¿La Europa de la defensa, primera víctima de la crisis irakí?

Artículo publicado el 15 de Julio de 2003
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Artículo publicado el 15 de Julio de 2003

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Tras unos progresos espectaculares, la PESD parece estar marcando un compás de espera. Frente a la desunión europea provocada por la guerra Irakí, sólo la aparición de una cultura europea de defensa logrará sacar del atasco a la Europa de la defensa.

El reconocimiento por parte de los Estados miembro de la legitimidad de la Unión Europea (UE) para alcanzar la cooperación en materia de defensa constituye por sí sólo una revolución en las mentalidades, especialmente en países neutros como Irlanda, o en países muy solidarizados dentro de la Alianza Atlántica como es el caso de los Países Bajos.

No obstante, la PESD se ha desarrollado desde sus orígenes sobre la base de una ambigüedad fundamental que ha estallado en brazos de todos con ocasión de la crisis en Irak: la de las relaciones entre la UE y la OTAN. Francia y el Reino Unido, instigadores del renacer de la cuestión de la PESD con la declaración de Saint-Malo, ocupan posturas radicalmente diferentes en este punto: para Londres, la defensa europea no puede concebirse fuera del marco de la OTAN, en cambio, Paris no esconde su predilección por una defensa europea autónoma con respecto de la Alianza Atlántica. Si bien las divergencias se han visto aparcadas hasta ahora, este ejemplo demuestra que no existe una comunidad de opiniones sobre los fines de la PESD a medio o a largo plazo.

La cuestión de la existencia de una cultura de la seguridad y de su papel en el éxito de la PESD ya se encuentra planteada. Una cultura securitaria común implica no sólo la desaparición progresiva de las divergencias más clamorosas entre los Estados miembro, sino también una socialización creciente del personal militar y diplomático, así como la adopción de un verdadero concepto estratégico y un acuerdo acerca del modelo de instrumento militar del que se quiere dotar la Unión. Sin una base tal, la PESD estará abocada al fracaso.

Una cultura europea de intervención

Jolyon Howorth, investigador del instituto europeo para la seguridad, ha tratado de definir recientemente las grandes pautas de un acercamiento en política de seguridad que pueda servir como fundamento para una “cultura de intervención” europea. Esta postura descansa sobre varios e importantes principios como el respeto de las reglas de derecho internacional, el respeto de las instituciones internacionales, la defensa del multilateralismo y una combinación de instrumentos civiles y militares que anteponga todo lo posible los primeros a estos últimos (1). Para Robert Kagan, investigador estadounidense neoconservador, estas opciones son el corolario de una estrategia dirigida del débil al fuerte, fruto del reparto desigual del poderío militar entre las dos riberas del Atlántico, conllevando una visión diferente acerca del interés nacional (2).

Valores que se asimilan a un rechazo de los principios realistas que coloca el poder militar como instrumento privilegiado de la política exterior. Si por una parte esta opción europea tiende a privilegiar el soft power tan querido por Joseph Nye, implica también por otra parte, y he aquí la novedad, la utilización de elementos de hard power como lo es la utilización de la fuerza de reacción rápida. No en vano se ocupará, dentro de la gestión civil de las crisis, de tareas como la ayuda al desarrollo, los incentivos comerciales o la ayuda a la reconstrucción, y favorecerá la prevención de conflictos. Esta visión europea de las relaciones internacionales representa la base de una cultura de seguridad.

La aparición de una cultura securitaria se aprovecha igualmente de los efectos de la puesta en marcha de una estructura institucional propia de la PESD. La primera tarea a la que se han comprometido los gobiernos de los Estados miembro ha sdo la de poner en pie un mecanismo institucional propio para la PESD, tal y como se previó en la cumbre europea de Niza. Estas nuevas estructuras europeas, inéditas hasta entonces en materia de defensa, representan la oportunidad para los Estados miembro de aprender a trabajar juntos en cuestiones relativas a política exterior de la Unión y contribuyen a la creación de un sentimiento de comunidad de intereses. Los funcionarios apostados en Bruselas desarrollan la postura de la PESD en el sentido de un refuerzo aún más pronunciado en la cooperación europea en materia de defensa. Estas preferencias son la resulta de una socialización en camino en el seno de estas estructuras, presentando todas un grado creciente de institucionalización. Esta institucionalización se mide especialmente por la puesta a disposición de un equipo de personas adecuado y de locales separados, así como por la capacidad de estas estructuras para organizar sus trabajos y su organización interna según sus necesidades.

¿Irak, un golpe fatal para la PESD?

Existen hoy condiciones favorables para la aparición de una cultura securitaria europea. Pero esta choca contra los efectos de la crisi irakí. Al alinearse con la postura estadounidense por encima del mandato de Naciones Unidas con el fin de intevenir en Irak, varios Estados miembro y países candidato han cuestionado claramente el cimiento sobre el cual podía descansar una cultura securitaria europea. Ahora bien, el respeto del derecho, de las instituciones internacionales y del multilateralismo se encuentra precisamente entre los principales elementos dentro de la postura securitaria europea. La situación aparece tanto más delicada por cuanto que los Estados concernidos están entre los más implicados en el relanzamiento del concepto de una defensa europea común. En efecto, el Reino Unido se encontraba en el origen del proceso desde la declaración franco-británica de Saint Malo, y España forma parte de varios proyectos de cooperación, importantes en materia de armamento.

La crisis irakí deja igualmente al descubierto el problema crucial de las relaciones transatlánticas. Francia quiere poner en marcha una PESD para conferirle a la Unión una autonomía estratégica con respecto de los Estados Unidos, mientras que el Reino Unido concibe claramente la PESD como un medio para reforzar la rama europea de la Alianza Atlántica. Esta ambigüedad original no resiste a la crisis irakí. El Reino Unido ha demostrado su apego primordial a la solidaridad para con los Estados Unidos, mientras que Francia actúa conforme a su tradición de “aliado autónomo”. ¿Cómo logrará la PESD desarrollarse en el futuro en un clima de cooperación serena con la OTAN? Francia es uno de los países líderes en cuanto a iniciativa dentro de la Europa de la defensa, apareciendo hoy por hoy en desacuerdo con su principal socio en esta materia, el Reino Unido. La Europa de la defensa no puede sino salir perdiendo de un enfrentamiento entre las dos principales potencias militares de la Unión.

Desnudando las contradicciones en el seno del proyecto de la PESD, la crisis irakí puede operar como detonador, como ya lo hizo la guerra de Kosovo provocando una toma de conciencia acerca de la necesidad de un reequilibrio entre los Estados Unidos y la UE en el terreno de la defensa. Esta crisis debe igualmente llevar a los Estados miembro a la evidencia de la urgencia de un concepto estratégico. Una reflexión llevada a lo profundo debe intervenir a propósito de la PESD en lugar de confinar los debates dentro de la mecánica institucional.

Los Estados miembro se encuentran ahora frente a su responsabilidad respecto de la PESD. La crisis irakí tiene la ventaja de poner al día la flagrante ausencia de una visión a largo plazo en cuanro a la Europa de la defensa. En el caso de que los Estados miembro desearan aprovechar los avances realizados desde 1998, sería necesario un salto cualitativo, y esto pasa por una reflexión sobre los objetivos a largo plazo de la PESD. De la capacidad de construir una ultura securitaria, cuyos cimientos existen pero se encuentran hoy a punto de ceder, depende el futuro de la UE como actor en las relaciones internacionales.

(1) Jolyon HOWORTH, « The CESDP and the forging of a European security culture ?», Política Europea, n° 8, otoño 2002, p. 104.

(2) Robert KAGAN, « Poder y debilidad », Comentario, n°99, otoño 2002.