La reconciliación tras el campo

Artículo publicado el 8 de Junio de 2005
Artículo publicado el 8 de Junio de 2005

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Sesenta años desde el final del dominio nazi, viven todavía algunos antiguos presos de los campos de concentración en Polonia. En vez de amargura, adoptan una postura de reconciliación con los alemanes. Organizaciones como la deutsche Maximilian-Kolbe-Werk contribuyen a la comunicación.

Levemente suena la melodía de la marcha fúnebre de Chopin en los oídos estremecidos de los 50 miembros y amigos que se han reunido entorno a la tumba de Zygmunt Makowski. Dos hombres y una mujer permanecen de pie tras el párroco y sujetan una gran bandera en lo alto. El sol hace brillar con vigor el tejido aterciopelado a rayas azules y blancas con una P mayúscula de Polonia en el triángulo rojo. Son los representantes de la organización de los antiguos presos de los campos de concentración que rinden el último homenaje a sus compañeros fallecidos.

Este no será el último entierro de un camarada al que Zygmunt Kauc asistirá. Él es el dirigente del centro médico-social para antiguos presos de los campos de concentración de Lodz, financiado por Friburgo. "Es muy importante para los presos ver que los alemanes se interesan por su situación y que les quieren ayudar", manifestó Zygmunt Kauc en su pequeño despacho de Lodz. Hoy en día, de los 3600 presos de antaño de Lodz, sólo 625 hombres y mujeres sobreviven. Cuanto más mayores se hacen más apoyo urgente necesitan de los médicos que trabajan en el centro o de las visitas domiciliarias y del servicio social de reparto de comida para ancianos.

Maximilian Kolbe, patrón de los presos

"Hace 16 años, cuando comenzamos aquí con nuestro trabajo, éramos todos muy jóvenes", afirma Kauc de 81 años de edad mientras habla un alemán perfecto y ríe pícaramente. "Ahora seremos cada vez menos y más mayores". Por encima del tresillo, en la sala de espera, reluce el cuadro del padre franciscano Maximilian Kolbe, que sería canonizado por el Papa Juan Pablo II como "mártir de la reconciliación". Es el patrón de todos los presos de los campos de concentración, después de que se suicidara por unos camaradas en Auschwitz.

"Queridos padres, me encuentro bien. Trabajo aquí voluntariamente". Así comenzaba habitualmente las cartas censuradas escritas a las familias en casa desde el campo de concentración femenino de Ravensbrück. También aquellas de Halina Burdowa, de 94 años de edad. Nada en ellas presagiaba el humo amarillo y marrón del crematorio. Pero a pesar de las torturas vividas no siente ningún odio. Allí aprendió a conocer y a valorar a muchos presos alemanes. El que hubiera también víctimas alemanas de la maquinaria de violencia fascista hace que para los antiguos presos el enfrentamiento con los hechos del vecino sea considerablemente más liviano. Sin embargo, para la nonagenaria, el mandamiento cristiano de amar al prójimo fue también determinante para la reconciliación.

Cuenta objetivamente cómo fue encarcelada el primer día de la guerra que acababa de comenzar, en las proximidades de Danzig. Acusada de "polinizar" a los niños alemanes", sería llevada a Ravensbrück hasta la liberación llevada a cabo por el ejército rojo.

Después del campo de concentración, el Gulag

"Sólo pensar en el paraíso tras la muerte nos daba la fuerza necesaria para sobrevivir", afirma con lágrimas en los ojos. Después, saca de un antiguo cajón de madera una carta de Johannes. El joven alemán trabajó para el Maximiliam-Kolbe-Werk durante un año de prestador de servicios por la paz en el centro médico-social y pronto le acogió con cariño en su corazón. Cuando leyó la carta por primera vez, se alegró por toda las partes de Alemania. "Un hombre joven y listo", se dijo como si hablara de su propio bisnieto.

Zygmunt Kauc también tuvo que vivir los horrores en su propia piel. Estuvo encarcelado dos años en el campo de concentración de Stutthof cerca de Danzig y sólo con suerte sobrevivió allí al tifus. Tras la liberación, fue secuestrado de camino a casa a Lodz, durante otros diez años, y llevado al gulag ruso de Workuta, porque se negó a luchar como polaco en el ejército rojo. Muchos de sus camaradas habían conocido también a alemanes buenos durante su encarcelamiento que les dieron alimentos o les procuraron trabajo menos duro. "No hay sólo alemanes malos, eso lo hemos aprendido a diferenciar muy pronto", manifestó. Su propio credo se alimenta de las propias ganas de vivir de un superviviente: "El odio sólo destruye, y en primer lugar, a uno mismo".

Cartuchos como souvenir

Sin embargo, no debe olvidarse lo que sucedió. Por eso, los días de conmemoración, tal y como se celebran en la actualidad, son tan importantes para los supervivientes. La celebración del sesenta aniversario de la liberación, del cambio del campamento de Radogost a Lodz, es un encuentro íntimo. Sólo las salvas disparadas por los jóvenes soldados polacos retumban en el cielo sobre el antiguo "Apellplatz" (la plaza del recuento de presos). En el depósito de la corona, se unen más grupos de discípulos detrás de los representantes oficiales. Evidentemente nerviosos, depositan narcisos formando un semicírculo entorno a la lápida conmemorativa, antes de dar la media vuelta militar de forma briosa y desaparecer entre los oyentes. Al final de la celebración, chillan de nuevo y se pelean por los cartuchos disparados por los fusiles utilizados en la salva. Por ello, un grupo de supervivientes miran atentos. En sus miradas se refleja la esperanza de que los cartuchos no sean lo único que los jóvenes se lleven a casa de este día.