La otra cara de Japón

Artículo publicado el 15 de Agosto de 2007
Artículo publicado el 15 de Agosto de 2007

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El viaje de un europeo por el Japón rural, lejos del centro cosmopolita de Tokio y de los tópicos turísticos de sushi, sumo y geishas.

Hace dos años el impaciente Huck Finn me quitó el sueño. Hice las maletas y me fui a explorar mundo. Dejé una Europa encerrada en sí misma, aunque me había enamorado de la autocomplacencia del viejo continente. Si las rupturas normales ya son difíciles, imaginaos lo mucho que cuesta dejar una relación con vuestro continente. Para evitar un desastre de magnitudes tectónicas, me llené de moral y me mudé.

El movimiento me define en todos los sentidos: mudarme de casa, subir, continuar. Pertenezco a esa generación que se siente como en casa cruzando fronteras: el corazón me late al ritmo de vagones empujados uno tras otro, se siente cómodo en la incomprensión. Me fui de Europa anhelando encontrar lo extranjero, sin buscar ninguna cultura en concreto, con la diferencia y el movimiento a la orden del día.

Giré hacia el Este. Me fui lo más lejos que pude y me paré justo antes del punto en que el Extremo Oriente se convierte en el Salvaje Oeste hasta llegar a Japón.

Japón, tierra de los tópicos nacientes: sushi, sumo y geishas, tres pequeñas partes del mosaico multifacético que define la cultura japonesa pero que, según la percepción occidental, forman una trinidad no santísima que ensombrece toda la riqueza cultural del país. Evité la simplificación excesiva de las trampas del turista y me dirigí hacia inaka, la zona rural.

A seis horas en tren bala y a unos cincuenta años de los destellantes carteles de neón y del cosmopolitanismo del centro de Tokio se erige una montaña: un volcán inactivo que sobresale en la llanura de Tsugaru. Al atardecer sus tres picos dejan de parecer accidentes geográficos y se convierten en lágrimas del cielo, en una oscuridad más cerrada que la negra noche.

Aun así hay una zona donde la oscuridad no es total: en la falda de la montaña adentrándose doscientos metros hay un lugar mágico que luce como un farol, se trata del santuario de Shinto. La religión sintoísta, de los indígenas de Japón, tiene sus orígenes en la época en la que los mitos, las supersticiones y las creencias religiosas bebían unas de las otras. De forma casi animista, cree que los kami o espíritus de la naturaleza viven codo con codo con los habitantes de la multitud de abarrotadas islas japonesas.

La naturaleza es la piedra angular del sintoísmo: hay kami en las rocas, en los árboles y en las montañas. De la misma manera en que Iwakijinja se entreteje entre el paisaje: casas rojas de madera esparcidas entre los árboles, enormes peldaños de piedra gastados durante siglos por cascadas cruzan riachuelos y estanques, el musgo cubre las estatuas buscando refugio debajo de los árboles con oraciones que los unen. Mientras que Notre Dame es el último triunfo sobre la naturaleza, imponente, construida totalmente por las manos humanas, Iwakijinja es la personificación de la fusión con el mundo natural y con la espiritualidad. Inspira el respeto de una catedral sin el juicio silencioso.

La entrada al santuario esta marcada con torii, puertas sencillas construidas con cuatro piezas de madera desgastada pintada de rojo. Al cruzar el torii se entra en la tierra de los kami. Cuando crucé el torii para entrar a Iwakijinga, sentí un cambio tangible. Ya no estoy en el Japón de los autómatas, el americanizado, el del exceso de trabajo, el Japón moderno. Me estoy adentrando a un lugar en el que Japón recuerda lo que es realmente: una nación insular, rica en mitos tradicionales, reservada, todavía embelesada por sus propios misterios...

Hoy en día, las vertiginosas noches de verano ven Iwakijinja y sus aspectos más fascinantes. A medida que la media luz del atardecer atenúa los caminos normalmente silenciosos del santuario estos se llenan de vida con la danza de los pies arrastrándose por el suelo, los cantos de la gente exultante, los latidos de los tambores y los destellos de las velas. A principios de agosto es la estación festiva y al caer la noche hay un brillo de magia en la suave brisa.

Los faroles de velas proyectan un brillo cálido de cera en el gentío que viene a celebrar la fundación del santuario a la que están dedicados los kami. Las casetas bulliciosas repletas de deliciosos kebabs, calamares fritos, cerveza fría y ligerezas menores contribuyen a que el ambiente de procesión se convierta en ambiente festivo. A lo lejos se oyen tambores.

Compro yakisoba, fideos fritos, a una anciana. Setenta años de insularidad y casi el mismo tiempo de cultivar arroz le han arqueado las piernas. Pero su sentido del humor no está resentido y parece que compartimos bromas sarcásticas, que yo no entiendo.

De repente se hace el silencio. El sonido de un tambor resuena en el aire entre la multitud. Han llegado los bailarines. Me doy la vuelta. Bajo la entrada del santuario danza una masa de personas. Viejos y jóvenes, la generación del crepúsculo se tambalea junto a la generación ascendente, unidas en un abrazo balanceante, bailando con zapatos desgastados al ritmo de la música de sus almas comunes.

Al contemplar el espectáculo, me doy cuenta de que el festival de Iwakijinja es la extranjeridad elevada a la enésima potencia que estaba buscando. Es la extranjeridad que rodea e invita, se mueve y encanta por completo. Mi Huck Finn interior está en silencio, satisfecho como el que llega al final de una aventura. Después de dos años de movimiento me siento preparado para continuar, para volver a casa.