La Europa post-referendo: el olvido de una causa común

Artículo publicado el 29 de Mayo de 2006
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Artículo publicado el 29 de Mayo de 2006

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Un año después del “No” francés y holandés, los dirigentes políticos no saben cómo volver a impulsar la integración. En cuanto a los partidarios del “No”, presentan dificultades en concretar esa Europa opuesta al neoliberalismo que tanto desean.

¿Y si esta avería no tuviera nada que ver con el Tratado Constitucional Europeo (TCE) y fuera el síntoma de un mal más profundo? Un síntoma de ausencia de visiones, de la disolución del proyecto europeo. Creer que este último se limitaba al “mercado común” es confundir con toda evidencia el instrumento con la finalidad. Pensar que el espacio de prosperidad compartida que es en la actualidad la Unión Europea baste para movilizar a pueblos enteros formados por la Historia es una pura ilusión. Ciertamente, tal espacio es un logro sin precedentes, pero en la perspectiva de la Historia no es más que un logro frágil si no logra ser el espacio de un proyecto colectivo compartido.

El motor del proyecto inicial europeo de los años cincuenta era doble: voluntad de paz entre los europeos y voluntad, en el contexto de la guerra fría, de construir en Europa occidental un modelo social más eficaz frente al modelo soviético impuesto en Europa del este.

Motores averiados

Con la caída del muro de Berlín en 1989 y los acontecimientos de principios de los noventa, se hizo evidente que ambos motores no serían ya los ejes pertinentes en los que sustentar la construcción comunitaria. El “modelo social de Europa occidental”, basado en la conjunción de mecanismos de mercado y en las exigencias de solidaridad y de igualdad, ya no tenía en frente al comunismo, sino al liberalismo económicamente exitoso pero aguzador de las desigualdades y disolvente de la solidaridad. Se ha impuesto por defecto como Vulgata social. Desde entonces, el tratado constitucional no se ha considerado como un compromiso aceptable entre los partidarios de una Europa liberal o social, por una parte de la opinión pública que, por lo demás, es favorable a la Unión.

En cuanto a la paz, nadie en los años noventa podía imaginarse ya otra guerra entre Francia y Alemania. Ahora bien, la incapacidad de la Unión europea de impedir las masacres en la ex Yugoslavia o de apoyar el proceso de paz en un Oriente Próximo tan íntimamente ligado a la Historia del continente, han evidenciado al falta de voluntad europea y la ausencia de causas comunes.

La Europa de abajo

Más allá de la Constitución, ¿puede volver a tomar vuelo la dinámica europea? La adhesión pasiva pero real de la mayoría de los europeos al espacio común es uno de los puntos de partida de este nuevo despegue. Esta adhesión no nacerá mediante un blando consenso, sino mediante el disenso, durante debates europeos contradictorios. Los mejores enemigos de la Europa del mañana son hoy quienes inscriben a Europa dentro del esquema de la “guerra de civilizaciones” como el primer ministro danés Anders Fogh Rasmussen, la ministra holandesa de integración Rita Verdonck, o incluso a veces un Nicolas Sarkozy. Estos y otros halagan de hecho a los demonios nacionalistas y xenófobos en el origen de las catástrofes europeas de los últimos siglos.

La dinámica, política, social, cultural de la nueva fase de la integración europea –en el caso en que deba desarrollarse- se hará entre quienes disientan. Ya se está construyendo, desde abajo, parcialmente, por ejemplo en los Foros Sociales Europeos (FSE), aunque en ellos también se manifiesten fuerzas euroescépticas.