La masacre de París en directo desde Berlín 

Artículo publicado el 19 de Noviembre de 2015
Artículo publicado el 19 de Noviembre de 2015

Hace ya varios días, Francia sufrió uno de los atentados más crueles de su historia. A continuación, mi relato de cómo viví ese viernes 13 de noviembre de 2015: Una masacre en directo desde París, y seguida a través de la pantalla en un bar de Berlín.

Son las nueve menos cuarto de la noche del viernes y está a punto de empezar el amistoso Francia-Alemania. Me encuentro con mis amigos en un bar chiquitín del barrio berlinés de Neukölln, recién salidos de la visita a un búnker de la Segunda Guerra Mundial, en una excursión organizada por un grupo de compañeros de trabajo. O sea, justo antes habíamos estado recordando los horrores de esa guerra, los aviones franceses e ingleses bombardeando Berlín hace setenta años, toda la violencia que trae consigo una guerra, aquel lavado de cerebro de la ideología nazi y la Europa que acabó bañada en sangre y escombros.

Los equipos se preparan. Un amigo acaba de volver de pasar unos días en París y me cuenta, mientras se fijan los últimos detalles para ver el partido por la tele, toda la lista de artistas que tocaron en el Pitchfork Music Festival y que conoció un bar chulísimo cerca del canal Saint Martin, al lado del apartamento donde vive su amigo en París. En la tele, los jugadores cantan la Marsellesa y empieza el partido. Mis amigos se burlan porque soy incapaz de recordar la letra del himno de Francia y yo me justifico diciendo que no me gustan las letras de los himnos que hablan de sangre y de guerra. De todas formas, estoy encantada con el primer gol de Francia, justo antes del final del primer tiempo. Después de todo, la Mannschaft ya es campeona del mundo y esto no es más que un amistoso, un partido que representa la amistad franco-alemana, la amistad de dos países, pese a la historia sangrienta que nos une.

Se trata de una velada divertida entre amigos. Durante el primer tiempo, hemos podido ver en la tribuna a Hollande hablando con Steinmeier, el Ministro de Exteriores alemán. "Igual están hablando del escándalo de corrupción en la FIFA o del caso Benzéma", dice un amigo. En otro de los primeros planos, el presidente francés ya no está sentado al lado de Steinmeier y suelto: "Hollande se ha ido discretamente para verse con Julie...". ¡Qué ingénua!

Miro por casualidad la pantalla de mi móvil sobre la mesa, al lado de mi copa de vino rosado y veo que tengo un mensaje: Tiroteos en París, recuento de víctimas mortales, anuncia Der Spiegel. Le paso el teléfono a mi amigo que se queda helado y me dice que va a ver si otros medios cuentan algo, porque "estos periodistas, a veces se aceleran". Me concentro en el partido y unos minutos más tarde recibo otro mensaje. Esta vez, la información venía del diario británico The Guardian y en el mismo sentido que la anterior. Le paso los mensajes al resto de amigos y nos quedamos de piedra, mirándonos, incrédulos. Alguien dice: "Será alguien a quien se le ha ido la olla". En ese momento, ni nos podemos imaginar el alcance de la masacre, el baño de sangre que se estaba produciendo allí mismo, cerca de aquel lugar que estábamos viendo, a través de la pantalla de la tele, en directo desde el Stade de France.

El partido a punto de acabar y poco a poco vamos siendo conscientes de la auténtica dimensión de la catástrofe. Nuncá olvidaré aquellas imágenes en directo del Stade de France siendo evacuado. Allí estabamos nosotros, viéndolo en una pantalla enorme de la tele de un bar en un barrio berlinés, el pánico en los rostros de los hinchas, los espectadores que bajaron y llenaron el terreno de juego, corriendo sin saber hacia dónde ir, las miradas aterrorizadas y los comentarios de la corresponsal en París de la cadena pública alemana ARD, tratando por todos los medios de mantener la calma.

Nos enteramos después de la toma de rehenes en el Bataclan, sin entender del todo qué estaba pasando, mientras el número de fallecidos no hacía más que aumentar. Seguíamos las informaciones que nos iban llegando, pero éramos incapaces de asimilar que aquello que nos estaban contando estaba pasando en realidad. Nos parecía demasiado surrealista para ser verdad. En un estado de semejante alteración, nuestro cerebro se negaba a aceptarlo.

Yo estaba sentada en un bar, como muchas de las víctimas de los atentados, libre como el viento, en compañía de mis amigos, riendo y disfrutando del inicio de fin de semana, y de repente, en un instante, ese viernes se convirtió en el horror más absoluto. Yo era la única francesa del bar, pero sentía el miedo generalizado que se iba apoderando de todos en décimas de segundo. Podía sentir los escalofríos y cómo temblaban quienes estaban allí conmigo, y veía sus lágrimas de pánico, de tristeza y de incomprensión, y eso a pesar de que estábamos aquí, en Berlín, sanos y salvos.

En ese momento, escribí a mi mejor amiga de París, una periodista que trabajaba esa noche en TF1 y me confirmó lo que estaba viendo. Escribí a otra amiga que iba a salir esa noche por el distrito 11. A punto de llorar, salí del bar y llamé a mi madre, que estaba durmiendo y me desmoroné. Era incapaz de articular palabra, pero cuando logré hablar, el terror se volvió real y lo único que podía repetir era: "Es horrible, horrible, no entiendo nada ...". Varios días después de aquello, todavía no me lo creo.

Abracé a mis amigos y dejé el bar para ir directamente a conectarme por Skype con una amiga de París e informarme en BFM. Desde la cama, y gracias a los medios de información en línea, pude hablar y saber cómo estaba mi gente. Traté de sonreir, pero no podía. Algo me quemaba los nervios y me sentía impotente frente a aquella masacre. Nos miramos en silencio y colgamos tras el discurso de Hollande. Intenté dormir.

Al día siguiente, todavía medio dormida, me volvían las imágenes de la noche anterior. La pesadilla era real.