La peligrosa voz de Irán

Artículo publicado el 22 de Mayo de 2006
Artículo publicado el 22 de Mayo de 2006

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¿Debe Occidente recurrir a la fuerza para cortar las ambiciones nucleares de Teherán? Tribuna de Pierre Schapira, eurodiputado francés miembro de la delegación parlamentaria de las relaciones con Israel.

Las crisis en Oriente Medio se suceden y se parecen entre sí: después de las armas de destrucción masiva iraquíes, es el turno de la industria nuclear iraní. Como si no hubiera aprendido nada de la Historia, otra vez George Bush amenaza la paz al pretender “luchar contra el eje del mal”, a través de la comunidad internacional.

Para saber si hace falta el uso de la fuerza para impedir que Irán fabrique su arma nuclear, conviene tratar de anticipar el resultado de tal operación y poner en balanza sus beneficios e inconvenientes. Todos los especialistas se muestran de acuerdo en que los iraníes ya han pensado en la posibilidad de recibir ataques aéreos preventivos. Pase lo que pase, los ataques occidentales no lograrán aniquilar el acervo nuclear iraní. El único efecto posible de una intervención, pues, será el de retrasar el programa nuclear de Teherán. A esto hay que añadir que la población iraní considera que su país debe acceder a la tecnología nuclear y que les va en ello la seguridad frente al Estado de Israel, única potencia nuclear de la región. Según Azadeh Kian-Thiebaut, investigador del CNRS (Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia), la cuestión nuclear se ha convertido en la nueva divisa del nacionalismo iraní. Por todos estos motivos, la destrucción de una parte de su programa nuclear sólo fortalecería la sed de poder y soberanía nuclear del pueblo iraní.

Todo lo que se puede esperar, es que esta capacidad nuclear sea controlada por un régimen responsable, pacífico y progresista que no cultive el odio contra Occidente e Israel. ¿Pero cómo poner en pie tal régimen? El derrocamiento del poder establecido sólo puede provenir del interior del país y de los opositores exiliados, del sobresalto de la población y de la oposición moderada. Los ataques occidentales, en cambio, tendrían por objetivo la destrucción de los centros de poder del régimen de los mulás. ¿Es razonable apostar por esta solución? Es una solución tanto más incierta, cuanto que los ataques occidentales y las inevitables pérdidas civiles colaterales ocasionadas correrían el riesgo de fortalecer el sentimiento de unidad nacional frente al agresor. Asimismo, es improbable que la oposición iraní desee acceder al poder con la ayuda del poder militar de Occidente, a la vista de la experiencia infausta en Irak.

Escalada desastrosa

Si los beneficios del uso de la fuerza son de por sí inciertos, imaginemos además la respuesta que podría dar Irán en revancha. Esta República islámica es conocida por su capacidad de hacer daño y podría desencadenar nuevas oleadas de violencia en las zonas sensibles de la región, en el Líbano, en Palestina, en Irak y en Afganistán, usando sus redes de influencia. Pero es que también podría llevar a cabo ataques con misiles contra Israel y los reinos del Golfo Pérsico. Por último, Irán ya ha amenazado con enviar comandos suicidas contra los intereses occidentales. Así, al territorio suní de Bin Laden se sumaría el territorio chií iraní. Ese empeoramiento de las tensiones entre Occidente y el mundo musulmán correría el riesgo de degenerar en un conflicto mundial.

Por todo esto, pienso que a estas alturas la amenaza de una intervención militar occidental no es deseable, pues radicalizaría a la población iraní y convendría al juego del poder establecido. Entonces, ¿qué hacer frente a las provocaciones del presidente Ahmadineyad y ante el riesgo de un ataque nuclear contra Israel? Una solución consistiría en poner en marcha todos los mecanismos posibles para apaciguar las relaciones entre Irán y Occidente y en particular con los Estados Unidos. Retirando a Irán de la lista del “eje del mal” que censa los Estados granuja del planeta, y cesando sus sanciones económicas para reanudar un verdadero diálogo de civilizaciones, Washington y Bruselas podrían estigmatizar el comportamiento irresponsable del Presidente Ahmadineyad y mitigar las tensiones. La diplomacia occidental dispone de algo de tiempo para propiciar esta apertura, pues el peligro de la bomba iraní no es inminente: todos los expertos están de acuerdo en que Irán no podrá fabricarla antes de 2009 como muy pronto. Por ahora, cuidémonos de subir demasiado aprisa los peldaños de la escala de sanciones que nos encerraría en una lógica de escalada de la que será muy difícil escapar.