La inútil búsqueda de la normalidad

Artículo publicado el 19 de Enero de 2004
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Artículo publicado el 19 de Enero de 2004

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Alemania quiere ser de una vez por todas una nación “normal”. También poder participar en el completamente normalizado antisemitismo.

Quien cuenta en Alemania un chiste sobre judíos corre el peligro de meterse en un buen lío. Lo que es completamente normal en los países vecinos es considerado en Alemania como algo de mal gusto y como señal de ceguera histórica. El Tercer Reich y con él también su más monstruoso tumor, el holocausto, marcan el estado de ánimo de los alemanes. Por ello es la relación hacia el judaísmo especialmente sensible.

La época nazi quedó 60 años atrás. Alemania está integrada en la UE, con la unificación las tropas de ocupación dejaron el país, simplemente ya se ha superado la derrota. Para muchos es ya la hora de mirar hacia delante y no condicionarse más por el pasado, por terrible que éste hubiera sido. La vida de la comunidad judía es un hecho hoy en día en Alemania, el número de judíos ha crecido de 20.000 tras la guerra a 100.000. En enero del 2003 se firmó en Alemania un tratado internacional entre el gobierno federal y el consejo central judío, por el cual se impulsaría y favorecería a la comunidad judía y el cual debería tener un carácter permanente en Alemania. El recuerdo del holocausto en el Tercer Reich se institucionaliza en lugares como el Museo Judío o el Monumento conmemorativo a las víctimas del Holocausto en Berlín.

¿Un monumento conmemorativo o una mancha deshonrosa?

¿Han encontrado los alemanes una relación por fin normalizada con las aberrantes atrocidades que cometieron sus antecesores, un trato relajado con su pasado, tal y como Roman Herzog exigió en su discurso inaugural como presidente? De ninguna manera. El ya viejo debate, de más de 15 años, sobre el monumento por las víctimas del holocausto explica el desgarro en los alemanes entre la automortificación y la exigencia de poner punto y final al pasado. Para unos este campo de estelas representa una triste parte íntegra de la identidad alemana y constituye un símbolo del deber y compromiso hacia la humanidad, para otros esta petrificada declaración de culpabilidad simplemente supone una molestia. A finales de 1998 esta disputa culminó con motivo del discurso del escritor Martin Walser en la entrega del premio de la paz de librerías alemanas.

La “permanente representación de nuestra infamia” está siendo, así dice Walser en su discurso, “mal empleada para fines actuales”, el monumento conmemorativo es para el escritor una “pesadilla tan grande como un campo de fútbol”(1). Gerhard Schröder expresó su apenas disimulada aprobación: “ Un poeta puede decir algo así, yo no puedo”.Le hubiera gustado más un monumento “que a la gente le gustase visitar” y así, sin vacilar, barrer la historia bajo la alfombra de la sociedad del ocio y la diversión. Rudolph Augstein, icono periodístico y fallecido editor del “Spiegel”, precisaba tan sólo semanas después la brumosa y poética acusación de Walser: Auschwitz se aprovecha para exigir excesivas indemnizaciones económicas por los trabajos forzosos a los que fueron sometidos los judíos en la industria alemana.

El proyectado monumento sería una “deshonra dirigida contra la capital y la Alemania resurgente en Berlín”. Augstein sirve sin ningún tipo de escrúpulo algunos estereotipos antisemitas al definir una presuntamente poderosa “costa este judía” como fuerza motriz tras los planes del monumento: "Nadie se atreverá (...) a mantener libre Berlín de una monstruosidad así si se tiene en cuenta a la prensa neoyorquina y a los tiburones vestidos de abogado". No es el hecho histórico el que es monstruoso para Augstein, sino su representación, la cual impide a los alemanes volver a la normalidad. La polémica de Augstein culminó con una cita de Konrad Adenauer “ El mundo judío es una gran potencia”(2).

Presentar a los judíos como un cártel poderoso y que actúa en secreto es un cliché antisemita muy extendido. El número de judíos que viven en Alemania se ha sobrevalorado drásticamente hoy en día: el 31% de los alemanes cree que viven más de 5 millones de ciudadanos judíos, 50 veces más que la cifra real. En la misma encuesta se les atribuye a un 23% de los encuestados opiniones antisemitas. Cinco años antes eran el 20%(3).

Minimización de la historia

La exigencia general de un punto y final sobre la elaboración de la historia alemana nazi va acompañado de una relativización del holocausto. Los defensores de los animales hablan de “campos de concentración para gallinas”, cuando en realidad quieren decir jaulas de (gallinas) ponedoras, el eslogan “nunca más otro Auschwitz” se utiliza como justificación de las misiones del ejército alemán en el extranjero.

El diputado por el Land (estado federado) Nordrhein-Westafalia Jamal Karsli atribuyó en las elecciones al Parlamento alemán en el 2002 “métodos nazis” al ejército israelita y lamentaba “la gran influencia del Lobby sionista”. Su mecenas, Jürgen Möllemann repetía constantemente, que era lícito criticar al gobierno israelí y manifestó lacónicamente: Si existe antisemitismo en Alemania, es porque éste es provocado por judíos como Michel Friedman y Ariel Scharon. Los judíos son pues los auténticos responsables y culpables de ser odiados. La misma estrategia invirtiendo los papeles de víctima y autor de los hechos la encarna el diputado parlamentario Martin Hohmann. En un discurso en el día de la unificación alemana el 3 de octubre formuló la tesis de que los judíos podían ser señalados “con cierta legitimidad como pueblo autor y cómplice” por su participación en la revolución bolchevique en Rusia.

Poner en relieve supuestos actos infames cometidos por los judíos debería relativizar la propia culpa y así hacer que los alemanes parezcan más “normales”. Normal no debería hacer referencia de ninguna manera a la fatal aceptación de actos infames contra la humanidad, sino a la aceptación responsable de la identidad alemana, la cual, como cualquier ente nacional, está impregnada y marcada por la historia. Y si la historia alemana es también poco gloriosa, aún más obligación y atención tendrá para con la humanidad. Un punto y final con la época nazi y el resuelto regreso a un completamente normalizado antisemitismo no deben tener lugar.

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(1)Martin Walser en su “discurso en la entrega del premio de la paz” el 11 de octubre de 1998 en la Paulsskirche en Frankfurt.

(2)Rudolph Augstein: ”Wir sind alle verletzbar”. En: Der Spiegel 49!1998

(3)Encuesta representativa de FORSA. En: Stern 48/2003