La Esquizofrenia del metro de Moscú

Artículo publicado el 18 de Noviembre de 2013
Artículo publicado el 18 de Noviembre de 2013

En Moscú, Dios obra por senderos misteriosos. La ciudad ofrece amabilidad inesperada y castigo a partes iguales; te mantiene constantemente alerta. Ningún otro lugar plasma esta esquizofrenia mejor que el metro.

En Moscú, la vida cotidiana deprime, deleita, confunde. En esta ciudad de contrastes, los Ladas (marca soviética de automóvil, NdE) circulan junto a las Limusinas, el gris brutal de los bloques de hormigón resalta, orgulloso, junto a las preciosas cúpulas en forma de bulbo de las iglesias, lo que me hace cuestionar cómo la gente puede ser tan cruel y tan amable a la vez. Estos extremos opuestos resaltan especialmente en el metro, donde los mendigos hambrientos pululan por cavernas doradas.

Palacios para el proletariado

Stalin comenzó el proyecto del metro en 1932, prometiendo espectaculares estaciones que harían de “palacios subterráneos para el proletariado”. Los viajeros son bendecidos con candelabros, mosaicos, estatuas y vastos pasillos revestidos de bronce. El metro es digno de ver. Sin embargo, a juzgar por la hipnótica procesión de caras largas y exánimes que se divisan en las escaleras mecánicas, estos templos han dejado de ser una novedad. Su taciturnidad a veces es abrumadora. Aunque solía intentar animar a mis compañeros de viaje con cálidas sonrisas, o asintiendo con la cabeza como muestra de comprensión, lo cierto es que esto solo los hacía enfadar o los asustaba. Los pasajeros van empujando a otros pasajeros. Se tiran y se hacen daño sin pedir disculpas. El alma de la ciudad invade estos túneles mugrientos y arrasa con todo a su paso. A veces resulta tan atractiva que derramo lágrimas de deseo.

Como todos los grandes sistemas de metro, parece que el de Moscú está poblado de caricaturas. Consecuencia directa de la observación automática que lleva a cabo el cerebro en un lugar muy frecuentado. Hay tantas imágenes fugaces que asaltan los ojos que la mente sólo puede retener las más grotescas. Las visiones de furúnculos y marcas de nacimiento se propagan hasta quemar las retinas, dejando una sensación persistente de algo horrible.

La experiencia del metro acentúa los extremos de la emoción humana. Un destello de malos modales, un empujón o un ceño fruncido inspiran una explosión de furia. Un pedacito de ternura convierte mi corazón en una gelatina temblorosa. Siete millones de personas usan el metro cada día. Este maremoto de conciencia deja un residuo de rencor y éxtasis. Las emociones secretadas se aferran a los túneles e inquietan a los espíritus de los que vienen después. En este metro no existe la calma.

un dedo cortado

Durante la Segunda Guerra Mundial, la gente se escondía de las bombas aquí abajo, refugiados en sus extremidades temblorosas. Otros trabajadores murieron excavando estos túneles, viendo sus huesos aplastados por un desprendimiento de rocas. La gente ha cogido el metro para ir a bodas y funerales, a ascensos y despidos. Aquí abajo los moscovitas han leído a Pushkin, han luchado, han hecho el amor y han bebido hasta morir ¿Hay algo que no hayan presenciado estos muros?

Las puertas de la estación son una de las muestras más inexplicables de la naturaleza del pensamiento humano. Estas monstruosidades pesan 200 kilos y se abren solas girando sobre sus goznes. Se mueven tan rápido  y con tanta fuerza que tienes que cronometrar tu entrada para evitar un impacto brutal. Si una te golpea la cara, te haría trizas y probablemente morirías. En 2011 una chica perdió un dedo. Cuando hace viento, los ancianos, los niños y las personas pequeñas quedan atrapados dentro porque las puertas son demasiado pesadas para ellos.

En el resto de Europa, cuando entras al metro, metes el billete, las puertas se abren y pasas. En Moscú no hay puertas, solo huecos. Pero tienes que comprar un billete y meterlo, de otro modo se dispara un sensor que hace salir unas barras que te destrozan las piernas. Una vez vi cómo le pasó a un chico. Estuvo atrapado agonizando entre dos barras hasta que un guarda se acercó a liberarlo. La lógica es simple: tentar a la gente para que vaya por el mal camino para así poder castigarlos. Esta crueldad y este pesimismo pueden ser bastante infecciosos y me di cuenta de que había que hacer algo al respecto. En la Plaza de la Revolución (Ploshchad Revolutsii), los andenes están alineados con un extraño despliegue de estatuas de bronce. Un afortunado sabueso de bronce acapara especial atención. Los viajeros lo manosean al pasar porque da buena suerte. Frotan sus garras contra la nariz y las patas, por lo que estas partes están especialmente relucientes. En noviembre acaricié al perro y deseé una estancia más agradable en el metro. Mi deseo pronto se cumplió.

Los salvadores peludos

La primera vez que me encontré un shuba, que en ruso significa abrigo de piel, pensé que habían soltado un oso en el metro. Una enorme masa de pelo brillante se escabullía entre la multitud delante de mí hasta subirse al metro. Seguí su rastro y, cuando la criatura se giró, vi que no se trataba de un oso, sino que era un bonito abrigo de piel con una mujer refugiada en su interior. Los shubas pronto se reprodujeron y para diciembre, el metro de Moscú estaba lleno de ellos. Viajar en metro se convirtió en una sensual ceremonia.

Los shubas son las cosas más suaves que he tenido la suerte de tocar y en la hora punta hay muchas oportunidades de rozarlos. Cuando la gente se apretuja dentro del vagón, maniobro con cuidado para posicionarme junto a un shuba y disfrutar de su tacto sedoso. Dejar caer algo al suelo ofrece la oportunidad de restregar la cara de manera discreta shuba abajo por toda su longitud y de vuelta, shuba arriba. Pero lo más importante es que la aparición anual del shuba cambia la forma en la que la gente interactúa. Las famosas y crueles babushkas rusas (ancianas) se vuelven sorprendentemente dóciles en el momento en que se calan un abrigo de piel. No más abrirse paso a empujones ni apretujarse. No más gruñidos. Las masas amorfas chocan gentilmente y a nadie parece importarle.

En invierno los viajes en metro pasan sumidos en una neblina cálida y peluda. El peligro y el pesimismo siguen allí, pero son fáciles de ignorar cuando te sientes así de feliz.