‘La sinfonía de Kinshasa’: la pasión por Beethoven en África

Artículo publicado el 1 de Marzo de 2010
Artículo publicado el 1 de Marzo de 2010
El amor por la música siempre es un buen tema para una película. Muy lejos de los estados de ánimo y de los conflictos que pudimos ver en ‘Trip to Asia’, ‘La orquesta sinfónica de Kinshasa’ muestra la pasión con la que la gente supera todo tipo de obstáculos

En pleno centro de la capital congoleña, Kinshasa, entre el caótico mercado multicolor, las gallinas revoloteando, el trapicheo de los comerciantes y el ruido ensordecedor de la carretera, se encuentran unas 100 personas, algunas sentadas y otras de pie, tocando música clásica de Georg Friderich Händel. Un coro está cantando detrás, menos cuando el polvo de la carretera les obliga a toser…

Los cineastas alemanes Martin Baer y Claus Wischmann dicen “haber seguido a la música europea hasta África", y, al principio, tuvieron que enfrentarse ante el hecho de estar haciendo “preguntas europeas” para su película."¿Por qué precisamente Beethoven?, ¿no es difícil tocar en condiciones tan caóticas?, ¿cómo habéis aprendido a tocar los instrumentos?" En algún momento, habrían decidido que una orquesta africana tocara Beethoven. Si se hubiera tratado de una orquesta sinfónica japonesa, no se habría especulado tanto al respecto. Algunos músicos incluso encuentran paralelismos entre los ritmos africanos y la Novena Sinfonía de Beethoven. Para el director de la orquesta, ArmandDiangienda, el esfuerzo que hace su grupo es algo así como “tocar Beethoven con la pasión congolesa”.

Obviamente, las condiciones en las que los músicos tocan dejan mucho que desear. Ninguno de ellos ha aprendido a hacerlo de forma profesional, casi todos son autodidactas. Sin olvidar que, durante el día, estos electricistas, enfermeras, mecánicos o vendedoras de vestidos de novia que deben dedicarse a sus respectivas ocupaciones. Diangienda tiene una formación de piloto aviador. El calor y la humedad dañan los delicados instrumentos, de fabricación casera por falta de recursos. Los cortes de electricidad dificultan los constantes ensayos nocturnos y ni sus familias ni sus vecinos reconocen sus esfuerzos musicales. A pesar de todo, los miembros de la orquesta, unidos por su pasión por la música clásica de Beethoven, Verdi, Händel y Mozart, se saldrán con la suya, contra todo pronóstico. "Cuando canto, me siento bien conmigo misma, es como si estuviera en otro mundo", así describe sus sentimientos una de las cantantes del coro.

Wischmann y Baer eligieron a ocho entre los más de cien músicos para acompañarles en su día a día hasta sus casas en ruinas, comprando huevos a precios desorbitados y conviviendo con sus desquiciadoras familias. Decidieron prescindir de la narración en off a propósito, para aclararlo y comentarlo todo, para contrarrestarlo desde la perspectiva europea. Era necesario que sus problemas y sus historias se dieran a entender por si solos. Querían presentar a la gente de la orquesta, sin tener que aclarar nada al respecto. Así se llevaron a cabo algunas escenas, donde los músicos tocan sus instrumentos por separado en la calle, en la estación de autobuses o en el embarcadero, mientras que el ruido de las calles y de la gente desaparece lentamente. Lo único que queda son los rostros marcados y la música conmovedora.