La libertad de Siria también se cocina en París

Artículo publicado el 22 de Enero de 2014
Artículo publicado el 22 de Enero de 2014

En el corazón de París, entre mézzés i otras delicias, existe un lugar donde los refugiados sirios pueden sentirse como en casa. Al Batin Ahmad, propietario de le Bistro Syrien, abre las puertas de su restaurante a los exiliados. Un lugar donde las diferencias son bienvenidas y en el que la única proclama es la libertad. Una ventana para mostrar al mundo la auténtica rebelión de Siria.

Las pa­re­des blan­cas del res­tau­ran­te se han con­ver­ti­do en una pi­za­rra sobre la que in­mor­ta­li­zar los de­seos de la re­be­lión. En el muro, in­con­ta­bles reivin­di­ca­cio­nes ma­nus­cri­tas en árabe que no puedo com­pren­der pero sí in­tuir. Cuan­do le pido al señor Ahmad que me tra­duz­ca al­gu­na de las ora­cio­nes, me ex­pli­ca que la ma­yo­ría ha­blan de li­ber­tad. “No hay ni una sola entre todas ellas que pueda ta­char­se de is­la­mis­ta ra­di­cal”, dice or­gu­llo­so. Esto, te­nien­do en cuen­ta que no lleva a cabo nin­gún tipo de cen­su­ra, de­mues­tra lo que mu­chas in­for­ma­cio­nes de las que aquí nos lle­gan pue­den di­si­mu­lar: de­trás de la re­vo­lu­ción que es­ta­lló en Siria hace ya casi tres años hay mucho más que in­te­gris­mo.

Si­tua­do en el nú­me­ro 14 del bu­le­var Bonne Nou­ve­lle, le Bis­tro Sy­rien se des­cu­bre como un hogar para el re­fu­gia­do. Un lugar donde las luces son cá­li­das y en el que cual­quier via­je­ro es bien­ve­ni­do. “Sean ar­tis­tas, es­cri­to­res, ac­ti­vis­tas po­lí­ti­cos o gente co­rrien­te. Su­níes, alauíes, cris­tia­nos o kur­dos. Este lugar es su casa”, me cuen­ta Al Batin Ahmad, pro­pie­ta­rio de este res­tau­ran­te de co­mi­da tra­di­cio­nal siria. Una pe­que­ña prue­ba res­pal­da sus pa­la­bras. Sobre el mos­tra­dor de la en­tra­da, justo al lado de una su­cu­len­ta pila de ba­kla­wa, re­po­sa un ejem­plar del se­ma­na­rio sa­tí­ri­co Le ca­nard enchaîné. Pu­bli­ca­ción im­po­si­ble de en­con­trar en un lugar donde la li­ber­tad de ex­pre­sión no sea una exi­gen­cia.

Al Batin se mar­chó de la ciu­dad de Nawa hace 20 años. Tras su paso por Sue­cia, llegó a París hace dos lus­tros. Dice que cuan­do co­men­zó la pri­ma­ve­ra árabe, con las re­vuel­tas en Túnez, em­pe­zó a creer que “en Siria podía ocu­rrir lo mismo”. Y al final ocu­rrió. Más de mil días des­pués y a miles de qui­ló­me­tros de dis­tan­cia, este sirio de 42 años, de apa­rien­cia re­ser­va­da y con­ci­lia­do­ra, lucha por la causa de la re­be­lión desde su ta­ller gas­tro­nó­mi­co. “La pri­me­ra ma­ni­fes­ta­ción en París de apoyo a la re­be­lión siria em­pe­zó en este res­tau­ran­te”, me ex­pli­ca. A su lado, la ban­de­ra de los re­bel­des luce con dig­ni­dad en una es­qui­na. Verde, blan­co y negro. A veces un color puede teñir una re­vo­lu­ción. “Siria no es el ré­gi­men. Siria no es is­la­mis­mo ra­di­cal. Siria es un con­glo­me­ra­do de pue­blos y re­li­gio­nes, es una ci­vi­li­za­ción de 4000 años de antigüedad. Me­re­ce, como el resto del mundo, tener li­ber­tad”. En su boca, esta úl­ti­ma pa­la­bra suena más pura y des­ga­rra­do­ra de lo que nunca antes la había es­cu­cha­do.

Como cada noche, mu­chos re­fu­gia­dos han ve­ni­do a de­ba­tir, comer y es­cu­char. El señor Ahmad me pre­sen­ta a al­gu­nos de sus in­vi­ta­dos y me ofre­ce aco­mo­dar­me con ellos, en una mesa de la te­rra­za. Con­ver­san aca­lo­ra­da­men­te, mien­tras fuman del nar­gui­lé que per­fu­ma el frío aire in­ver­nal. Nada más col­gar su te­lé­fono, uno de ellos se pre­sen­ta. Hous­sam Al­deen es un hom­bre de ros­tro ama­ble, pe­rio­dis­ta de pro­fe­sión. “Soy free­lan­ce, he tra­ba­ja­do para Fran­ce 2, la CNN o la BBC”, pun­tua­li­za en un per­fec­to in­glés. Aban­do­nó Da­mas­co el 29 de mayo de 2011, cuan­do tras ser de­te­ni­do, des­cu­brie­ron su tra­ba­jo. “Este lugar es para mí una parte de Siria, me hace sen­tir como en casa”, dice con sin­ce­ri­dad en los ojos. In­sis­te en que Al Batin es para ellos “un au­tén­ti­co padre”. “He co­no­ci­do a mu­chos si­rios que lle­gan sin ha­blar el idio­ma, que no tie­nen di­ne­ro ni un sitio donde dor­mir. Él les ayuda a todos”, me ex­pli­ca. Acto se­gui­do lo ejem­pli­fi­ca: “yo he dor­mi­do en el res­tau­ran­te”. “Tam­bién ce­le­bré aquí el año nuevo, con otros 64 re­fu­gia­dos”, añade con enor­me agra­de­ci­mien­to al que para mu­chos de los allí pre­sen­tes es prác­ti­ca­men­te un sal­va­dor.

A nues­tra mesa se acer­ca el ar­tis­ta Kha­led Alkha­ni. Él mismo pintó hace tres meses el mural que ilus­tra el in­te­rior de le Bis­tro Sy­rien, ese juego de som­bras y si­lue­tas cá­li­das que nos tras­la­dan a lo más pro­fun­do de sus vi­ven­cias. Nació en la ciu­dad de Hama, lugar que marcó bru­tal­men­te su in­fan­cia. Tenía sólo siete años cuan­do, en fe­bre­ro de 1982, el ejér­ci­to sirio de Hafez al-Asad arra­só la ciu­dad para so­fo­car la re­be­lión de la co­mu­ni­dad suní. 40.000 per­so­nas, mu­chas de ellas ci­vi­les, fue­ron ma­sa­cra­das. Entre ellas el padre de Kha­led. “Vi cómo le sa­ca­ban un ojo de­lan­te de mí. To­da­vía no he sido capaz de bo­rrar la ima­gen”, re­cuer­da emo­cio­na­do, con una ex­pre­sión de rabia y dolor . “Desde aquí in­ten­ta­mos cons­truir el fu­tu­ro de Siria, y éste pasa por aca­bar con el ré­gi­men de Bas­har al-Asad”, me dice con se­gu­ri­dad. “Ellos creen que son los dio­ses de una gran­ja, en la que pue­den matar sin que nadie les de­ten­ga”. Sin em­bar­go, aun­que saben que el coste de la re­vo­lu­ción será alto, “el pue­blo sirio está dis­pues­to a lu­char hasta el úl­ti­mo alien­to para con­se­guir la li­ber­tad, cues­te lo que cues­te”. En ese ca­mino hacia su ob­je­ti­vo, el res­tau­ran­te se ha con­ver­ti­do en una “ven­ta­na al mundo”, un lugar donde poder ha­blar “sin pedir per­mi­so a nadie”.

A unos me­tros de no­so­tros, Firas y Sadek com­par­ten pa­la­bras y son­ri­sas. Ambos pro­ce­den de Da­mas­co y ambos lle­ga­ron a París años antes de que em­pe­za­ra la re­vo­lu­ción. El pri­me­ro de ellos es tam­bién pin­tor, aun­que tra­ba­ja a media jor­na­da en el res­tau­ran­te, “para ganar algo de di­ne­ro”. “Lle­gué a tra­ba­jar como fo­tó­gra­fo para la mujer del pre­si­den­te, pero tuve que poner un lí­mi­te y me fui”, con­fie­sa. Sadek Abou Hamed es pe­rio­dis­ta en Fran­ce 24. “Un com­pa­ñe­ro fran­cés me pre­gun­tó si la re­vo­lu­ción siria es laica. Yo le res­pon­dí que los va­lo­res por los que allí se lucha son mucho más sim­ples: dig­ni­dad y li­ber­tad”, ana­li­za con la di­li­gen­cia de un pro­fe­sio­nal ex­pe­ri­men­ta­do. “La irrup­ción de gru­pos is­la­mis­tas ra­di­ca­les ha em­peo­ra­do la ima­gen, pero la base de la re­be­lión sigue ahí”, añade. “El is­la­mis­mo es el pre­tex­to que ha en­con­tra­do oc­ci­den­te para no hacer nada”.

Firas se le­van­ta co­rrien­do. “Dis­cul­pa que me vaya, pero es que los vier­nes ju­ga­mos a fút­bol”. A unos me­tros de allí, el equi­po son­ríe, grita, se abra­za. Al Batin, Hous­sam, Kha­led y mu­chos otros. Todos ellos se con­ce­den un ins­tan­te de jú­bi­lo y ale­gría, un pa­rén­te­sis a “la re­vo­lu­ción que se con­vir­tió en gue­rra”. Un mo­men­to para ol­vi­dar el dolor y las au­sen­cias. Gra­cias al señor Ahmad y su pe­que­ño re­fu­gio, de aroma a es­pe­cias y sa­bo­res in­ten­sos, todos ellos han en­con­tra­do un lugar para la li­ber­tad. Para cons­truir, o tal vez co­ci­nar, la li­ber­tad del pue­blo sirio.

« Me vuel­vo libre, en el ver­da­de­ro sen­ti­do, sólo gra­cias a la li­ber­tad de los demás: cuan­to mayor es el nú­me­ro de per­so­nas li­bres que me rodea y más pro­fun­da y más gran­de y ex­ten­sa su li­ber­tad, más pro­fun­da y mayor se torna la mía » Mi­jaíl Ba­ku­nin

Este re­por­ta­je forma parte del dos­sier que Ca­fé­Ba­bel ha de­di­ca­do al con­flic­to de Siria.