La generación sin fronteras: Schengen tras los atentados de París

Artículo publicado el 20 de Noviembre de 2015
Artículo publicado el 20 de Noviembre de 2015

Los recientes atentados en París no han hecho más que sembrar dudas sobre el futuro del acuerdo Schengen. Donald Tusk, Presidente del Consejo Europeo, ha remarcado la necesidad de salvaguardar el proyecto de la zona como una especie de "carrera contrarreloj". En una época en la que día a día se intensifican los controles fronterizos en todo el continente, no podemos pasar por alto sus ventajas.

Con 23 años, puedo decir que he tenido la fortuna de no haberme encontrado con demasiados problemas en las fronteras. La suerte de haber nacido donde lo hice, hace que me sienta dentro de un grupo de privilegiados que han ganado la lotería de los pasaportes, como ciudadanos de una Unión Europea, que cuenta entre sus principios con el de la libre circulación de personas y trabajadores. Pertenezco a una joven generación que ha crecido en el territorio de la Unión y para quienes las fronteras comunitarias no suponen ningún obstáculo.

Como consecuencia de los trágicos acontecimientos de la semana pasada en la capital francesa, se reabrió el debate internacional acerca del problema fronterizo en Europa, algo que ya se estaba tratando como consecuencia de la crisis de los refugiados. Una de las primeras medidas tomadas por el presidente francés, François Hollande, tras los atentados, fue precisamente reinstaurar el control de pasaportes en la frontera francesa, al tiempo que reclamaba un refuerzo de las medidas de seguridad en todo el territorio europeo. En lugar de publicar imágenes del horror vivido en París, muchos diarios británicos eligieron para sus portadas las fotos de los autores de la masacre o hicieron referencia a la necesidad de fortalecer los controles fronterizos, en las que se destacaban en algunos casos las relaciones existentes entre los terroristas y la ruta seguida por los refugiados sirios.

En cualquer caso y como siempre ocurre, siempre hay un doble punto de vista: Por un lado, se encuentran quienes reclaman un esfuerzo solidario, tanto dentro como fuera de Europa, para reaccionar adecuadamente frente a los atentados. En este sentido, el Presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, dijo en su discurso pronunciado tras los ataques terroristas del 13 de noviembre: "Si los 28 miembros de la Unión Europea permanecen unidos, seremos fuertes; divididos, somos débiles". Esa postura no es, sin embargo, unánimemente aceptada, puesto que ya antes de los atentados de París, algunos estados de la zona Schengen, como Hungría, Eslovenia, Alemania, Austria y Suecia, habían reforzado sus fronteras y establecido controles de seguridad. 

Es precisamente este tipo de división y de miedo lo que el terrorismo trata de promover. La zona Schengen garantiza la protección de los derechos de todos los ciudadanos de la Unión, el derecho a una vivienda, a un trabajo y a una familia. Quienes abogan por una intensificación de los controles fronterizos, apelan al mismo tiempo a una reducción de sus propios derechos, unos derechos de cuya fragilidad serán conscientes cuando se vean afectados.

Como ciudadano británico, los viajes al corazón de Schengen han marcado muchos momentos importantes de mi vida. Cuando era niño, y tras el divorcio de mis padres, éstos me llevaban de un sitio a otro en sus aventuras de reconciliación. A los 18 años, cumplí el ritual de todo adolescente europeo de viajar en Interrail, con el que atravesé siete países sin necesidad de sacar mi pasaporte. Hoy, vivo y trabajo en un país del que no soy ciudadano, sin haber tenido que pedir visado alguno. Nada de esto hubiese sido posible sin un espacio único de libre circulación.

Ahora bien, también sufrí mis primeros problemas fronterizos estando en la zona Schengen. Al volver de Berlín, una semana después de haberme casado, a mi mujer, que es americana, le impidieron la entrada en el Reino Unido en el aeropuerto de Heathrow. Hoy en día, y gracias a la política de inmigración europea, podemos vivir en Francia.

El problema de vivir en una era marcada por la libre circulación es que uno no piensa que le puedan afectar esos problemas. Es difícil hacerse una idea del alcance de las dificultades que puede acarrear la necesidad de tener que cruzar fronteras, cuando nunca has vivido una situación parecida, sobre todo cuando se trata de situaciones graves de peligro de muerte. Hoy puedo decir que al haber estado en París durante los trágicos acontecimientos del 13 de noviembre de 2015, y haber visto con mis propios ojos todos los homenajes y actos de solidaridad llegados desde cualquier punto del continente, no puedo sino expresar mi gratitud a las fronteras abiertas de Schengen. 

Utilizar las acciones de un grupo de individuos sin piedad para condenar un proyecto que ha logrado que toda una comunidad de jóvenes europeos sea más abierta, más sensible a la cultura, más tolerante y acogedora respecto de los que huyen de la opresión, significa seguirles el juego de los que se basan en la implantación de la abominable ideología del terror.

Desmontar la zona Schengen, aunque sea parcialmente, no podrá impedir nuevos ataques terroristas en Europa. Lo único que conseguirá será avivar el fuego del miedo y la intolerancia que alimenta la radicalización. Ese es precisamente el objetivo de quienes, en su agenda política, incluyen el hecho de tratar de vincular el tema de los refugiados a los acontecimientos de París. Ese es también uno de los objetivos del ISIS, como ha quedado demostrado con el hallazgo de un falso pasaporte sirio en el lugar de la masacre. 

La mayor parte de los terroristas que participaron en los atentados eran ciudadanos europeos. Pretender lo contrario, intimidar a la gente para que crea que el terror es un problema exterior, convencerles de que la idea de cerrar las fronteras europeas es lo mejor para garantizar su seguridad, no hace sino reforzar el discurso de los terroristas. 

Las fronteras abiertas en Europa y la libertad de circulación son un homenaje excepcional a los ideales de libertad, de inclusión y de igualdad, precisamente, los principios que el extremismo pretende aniquilar. Volver a los fríos y familiares lazos del nacionalismo y la soberanía supondría dar un paso atrás que no nos podemos permitir. No debemos consentir que los atentados terroristas destruyan lo que ya hemos conseguido.

Discurso de Martin Schulz,Presidente del Parlamento Europeo, tras los actos terroristas del 13 de noviembre de 2015 en París.