La PESC renacerá en Bagdad

Artículo publicado el 7 de Abril de 2003
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Artículo publicado el 7 de Abril de 2003

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Porqué de las cenizas de la crisis iraquí puede finalmente nacer una Europa que sea una gran potencia. El papel de la Convención.

El desarrollo de la crisis iraquí y el comienzo de la guerra han mostrado la PESC tal y como es, es decir inconsistente en las crisis internacionales, cuando las líneas políticas definidas por los países miembros divergen profundamente. Se ha dicho y redicho hasta la extenuación que Europa debería hablar de una sola voz. Las divisiones internas de la UE debilitan a Europa, que se encuentra dividida sobre la oportunidad de una guerra lanzada por Estado Unidos y que las opiniones públicas de medio mundo contestan. Es difícil identificar un país europeo o un líder que salga victorioso de esta crisis. Ni siquiera el francés Chirac, que, si bien es cierto que gracias a su línea pacifista recoge el 75% de apoyos en su país (algo que ni siquiera el general De Gaulle consiguió en los años sesenta), se ve obligado a asistir impotente al estallido de una guerra que no ha conseguido evitar.

Lo cierto es que el escenario que emerge de la crisis es desesperante. Aun así, hay razones para no ser demasiado pesimista sobre el futuro de la PESC. La crisis iraquí ha concentrado la atención de los medios y de la diplomacia europeos, que por un cierto tiempo han dejado de lado a la Convención. La Asamblea encargada de redactar un modelo de Tratado Constitucional, que será después votado en el seno de la Conferencia Intergubernamental, discutirá en mayo las cuestiones relativas a la PESC. Los artículos sobre los que se discutirá serán presentados al Presidium a finales de abril. El Presidente de la Convención ha dejado intencionadamente dos de las temáticas sobre las que las divergencias serán más profundas para el tramo final: la estructura institucional de la Unión y la PESC. En el caso de esta última, por otra parte, se espera que las operaciones militares en Irak hayan llegado a su fin a finales de abril o principios de mayo y los gobiernos europeos se puedan concentrar de nuevo en la reforma de la Unión, posiblemente con más coraje que hasta ahora.

En efecto, como ha subrayado Alain Lamassoure, uno de los representantes franceses del Parlamento Europeo en la Convención, el Grupo de Trabajo VII sobre la acción exterior de la UE ha producido resultados a fin de cuentas bastante modestos. Las propuestas realizadas en su seno están consideradas como simples innovaciones de fachada, como por ejemplo la tan cacareada fusión del Alto Representante para la PESC y del Comisario de Relaciones Exteriores. Según Lamassoure, no cabe duda que este dualismo no ha sido lo que ha impedido a la Unión tener un línea política clara y coherente sobre Irak u Oriente Medio o de adoptar una posición común en el Consejo de Seguridad. Lamassoure va hasta afirmar que se debería haber consagrado el debate a propuestas sobre temas de mucho mayor calado, como el papel de las fuerzas nucleares, Francia y Gran Bretaña, y las relaciones de Europa con Estados Unidos. No cabe duda que en ciertos puntos, las reflexiones de Lamassoure son excesivas. No se puede negar simplemente a las reformas institucionales la capacidad de incidir en la toma de decisiones política. La propuesta de fusión de los papeles de Solana y Patten no significará el nacimiento de una PESC eficaz, sin embargo hay que notar que actuará positivamente en el sentido de una coordinación mayor de la acción exterior de la UE. Por otro lado, las reflexiones de Lamassoure contienen un importante grado de verdad: las propuestas que han emergido en el seno del grupo de trabajo sobre la acción exterior de la UE no han sido ni innovadoras ni avanzadas.

En el proceso que de la declaración de Niza ha llevado hasta la Convención, la reforma de la política exterior de la Unión no tuvo mucha importancia al principio. La declaración sobre el futuro de la Unión, redactada en Niza en diciembre del 2000, no mencionaba a la PESC entre los temas principales en los que se concentraría el debate. Un año después, en diciembre de 2001, el Consejo Europeo de Laeken decidía convocar una Convención, con el fin de asegurar transparencia y una base amplia para la preparación de la Conferencia Intergubernamental encargada de reformar las instituciones de la Unión, con vistas a la ampliación, después de decepcionante resultado de Niza. También con ocasión de aquella declaración, como nota Hans-Georg Ehrhart, las referencias a las problamáticas de la PESC y de la PESD (Defensa), fueron escasas.

Sin embargo, ahora los temas de política exterior europea han adquirido un peso mucho mayor. La Convención europea se encontrará en un cruce de caminos en abril y en mayo y tendrá que elegir.O bien se propondrán modificaciones institucionales de poco calado, en cuyo caso la PESC se quedaría sustancialmente en lo que es, o cambiaría en modo poco significativo. O bien el Presidium propondrá a la Convención materia para artículos más osados e innovadores. Ésta podría ser la vía que elija Giscard d’Estaing, que ha mencionado a lo largo de recientes entrevistas la posibilidad de introducir novedades significativas en la PESC. Una de ellas podría concerner la inserción de una cláusula que obligue a los Estados europeos a encontrar una posición común en los consensos internacioanles, empezando por el Consejo de Seguridad de la ONU. Su desobediencia implicaría consecuencias jurídicas para el Estado en falta. Se habla de una intervención del Tribunal de Justicia, por ejemplo, en materia de PESC.

De todos modos, todo dependerá de los Estados miembros, que deberán demostrar al tiempo un notable coraje político y lucidez. La impresión que se recoge actualmente es que un grupo de países, entre los cuales Francia, Alemania, Bélgica y Luxemburgo, decidirán avanzar con decisión. Lo importante es que tal “huida hacia adelante” se dirija también a los otros países, para no dar la impresión de querer aislar a ningún país. Ni siquiera al Reino Unido, que ultimamente parece más decidido que nunca a rechazar reformas serias de la PESC. El papel de Gran Bretaña en la construcción de una política de seguridad y defensa común es, de hecho, ineludible.

Crear una política exterior europea creíble tras los recientes y graves fracasos es, por las razones expuestas, todavía posible. El papel que tendrá la Convención podría tener gran importancia. No sería la primera vez que la construcción europea es relanzada con vigor como consecuencia de una crisis profunda.