La sombra del petróleo en la crisis de Darfur

Artículo publicado el 14 de Marzo de 2005
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Artículo publicado el 14 de Marzo de 2005

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Intereses petrolíferos y Derechos Humanos no van de la mano: una dura ley que rige también para países como Sudán o Chad.

La guerra civil que sufre Sudán desde 1983 enfrenta a la milicia árabe Janjaweed ("los Caballeros") y a los grupos rebeldes JEM (Justice and Equality Movement) y SLA (Sudan Liberation Army). El gobierno islámico de Jartum está acusado de instigar diferencias étnicas ya casi superadas y de apoyar a la milicia Janjaweed, autora de graves incidentes violentos sobre la población civil de Darfur. Entre las razones que han desencadenado el conflicto se encuentra la reivindicación por parte de los grupos rebeldes de obtener una mayor parte de los beneficios derivados del negocio petrolífero.

La comunidad internacional teme que la crisis de Darfur se extienda y desestabilice toda la región. La visita de Colin Powell a Sudán el pasado mes de junio demuestra, junto con las presiones de EE UU para la firma de los acuerdos de paz de Nairobi el 9 de enero, el interés norteamericano en los sucesos ocurridos. En la agenda del ilustre huésped no sólo está el respeto al Derecho Internacional y la tutela de los Derechos Humanos en Darfur, sino también garantizar la defensa de las inversiones petrolíferas estadounidenses en el sur del país.

Cuando la riqueza está bajo tierra

Antes del maremoto que sacudió el sureste asiático, los expertos coincidían en que la emergencia humanitaria de Darfur era la más grave de nuestros tiempos. Murieron 30.000 personas por los ataques de las milicias, y 1 millón más abandonó su hogar. Hasta ahora, han llegado al Chad 200.000 refugiados, pero las agencias humanitarias estiman que otros 100.000 están a punto de salir hacia allá.

El petróleo ha sido descubierto hace poco en el Chad. Empresas estadounidenses se hallan sobre el terreno para preparar la extracción y la construcción de un oleoducto, que llegará hasta la costa de Camerún, desde donde se embarcará el petróleo hacia occidente. El gobierno del Chad no ha perdido esta oportunidad y ha invertido también en el negocio petrolífero, con la esperanza de cosechar una parte de los beneficios futuros. El problema reside en que el Chad es uno de los países más pobres del mundo, y la llegada de refugiados está poniendo a prueba su frágil sistema. En efecto, el gobierno de N’Djamena, en vez de aumentar la inversión en servicios, se ha quedado corto de fondos. Por consiguiente, la sanidad, la educación, las infraestructuras y la seguridad se han visto colapsadas bajo la presión de la crisis humanitaria.

Mientras en Sudán se muere por el petróleo, en el Chad, pues, se ve recortado el ya exiguo presupuesto público. En ambos casos, los beneficios irán a parar lejos de aquellos que realmente los necesitan. Concretamente a las elites locales apoyadas por intereses postcoloniales y a las arcas de las multinacionales extranjeras.

En el desierto del Sahel, el principal medio de transporte es el asno, y el único objeto de plástico derivado del petróleo utilizado por la población local es el bidón de agua. Se argumenta que la industria petrolera da trabajo a los locales, pero en realidad los puestos técnicos son todos cubiertos por extranjeros. Los locales son operarios de apoyo. En 2002, estalló en Chad un importante conflicto sindical cuando se descubrió que las multinacionales petroleras pagaban sueldos descaradamente bajos a su personal.

El verdadero problema es la política al servicio de los intereses económicos. Las poblaciones de Sudán y del Chad, afectadas por la guerra y la pobreza, tienen que luchar solas para sobrevivir. Soñando que algún día también podrán disfrutar y sacar provecho de la misteriosa sangre negra succionada de sus tierras.