“La opinión pública europea”, un puro producto estadístico.

Artículo publicado el 17 de Marzo de 2008
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 17 de Marzo de 2008
¿Cómo hablar de opinión pública europea cuando sabemos que Europa no es, en realidad, un tema de interés público y que la casilla de los sondeos “no tiene opinión sobre el asunto” logra, a menudo, un porcentaje desconcertante?

El Eurobarómetro es, por supuesto, la referencia europea en cuestión de sondeos.

En 1974, la Comisión creaba este instrumento que debía dar un reflejo de la opinión pública en Europa justo después de las primeras ampliaciones. En ese momento, en una Europea en construcción, se trataba de evaluar el impacto de las nuevas adhesiones en la opinión pública de los nuevos Estados miembros y de los países fundadores. La Europa política, balbuceando, entraba en su fase de “activismo democrático”.

Desde entonces, ese instrumento ha evolucionado. Las preguntas se han diversificado, y abarcan nuevos ámbitos, como el clima, la energía, el medioambiente, el terrorismo, etc. Estos cambios revelan, además de una transformación de las preocupaciones de la UE, un aumento de las competencias de esta institución y la necesidad de conseguir la adhesión pública.

La Unión Europea tiene hoy un papel preponderante en los planos legislativo, ético y político: se ha convertido en un instrumento legislativo imprescindible en el ámbito comunitario, y compite con la ONU en su rol de garante ético, con la adhesión a la Carta de Derechos Fundamentales en el Tratado de Lisboa. Hoy en día, formar parte de la Unión Europea representa un plus para los miembros de la comunidad internacional, y empieza a esbozarse un “orgullo comunitario” entre la población europea.

Ante tal despertar, “la Europa poder” no se equivocó. Para que sus instituciones persistieran y para seguir actuando libremente, era necesario asegurarse el acuerdo de los pueblos de Europa.

No podemos criticar de forma legítima al sondeo, esa bella invención, si lo consideramos un vínculo entre las instituciones y las poblaciones; una demostración palpable de la voluntad de transparencia y de proximidad, igual que el mediador europeo o el derecho de petición.

Sin embargo, no hay que ser tan angelical. Los sondeos de opinión pública que nos anuncian que la mayoría de los europeos confían en las instituciones europeas y les dan su apoyo, saben hacer hablar de forma oportuna a las cifras. Sin llegar a hablar de artimañas, hay que constatar que, en general, los que hacen los sondeos de opinión los instrumentalizan.

En el último Eurobarómetro (68) -sondeo estándar- la pregunta A13 se planteó en estos términos: “Cree usted que su país se ha beneficiado/se beneficiaría de pertenecer a la Unión Europea, o no?”. Un gran porcentaje de países europeos respondieron favorablemente, y con razón. ¿Habría sido igual el resultado si se hubiera preguntado “¿cree usted que los beneficios de la adhesión a la Unión Europea compensan los inconvenientes que ésta ha conllevado?”.

Los sociólogos fueron los primeros en analizar este fenómeno. Aunque los sondeos sean un buen medio para evaluar la opinión pública europea a partir de un cuestionario fijo, las preguntas son limitadas, y cuidadosamente elegidas con el fin de valorar ciertas iniciativas. Así pues, después de la adhesión de Rumanía y Bulgaria, y para evitar que la tendencia al repliegue comunitario alterara esta success store, la Comisión desvió la atención  con la aparición de un Eurobarómetro especial sobre “Los ciudadanos de los nuevos Estados miembros de la UE y la ayuda al desarrollo”. Es el arte de abortar el debate insistiendo en las iniciativas sobre las que no se discute ni se discutirá, porque moralmente no se puede.

La prueba está en la opinión

La gran operación de la Comisión Comunicación e Información de la UE, lanzada en octubre de 2005 para valorizar a la UE y hacerla más visible ante los europeos, disparó el uso de los sondeos. La UE se comporta como si tuviera necesidad de demostrarse a sí misma que actúa democráticamente. Aliviada por las conclusiones de los últimos informes, que mostraban el aumento del apoyo a Europa por parte de los europeos (sobre todo los jóvenes), y un mayor índice de confianza, parece ignorar el fundamento esencial del gobierno democrático: el debate participativo. Es cierto que la Comisión intenta retomar el diálogo participando en proyectos como el de “Ideas Factory Europe”, un espacio de debate creado por el “European Policy Center”, think tank europeo, que ejerce mucha influencia en Bruselas. Pero todo esto sigue siendo muy volátil.

Quizás estos procedimientos den buena conciencia a los políticos y funcionarios europeos, pero la conciencia europea de los ciudadanos no se ha logrado tanto como los analistas nos quieren hacer creer. Esperemos que un cambio de las malas costumbres nos permita pasar de un modelo de comunicación-promoción a otro de comunicación-apropiación.

Sophie Helbert