La forja del 'yo' mediante el idioma

Artículo publicado el 28 de Abril de 2014
Artículo publicado el 28 de Abril de 2014

Cuando hice las maletas y partí hacia Madrid, lo hice con miedo. Llevaba varios años sin hablar español y sabía que el idioma y la comunicación estaban a punto de cambiar. Naturalmente, el idioma es importante para moldear la identidad, por lo que era como una representación de mí mismo: esa persona que gradualmente había llegado a conocer y amar estaba a punto de cambiar y distorsionarse ante mí.

Tras re­vol­ver los pol­vo­rien­tos rin­co­nes de mi me­mo­ria en busca del es­pa­ñol que aún re­cor­da­ba, me topé con dos ver­bos bas­tan­te co­mu­nes y úti­les: "tengo que" y "puedo". Estos ha­brían de ser los dos pi­la­res de diá­lo­go sobre los que sus­ten­ta­ría mis con­ver­sa­cio­nes, o, por de­cir­lo de otra ma­ne­ra, los hue­vos con los que pre­pa­raría mi tor­ti­lla. A con­ti­nua­ción, desa­rro­llé casi una nueva forma de arte en la cons­truc­ción de fra­ses que las in­clu­ye­ran. Si que­ría beber algo, decía: "¿Puedo beber algo?"; si que­ría ir con al­guien a ver una ex­po­si­ción: "¿Puedo ir a ver la ex­po­si­ción con­ti­go?". Este tipo de for­ma­cio­nes pa­re­cían ser re­fle­jo de poca con­fian­za, a me­nu­do ne­ce­si­ta­ban que una fuen­te ex­ter­na con­fi­ma­ra si mis ac­cio­nes eran acep­ta­bles. La ex­pre­sión com­pa­si­va con que me con­tem­pla­ban era más apro­pia­da para un hom­bre atra­ve­san­do una cri­sis per­so­nal.

Dos iden­ti­da­des di­fe­ren­tes

Por otra parte, si iba a ha­blar de una ac­ción fu­tu­ra, siem­pre era algo que "tenía que hacer".

– ¿Este fin de se­ma­na? Oh, tengo que jugar al tenis.

 ¿Y des­pués de eso? 

Tengo que ir a beber con un amigo.

No­ta­ba la preo­cu­pa­ción que re­fle­ja­ban sus ros­tros. ¿Quién obli­ga­ba a este pobre in­glés a hacer todas esas cosas? ¿Acaso no puede ele­gir sus pro­pios actos sin la am­bi­gua ame­na­za de esta com­pul­sión de ho­ra­rios que pen­den sobre su ca­be­za? Vis­lum­bré mi pro­pio re­fle­jo y me en­tris­te­ció esa vi­sión de un per­so­na­je a punto de des­mo­ro­nar­se, ha­bi­ta­do por dos iden­ti­da­des di­fe­ren­tes, de­pen­dien­do de qué verbo era el más apro­pia­do. Nin­gu­na de ellas me gus­ta­ba es­pe­cial­men­te.

Ne­ce­si­ta­ba un cam­bio y las ex­pre­sio­nes idio­má­ti­cas pa­re­cían ser la res­pues­ta. Cual­quie­ra te dirá que el mayor pla­cer de un pro­fe­sor de idio­mas es cuan­do a uno de sus alum­nos le sale sola una de estas ex­pre­sio­nes. Qui­zás mis com­pa­ñe­ros y ami­gos es­ta­rían igual de en­can­ta­dos con las mías. Apren­dí tres que po­dría re­ci­clar fá­cil­men­te:

  • "Como perro en ba­rrio ajeno".
  • "Borracho como una cuba".
  • "Ar­mar­se una gorda".

Me pa­re­cía que lo bo­ni­to era que, si tenía una noche mo­vi­da, podía sol­tar las tres en la misma con­ver­sa­ción, en un des­lum­bran­te alar­de de co­lo­quia­lis­mo. Al prin­ci­pio, em­pe­cé a de­jar­las caer en la con­ver­sa­ción de ma­ne­ra sutil y a me­nu­do me en­con­tra­ba con una ex­pre­sión de des­con­cier­to. Esto lo acha­qué a mi fuer­te acen­to, qui­zás no me en­ten­dían co­rrec­ta­men­te. Pron­to em­pe­cé meter con cal­za­dor una o dos en cada con­ver­sa­ción. Mien­tras mi in­ter­lo­cu­tor ha­bla­ba, mi mente se es­for­za­ba de­ses­pe­ra­da­men­te por elu­cu­brar una res­pues­ta que de al­gu­na ma­ne­ra in­clu­ye­ra una bo­rra­che­ra o un fo­llón. Sin sa­ber­lo, es­ta­ba ma­te­ria­li­zan­do el es­te­reo­ti­po in­glés del hoo­li­gan. Y lo que es peor, pron­to me en­te­ré de que esas ex­pre­sio­nes no eran ni si­quie­ra es­pa­ño­las: eran sud­ame­ri­ca­nas. A pesar de mis me­jo­res in­ten­cio­nes, aquí es­ta­ba, su­mi­do en un ciclo tu­mul­tuo­so, siem­pre alar­de­na­do de bo­rra­che­ras y pe­leas con ex­pre­sio­nes que ni si­quie­ra eran muy co­no­ci­das. Des­pués llegó la so­le­dad.

Du­ran­te un tiem­po, me re­fu­gié en mi ca­pa­ra­zón mien­tras in­ten­ta­ba des­te­rrar estas imá­ge­nes ne­ga­ti­vas. Aun­que el si­len­cio a me­nu­do se aso­cia a la ti­mi­dez, yo lo veía como una opor­ti­dad. En in­glés, las pa­la­bras a me­nu­do me salen a bor­bo­to­nes, como si es­tu­vie­ran im­pul­sa­das por unas ganas de­ses­pe­ra­das de sol­tar las mu­le­tas y vol­ver a ga­nar­me la li­be­ra­ción y la acep­ta­ción del mundo ex­te­rior. Mi len­gua os­ten­ta su pro­pia au­to­no­mía. En es­pa­ñol, sin em­bar­go, pude dar un paso atrás y re­eva­luar mi en­fo­que. Antes era un hom­bre de mu­chas pa­la­bras des­per­di­cia­das, ahora me pro­pu­se ser un hom­bre de pocas y sa­bias pa­la­bras. El punto de in­fle­xión llegó, como suele pasar, en Na­vi­da­des.

Du­ran­te una co­mi­da en un res­tau­ran­te, me pi­die­ron que di­je­ra unas pocas pa­la­bras. Des­pués de haber to­ma­do va­rias cer­ve­zas, un poco achis­pa­do y con an­sie­dad, me puse en pie de­lan­te de una mul­ti­tud de com­pa­ñe­ros de tra­ba­jo na­ti­vos. No es que es­tu­vie­ran cla­man­do pero pa­re­cían ex­pec­tan­tes por lo menos. En vez de ha­blar sin parar como po­dría hacer en in­glés, ins­pi­ré pro­fun­da­men­te y pres­té la de­bi­da aten­ción a cada pa­la­bra.

“Me sien­to bien. La co­mi­da está ca­lien­te y las cer­ve­zas son gra­tis. ¡Vamos a ce­le­brar­lo!”

Un dis­cur­so corto, hay que re­co­no­cer­lo, pero fue re­ci­bi­do con ca­li­dez. Tomé asien­to y lle­gué a una in­ne­ga­ble con­clu­sión. Esta noche, la sim­pli­ci­dad sería mi sal­va­do­ra.

Los idio­mas son como la pér­ti­ga de limbo en una fies­ta

Así,  llegó la crea­ción de un yo que puedo to­le­rar. Una com­bia­ción de pa­la­bras cui­da­do­sa­men­te es­co­gi­das, pau­sas más lar­gas de lo nor­mal y mi­ra­das nos­tál­gi­cas y elo­cuen­tes. Un hom­bre fi­lo­só­fi­co y pen­sa­ti­vo, un hom­bre que dice lo que pien­sa y pien­sa lo que dice. A me­nu­do ni si­quie­ra tengo que com­ple­tar las ora­cio­nes. Puedo em­pe­zar a ex­pre­sar tran­qui­la­men­te mis sen­ti­mien­tos res­pec­to a algo y justo cuan­do llego al clí­max, em­pie­zo a bus­car la pa­la­bra apro­pia­da. Antes de que la es­pe­ra se vuel­va in­có­mo­da, mi amigo ter­mi­na la frase con una pa­la­bra que a menudo me cuesta reconocer y una mi­ra­da de en­tu­sias­mo. “Exac­ta­men­te”, pro­cla­mo. Somos como dos almas en la misma lon­gi­tud de onda.

Si el idio­ma es una ba­rre­ra, se alza como la pér­ti­ga del limbo en una fies­ta. Es di­fí­cil, un reto, con la po­si­bi­li­dad nada des­de­ña­ble de que­dar como un tonto. Sin em­bar­go, pue­des va­ler­te de la agi­li­dad para evi­tar­lo. Mi idio­ma se forja y se dobla igual que lo haría tu cuer­po bajo esa pér­ti­ga a ras de suelo. Nadie grita "a ver cuán­to pue­des do­blar­te" y, por lo ge­ne­ral,  nadie te anima al final de una frase. Lo que ambas cosas tie­nen en común es la sa­tis­fac­ción que se sien­te al adap­tar­se. Puede que mi yo in­glés no re­co­no­cie­ra a mi yo es­pa­ñol, pero es ne­ce­sa­rio evi­tar el sui­ci­dio se­mán­ti­co y re­crear un per­so­na­je como parte del pro­ce­so de asi­mi­la­ción.