La Hungría suspendida de Orbán: de Györ a Budapest en tren

Artículo publicado el 23 de Mayo de 2013
Artículo publicado el 23 de Mayo de 2013
Las críticas de la Unión Europea, una economía que avanza a duras penas, protestas estudiantiles y una sociedad civil desencantada: esa es la Hungría de Orbán. Primera parada de un viaje en tren, entre la ciudad y el campo, a través de una nación que busca una identidad ciudadana y política renovada.

Mientras subo al tren a Györ, Rita me habla de la política húngara: "Orbán está tratando de controlar la situación. Es decir: hemos sufrido la peor crisis del siglo y es evidente que nuestro país no ha salido indemne; pero en cuatro años no se puede cambiar el país, hace falta más tiempo. Si te cambias continuamente de chaqueta y anulas las viejas medidas solo porque son de otro color no llegas a ninguna parte". Rita estudió en Italia y en diciembre se tituló en lengua inglesa, tras haber realizado sus estudios en la Universidad de Milán. Hace un año que regresó a Hungría, donde ahora trabaja para Tata Group, una gran multinacional india que acaba de sellar un acuerdo con el gobierno de Orbán. El gigante se ha comprometido a ofrecer trabajo a unas mil personas solo en Budapest. Con el sueldo que gana, Rita puede permitirse un apartamento en el barrio de Citadella, uno de los más bonitos de la capital magiar. Las vistas del Danubio y de la ciudad, que pueden disfrutarse a pocos pasos de su casa, constituyen un espectáculo sensacional. Para que se hagan a la idea: sería como si un recién titulado italiano, que acaba de salir de "La Sapienza" de Roma, viviese en la colina del Janículo.

Léase también el especial: "Eutopia on the Ground" en Budapest en Cafebabel.com

Rita, sin embargo, no nació en Budapest; viene de Györ: tercera ciudad húngara en número de habitantes y una de las zonas más ricas del país junto con la capital. El amarillo, el rosa y el celeste de las casas de esta pequeña ciudad constituyen una exultación de colores que se suman a la atmósfera alegre que inunda las calles. Aquí se inventaron la szóda (la soda que se vierte en los spritz de Milán) y la dinamo (la que genera energía eléctrica).

A pocos kilómetros de su casa, antes de llegar a lo alto de la abadía de Pannonhalma, donde hay un colegio para niños, un monumento recuerda una batalla librada por el ejército napoleónico. Desde el colegio, se puede gozar de unas vistas espectaculares de todo el valle, y los tejados de un millar de casitas destacan en el ocaso primaveral. Numerosos crucifijos repartidos por las calles demuestran que Hungría sigue siendo un país profundamente religioso. Rita está a punto de cumplir 26 años e imagina su futuro en Hungría: "Los jóvenes de este país se van al extranjero a trabajar de camareros, a Berlín o adonde sea, solo porque consideran que es más atractivo, pero podrían hacerlo aquí perfectamente", me cuenta mientras volvemos en tren a Budapest.

Los bloques blancos se construyeron de manera idéntica unos junto a otros: "También se pensó que arquitectónicamente debíamos ser todos iguales".

Sin embargo, hay algo que desentona. Hay un mundo rural diferente a la ciudad, síntoma de un desarrollo desequilibrado. De hecho, en el tren de vuelta de Györ a la capital, los colores dan paso rápidamente a viejas zonas industriales teñidas de gris. A mitad de viaje, el tren se para en Tatabánya. Rita mira por la ventanilla y, en voz baja, con una mezcla de sarcasmo y rabia, susurra: "Podría poner la mano en el fuego a que aquí todo el mundo ejerce todavía el voto comunista", y no puede ocultar una sonrisa guasona. Si algo salta a la vista son los bloques blancos construidos de manera idéntica unos junto a otros: se remontan a la era soviética. "También se pensó que arquitectónicamente debíamos ser todos iguales –prosigue-, también los hay en Budapest, en fila india a lo largo de una de las colinas de la ciudad". Poco después, una hilera de chabolas de madera se apoya en una gran fábrica, como si fuera un campo de concentración.

«Los jóvenes de este país se van al extranjero a trabajar de camareros, a Berlín o adonde sea, solo porque consideran que es más atractivo, pero podrían hacerlo aquí perfectamente»

Le pregunto si esta gente es pobre. Ella asiente. Hungría es un país ambivalente y las estadísticas de la Comisión Europea lo demuestran: la tasa de desempleo se sitúa por encima de la media europea y ronda el 11%, mientras que la tasa de ocupación se sitúa alrededor del 60%, frente a una media del 68%. Sin embargo, la tasa porcentual de población que corre riesgo de sumirse en la pobreza se sitúa por debajo de los valores italianos para todas las edades. El nivel de riesgo que afecta a los menores es el único que se sitúa por encima de la media de la UE. Del mismo modo, la desigualdad entre los sueldos que percibe la población es inferior a la media de la UE y de Italia. El porcentaje de personas de entre 30 y 34 años que ha obtenido un título universitario, si bien es inferior a la media europea, se encuentra ocho puntos por encima de la situación italiana. Sin embargo, la inflación es del 5,6%: tres puntos por encima de la media del resto de países europeos (estadísticas de Eurostat).

Cuarenta minutos después de haber pasado Tatabánya se llega a Budapest: a los lados del tren, en la zona industrial, desfilan los grandes almacenes y las grandes tiendas de las multinacionales alemanas, entre las que se encuentran Aldi, Audi y Obi.

Si Györ y los vastos campos magiares nos muestran el pasado, la Hungría de hoy puede entenderse con solo caminar por las calles de la capital. Son las voces que se escuchan por las calles, en los bares o en los pasillos de la universidad las que explican cómo, según la opinión pública, el desarrollo desequilibrado derivado de la economía de mercado coincide con una clase política corrupta y jamás renovada en condiciones. Sin embargo, este binomio, lejos de fomentar una presión democrática encaminada a la renovación, ha hecho que una parte de los ciudadanos magiares desarrolle un desafecto creciente hacia la clase política. Estudiantes a parte.

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Foto: © Alexander Damiano Ricci.