La generación soviética y la generación europea, cara a cara

Artículo publicado el 2 de Junio de 2017
Artículo publicado el 2 de Junio de 2017

Mayo es el mes de la independencia en Letonia. Una ocasión ideal para analizar un país que, en poco tiempo, ha cambiado la Unión Soviética por la Unión Europea.

El cuatro de mayo de 1990, Letonia se independizó de la Unión Soviética. Lo hacía por segunda vez, después del 18 de noviembre de 1918, la famosa guerra de independencia contra el secular dominio ruso. Después de haber estado casi un siglo bajo sometimiento ruso y alemán, hoy este país empieza a mostrarse como realmente es: joven, dinámico y asustado.

Letonia ha decidido cambiar una Unión por otra en poco tiempo. Antes se podía viajar a Rusia, Georgia, Lituania y a todos los países comunistas, ahora está el Schengen. Antes todos tenían casa y trabajo, ahora algunos tienen diez propiedades mientras otros piden limosna. Antes la libertad era muy limitada, ahora la iniciativa individual es tan imperante como en el resto del mundo.

Es una nación joven y oficialmente libre, pero sigue sufriendo el legado soviético. Se aprecia en la arquitectura, en la economía, en el uso difundido de la lengua rusa y en su mentalidad. Cafébabel tiene la oportunidad de entrevistar a una mujer nacida en la Unión Soviética y a una joven de la generación perestroika. Son las dos caras de Letonia. 

¿Puede decirme algo positivo y algo negativo de la Unión Soviética?

Generación perestroika: Sobre todo, que no había capacidad de elección. La educación, el trabajo, los viajes... todo venía impuesto desde arriba. No se podían tomar decisiones respecto a tu vida. No existía la posibilidad de salir del sistema cerrado del Estado. Si tuviese que dibujar el mundo soviético haría un círculo con todos los puntos unidos, el presente sería un Pollock, como mínimo. Puede que la solidaridad y el espíritu comunitario se hayan debilitado un poco, cada uno por su lado. Antes todo el mundo tenía trabajo. No existía el desempleo, ningún joven se sentía culpable de sus propios fallos ni los veía como una catástrofe personal. Había espacio para todos. Puede que poco, puede que limitado, pero para todos.

Generación soviética: Me alegra celebrar la independencia de Letonia. Tengo muchísimas ganas de estar en Europa y me siento parte del gran proyecto continental. Cuando era pequeña, mi madre trabajaba en los seguros y mi padre era director de un colegio. Vivíamos en el campo, cerca de Rezekne. No había supermercados, solo se conseguía sal, aceite, azúcar y pan de mala calidad. De la leche y de la carne nos teníamos que ocupar nosotros. Solo había comida sana, no había productos industriales. Se trabajaba en el campo y se ordeñaban las vacas. Ni se nos pasaba por la cabeza hacer los viajes que hacen ahora los jóvenes. La casa te la facilitaba el Estado a un precio bonificado, pero tenías que compartirla con toda la familia. Era el piso que te habían asignado y no podías ponerle pegas. Y el que te tocaba era pequeño, oscuro y feo.

Había trabajo garantizado para todos, aunque a veces era de poca utilidad. Existía una especie de igualitarismo a la baja. Los ingenieros ganaban menos que los obreros. La idea según la cual el proletariado debía gozar de un reconocimiento socioeconómico era real. Mi padre ganaba menos que algunos obreros de la fábrica que teníamos al lado de casa. El teléfono y los medicamentos eran gratuitos.

No teníamos capacidad de decisión, pero nuestra supervivencia estaba garantizada. No se temía quedarse sin dinero como ahora. Se sabía que tendrías una pensión. Se sabía que el Estado te garantizaría la supervivencia a cambio de una falta casi absoluta de libertad. Nadie le tenía miedo al futuro. Puede que no fuera prometedor, pero desde luego no era tan desolador como se presenta el actual. No existían las espantosas diferencias sociales que hoy nos tienen atados. No había esa brecha que separa al trabajador del jefe.

No existía este individualismo desenfrenado, todo era parte de un proyecto común, con sus limitaciones e inconvenientes, pero también con sus cualidades.

¿Recuerda el cuatro de mayo de 1990?

Generación perestroika: Claro que sí, estaba en la cuna cuando se anunció la gran noticia por la radio. En realidad me entra la risa cuando pienso que yo también nací en la Unión Soviética. Tenía dos años cuando se disolvió. Soy letona y me considero nacida en Letonia. Si te soy sincera, la cuestión soviética no me apasiona demasiado. No suelo hablar de ello con mi familia ni con mis amigos. De hecho, la verdad es que sus preguntas me hacen gracia.

Generación soviética: Si hubiese sabido que sería un suceso tan importante habría escrito un diario. Hubiese anotado meticulosamente dónde me encontraba, con quién, qué estaba bebiendo y por qué. Pero no lo hice porque no lo sabía. Es cierto que estaba al corriente de que, desde 1986, con el Grupo de Helsinki, la Unión Soviética estaba en crisis. Luego ocurrió lo de Solidaridad en Polonia. Pero estaría mintiendo si dijese que lo sabía, porque no fue así. Yo vivía en el campo, descubrí que se había votado a favor de la independencia gracias a la televisión. ¿Cómo si no? En esa época no había móviles ni Internet.

No puede hacerse una idea de la conmoción que supuso. Necesitábamos una Policía, un Parlamento, un Ministerio de Defensa nuevo. Pero, mientras tanto, los ciudadanos no dejaron de acudir a sus puestos de trabajo.

Todo el mundo tenía consejos que dar. Todos querían meter mano en la pequeña nueva república. Buscaban poder, buscaban frustrar una independencia de verdad. Los rusos se aprovecharon de las similitudes lingüísticas y culturales, los occidentales de los valores democráticos y de libre mercado de los que eran y siguen siendo dueños.

Recuerdo, por ejemplo, el problema de la propiedad. Cuando la Unión Soviética colapsó, casi nadie tenía una casa propia, aparte de la que se le había asignado. Así que el neocapitalista estado letón facilitó unas tarjetas que tenían un importe nominal comparable a unos cuarenta euros actuales (puede que el valor no se adecúe al de hoy), por cada año de vida de los habitantes. Juntando la mía y la de mi madre me compré un piso cerca de la estación. Todavía vivo ahí.

Pero la verdadera pregunta es si nuestro país ha cambiado mucho desde aquel mayo del siglo pasado hasta hoy. ¿Por qué cree que no han salido a la luz los expedientes que muestran los nombres de los miembros del KGB (el Comité para la Seguridad del Estado, la principal agencia de seguridad y servicios secretos de la Unión Soviética, activa desde 1954 hasta 1991)?

No están en Moscú, están en Riga, guardados bajo llave por las autoridades. En el Parlamento dicen que es mejor no montar escándalos ni remover el pasado en un país tan frágil. Esto ocurre porque los políticos que están en el poder son los mismos que había antes.

¿Cuál cree que es la diferencia más grande entre la Unión Europea y la Unión Soviética?​

Generación perestroika: Es una pregunta difícil, inesperada. No sabría decir, me cuesta compararlas. Son muy diferentes. Puede que la libertad de movimiento, la posibilidad de viajar y trabajar libremente. Y la democracia.

Solo dice cualidades positivas respecto a la situación anterior, ¿no tienes nada que añadir?

Generación perestroika: Es que no lo sé. Ni siquiera sé por qué me preguntas sobre la Unión Soviética. Yo no la viví. Lo que sé es lo que me ha llegado a través de relatos confusos y muy diferentes entre sí. Hay nostálgicos y detractores. ¿Cómo me forjo una opinión propia?

Generación soviética: La libertad.​

¿No puede decirme algo más?​

Generación soviética: ¿Y qué es lo que quiere oír? ¡La libertad es importante! Si nos sentamos con una botella de vino de por medio a lo mejor puedo contar algo más. Venga, nos vemos esta noche en su casa. Pero no muy tarde, que mañana quiero salir a pedalear un poco. Dice la previsión que estará soleado, y eso era tan raro con Moscú como lo es ahora con Bruselas. 

De hecho, pasado mañana se espera un sol y unas temperaturas inesperadas. Así que después de una buena vuelta en bici podríamos continuar la entrevista.

¿Qué opina del día de la independencia? ¿Se debe celebrar?​

Generación perestroika: Aquí hay mucha gente que lo celebra. Pero también hay muchos que están en contra. La ciudad se divide entre los que llevan flores a la estatua de los caídos por liberar a Europa del nazismo y los que perdieron a sus seres queridos en Siberia. También hay división con la guerra de Afganistán. Algunos celebran a los héroes muertos en nombre del honor y la grandeza de la Unión Soviética y otros lloran por las víctimas de una guerra inútil. Hay un monumento a los caídos en la guerra contra los muyahidines en la Plaza Central, detrás de la iglesia ortodoxa. Hoy está lleno de rosas. Pero también hay muchos que sufren en silencio en sus casas y que, sin hacer ruido, muestran su desacuerdo ante esta celebración. De todos modos, este tema ya solo interesa a los viejos. Los jóvenes, excepto los que tienen familiares entre las víctimas a los que desean recordar, no participamos en los festejos.

Generación soviética: Yo no voy. A mi padre lo desterraron a Siberia justo después de la liberación, a la que yo llamo ‘invasión soviética’. Allí pasó los mejores años de su vida. Tocaba el violonchelo en la orquesta militar alemana. Desterraron a todos aquellos que tenían vínculos con Alemania. Él fue fuerte y montó una nueva orquesta. Estaba cerca de Novosibirisk, es todo lo que sé. Trabajaba en una acería. Aún conservo sus cartas, escritas en riguroso ruso porque el letón estaba prohibido y no pasaba la censura.

Antes podías tener mucho dinero, que no había nada que comprar. Ahora puedes comprar lo que quieras, pero te falta el dinero.