La República Checa: el gran “tapado” para ganar el Mundial

Artículo publicado el 9 de Junio de 2006
Artículo publicado el 9 de Junio de 2006

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En la fase final del presente Mundial de fútbol compite por la gloria, entre otros, Chequia. Su entrenador, Brückner, se muestra optimista ante sus posibilidades: “¡Podemos ganar el Mundial!”

“Cesi, do toho!” –“¡A por ellos, Chequia!”. El grito de guerra de los aficionados checos que suele retumbar en las pistas de hockey sobre hielo también se hará oír en los estadios alemanes de fútbol. Si bien el deporte rey en la República Checa -y con mucha diferencia- es el hockey, a orillas del Moldava se empieza a percibir el influjo de la fiebre por el Mundial de fútbol. Buena prueba de ello es la recepción dispensada al presidente del comité organizador del Mundial, Franz Beckenbauer, en Praga a finales de enero por parte del presidente Václav Klaus y el primer ministro Jií Paroubek, que se convirtió en poco menos que un acto de Estado. También la prensa de la capital checa reflejaba en sus portadas la relevancia de esta visita, al tiempo que mostraba su agradecimiento al Kaiser Beckenbauer por unas declaraciones en las que afirmaba que el equipo checo “tiene potencial para llegar a cuartos o semifinales, e incluso más lejos”.

¿Con legionarios a la victoria?

La explosión de alegría generalizada provocada por la primera clasificación para un Mundial desde hace 16 años impulsó al jefe de gobierno, Paroubek, por temor ante una posible baja participación, a retrasar una semana las próximas elecciones al parlamento que estaban fijadas para los días 9 y 10 de junio, fecha de inicio del Mundial. La democracia checa parece quedarse fuera de juego cuando compite contra el Kaiser y el Rey Fútbol.

“Quizá sean miles los checos que viajen a Alemania a apoyar a nuestra selección, y otros cientos de miles los que no se despeguen del televisor”, afirma Paroubek razonando su decisión. La euforia desatada es tan arrolladora que ha dejado en la sombra el mayor escándalo de corrupción en la Historia del fútbol checo, destapado en mayo de 2004, en el que estaban implicados al menos 14 árbitros, seis funcionarios, dos clubes y dos delegados de campo, y que provocó la caída en las cifras de asistencia a los partidos de liga a un promedio de 5.000 espectadores.

El combinado checo puede considerarse uno de los “tapados” entre los favoritos para llevarse la corona mundial. Al contrario que la selección alemana, en la que sólo Jens Lehmann (Arsenal) y Robert Huth (Chelsea) juegan en ligas extranjeras, las filas checas se componen casi en su totalidad de jugadores “legionarios”: exceptuando a Jaromir Blazek (Spartak de Praga) y Karel Poborsky (Ceske Budejovice), todos los seleccionados juegan en ligas más allá de sus fronteras. Los cinco jugadores checos que juegan en la Bundesliga alemana, David Jarolím (HSV), Jan Polák (1. FC Nürnberg), Jirí Štajner (Hannover 96), Tomáš Rosický y Jan Koller (ambos en el Borussia Dortmund) esperan poder contar con el apoyo en Alemania de los hinchas de sus clubes, siempre y cuando no estén jugando contra los anfitriones, se sobreentiende. Tal vez esta fuga masiva de talentos a otras ligas y latitudes sea uno de los motivos que explican el papel más bien modesto de los clubes checos en las competiciones internacionales. Analizando las esperanzas checas puestas en el Mundial, se puede establecer un paralelismo con el triunfo germano en el Mundial de 1990, que fue posible en gran medida a jugadores emigrados al Calcio italiano que lograron aportar al conjunto una valiosa experiencia.

Dinámico, variable y técnicamente elegante

Los hombres sobre los que recaen las mayores esperanzas checas son Jan Koller, con 9 goles en la fase de clasificación, Pavel Nedvd (Juventus Turín), que reconsideró su decisión de dejar la selección al regresar a jugar los 2 partidos de repesca, y por último Petr ech (Chelsea), portero del año en 2006 en la Premier League. A estas figuras consagradas se suma savia nueva como Tomáš Rosický, un cerebro organizador en el mediocampo, y Milan Baroš (Aston Villa), máximo goleador de la Eurocopa de 2004.

Pero el auténtico crack del equipo es su entrenador. Karel Brückner, de 66 años, es tanto el padre como el elemento integrador de la selección checa. Un conjunto indisciplinado y enzarzado en batallas internas cuando a finales de 2001, Brückner volvió a tomar las riendas del equipo consiguiendo permanecer imbatido durante 2 años. El estilo que ha conferido al equipo se caracteriza por una presión constante en todo el campo y la precisión en los pases cortos, sin olvidar la capacidad de sacrificio de cada uno de sus jugadores. En la Eurocopa de 2004, el fútbol dinámico, variable y técnicamente elegante de los checos destacó como uno de los más modernos de Europa, si bien al final el título no voló a Praga por la falta de fortuna en momentos clave. “¡Podemos ganar el mundial!”, anuncia ahora Brückner convencido de sus posibilidades.

La participación de los checos en el Mundial de Alemania ofrece también algo de controversia. Y no sólo por los sempiternos debates históricos sobre el horror del nazismo y la obligada dispersión de los alemanes de los sujetes. En la memoria colectiva de los checos siguen impregnados los épicos enfrentamientos entre su selección y la alemana durante las últimas décadas: así, hace 30 años en Belgrado la antigua Checoslovaquia conquistaba su hasta ahora único título de campeón de Europa contra Alemania, la entonces campeona del mundo (inolvidable: el penalti fallado por Uli Hoeness). En la última participación checa en un Mundial, en 1990, el conjunto sufrió la eliminación en cuartos de final a manos de la selección alemana (a destacar en el once germano la presencia del hoy entrenador alemán Klinsmann). En 1996, la República Checa cayó en la final de la Eurocopa en Inglaterra ante Alemania (con un gol de oro en la prórroga de Oliver Bierhoff). Y aunque en la Eurocopa de 2004 se acertó en infringir un duro correctivo a la selección alemana en la primera ronda, los checos mordieron el polvo en semifinales ante una Grecia dirigida por el alemán Otto Rehagel, quedándose una vez más con la miel en los labios... como si fuera una maldición, de nuevo un alemán se interponía en el camino hacia la gloria de la República Checa.