar en las incapacidades, por parte de los funcionarios de la UNMIK, para acabar con el tráfico de armas y de droga y para no contagiar a sus vecinos con problemas de prostitución. En lo que se refiere a estas cuestiones, hay que reconocer que el Pacto de Estabilidad no trajo hasta ahora respuestas satisfactorias. Un último ejemplo podría ser el de Turquía: la democratización de Turquía tiene bases flojas. Aunque no tiene sentido calificar a Turquía como una no democracia a nivel mundial, a nivel europeo le queda todavía muchas reformas que emprender, especialmente en el campo de los derechos de las minorías y la libertad de prensa. Con solo leer el informe de Human Rights Watch (HRW), uno se convence de esto, y no son los anuncios publicitarios de estos últimos meses (abolición de la pena de muerte y derechos ampliados para las minorías lingüísticas kurdas) algo que cambiase el panorama en la realidad. Después de haber puesto en evidencia estas situaciones bastantes críticas en lo que se refiere a la democratización y al respeto de los derechos humanos, podemos plantearnos ahora una pregunta más general, la de si estamos ante la ausencia de una verdadera política exterior europea, definida claramente por una línea política, una institución propia y un discurso oficial claro y preciso (y entonces la creencia más o menos difusa de que lo que hace la particularidad de la Unión Europea a escala internacional sería una especie de soft power, de poder de influencia difuso), o si con la construcción europea se generaría, por su funcionamiento propio, un fenómeno de desbordamiento (spill over) de los fenómenos de democratización. Esta última creencia ¿no sería la responsable de un conjunto de malentendidos nefastos? En resumen, creer o hacer creer (voluntariamente o por carencia institucional) que la política exterior de la UE es la promoción de la democracia, ¿no provocaría situaciones de confusión? Se pueden identificar por lo menos dos malentendidos.

Los malentendidos de la política exterior europea

Por un lado, lo que constituye probablemente el mayor malentendido de la ampliación, es la posición de Europa acerca de Turquía. ¿Qué pide Europa a Turquía? ¿Democratización? ¿Derechos humanos? ¿Economía de mercado viable? O no será que tiene miedo ver a un país laico, pero al 98% musulmán, tomar el lugar del segundo país de la Unión en población, y sobre todo, que se plantea el tema de la seguridad y estabilidad de manera profundamente distinta a la de los Europeos. Entonces, Turquía sigue siendo parte de una lógica de guerra fría, y que además se enorgullece de tener una de las armadas más potentes de la región, y de que es un aliado estratégico en el seno de la NATO; la Unión Europea mira más hacia los problemas de seguridad que son Chipre, el tema kurdo y la frontera con Irán e Irak: en ese contexto Turquía es vista como generadora de inestabilidad.

Otro malentendido concierne sobre todo a los candidatos a la ampliación en los Balcanes. Mientras la Unión Europea considera su misión en los países transicionales y en la ampliación de la Unión un retorno a los principios fundadores de Europa, es decir, paz y estabilidad política, la población de los países concernidos sólo ven las ventajas que podría darle su adhesión en términos económicos: la UE representa la prosperidad, el desarrollo de la economía y la mejora del nivel de vida. Macedonia, Croacia y Bosnia quisieran poder vivir como un europeo de un día para otro. Pero es justamente esta falsa esperanza algo que genera un cierto número de frustraciones que podrían ser más numerosas todavía. Este malentendido se ilustra también en la cuestión de la soberanía: si consideramos el caso de Eslovenia (la única que entrará en 2004 en la Unión), de Croacia, de Bosnia-Herzegovina y de Macedonia, su independencia es reciente y su relación con una nueva soberanía puede plantear problemas frente a las exigencias comunitarias, especialmente para la opinión publica. Además, los dirigentes no tendrán problemas para aprender de sus colegas europeos que la Unión Europea representa un excelente blanco utilizado para hacer aceptar reformas poco populares. Podríamos entonces preguntarnos para terminar, si todos estos elementos no conducen a pensar que Europa, incapaz de competir con los Estados Unidos en la década 1990, lleva hoy una política exterior escondiendo sus carencias políticas o sus intenciones reales detrás de un discurso de democratización sincera pero a menudo ineficaz. Democratización sí, pero no por todas partes y no siempre Estamos en nuestro derecho de esperar más.