La Unión Europea no es rival para los Estados Unidos

Artículo publicado el 22 de Agosto de 2005
Artículo publicado el 22 de Agosto de 2005

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Mientras las elites norteamericanas ven a la Unión Europea como una fuerza económica con la cual habrán de contar, la gente de a pie lo ve menos claro. Desde ambas perspectivas, los Estados Unidos no perciben a su socio transatlántico como un contendiente serio por el poder político o militar.

Para los estadounidenses de a pie -la mayoría de los cuales nunca ha atravesado el Atlántico y está expuesto tan sólo a una cobertura televisiva superficial acerca de la Unión Europea- ésta sigue siendo un distante círculo de Estados soberanos y estereotipos nacionales trillados. Muchos norteamericanos siguen sin enterarse de que el euro ha substituido a 12 monedas nacionales, o que se han llevado a cabo elecciones a un Parlamento Europeo. Lejos de ser una superpotencia rival, la Unión Europea es, pues, percibida apenas como un poco más respecto de lo que fue la Comunidad Económica Europea.

División de clases

Tal insularidad no es ninguna virtud, pero tiene sus explicaciones. Los Estados Unidos de América cuentan con más del doble del territorio que tiene la Unión Europea, y sus únicas fronteras internacionales territoriales las tiene con México y Canadá. A esto se añade el hecho de que la mayoría de los estadounidenses disfrutan solamente de la mitad de su salario -como la mayoría de los europeos- y no sorprende que prefieran pasar sus vacaciones en su propio país antes que hacerlo en el exterior.

Por desgracia, esto significa que les hace falta la experiencia directa necesaria para desarrollar o corregir las representaciones distorsionadas que conservan de Europa. La historia es muy diferente entre las elites políticas y económicas norteamericanas, incluyendo a los más de 10 millones de norteamericanos que vuelan a Europa cada año. Su perspectiva se alimenta de una experiencia inmediata y del mayor consumo de noticias de mejor calidad sobre asuntos internacionales. El amplio consenso entre estas elites es que la Unión Europea es un modelo para la integración económica, más que para la política, teniéndola por prueba irrefutable de que la idea de reducir las barreras al comercio produce prosperidad.

Pero mientras sólo el 14% del público en general encuestado en el documento "Global Views 2004" del Consejo de Relaciones Exteriores de Chicago identificó la "Competencia económica de Europa" como un problema, las elites creen que el rol del dólar estadounidense como principal moneda de reserva podría verse amenazado por el euro. La ansiedad no radica en que los bancos centrales del este de Asia y el Medio Oriente puedan cambiar el dólar por el euro, sino en que incluyan una mayor mezcla de euros y dólares en sus reservas. Cuando el dólar deje de ser un elemento esencial para la estabilidad mundial de los mercados de divisas, su valor contra el de otras monedas tenderá a reflejar la fortaleza real de la economía norteamericana, viéndose sometido a mayores fluctuaciones en su valor. Esto podría provocar que prestamistas extranjeros exijan tasas de interés más altas como respuesta al incremento en el riesgo financiero, resultado que en Estados Unidos fastidiaría a no pocos.

División política

Si las elites perciben a la Unión Europea como una superpotencia económica, a su vez consideran difícil que emerja en el futuro próximo como una superpotencia político-militar. Están convencidas de que durante las próximas décadas, sólo Washington tendrá la capacidad militar y política para responder a cualquier crisis de seguridad internacional seria, proyectando poder militar en el lugar del planeta que sea. Las guerras en Bosnia y Kosovo convencieron a los liberales norteamericanos de que los europeos no son capaces de actuar con eficacia -incluso en su patio trasero- sin el liderazgo estadounidense. Los americanos conservadores se han convencido a sí mismos de algo similar con respecto al Medio Oriente, aunque el alto precio de la guerra en Irak esté erosionando parte de su confianza en la aserción unilateral del poderío militar norteamericano.

Incluso a largo plazo, algunos conservadores simplemente descartan las posibilidades que tiene la Unión Europea de emerger como una superpotencia político-militar, bajo la creencia de que las rivalidades nacionales históricas lo hacen inverosímil, o incluso imposible. Donde los pragmáticos en política exterior tienden a ver el proyecto como neutral, e incluso positivo, dado que otras superpotencias democráticas compartirían la carga de administrar un conflicto, los neoconservadores sólo ven la reticencia de la mayoría de las elites europeas al uso de la diplomacia coactiva y la coacción militar, siendo éstos obstáculos a su gran proyecto de arbitrar un orden mundial democrático y capitalista. Mientras tanto, divagando sobre el salvajismo político imperante desde que los demócratas perdieron la Casa Blanca en 2000, los liberales de la política exterior de Washington generalmente ven tanto probable como positiva la emegencia en un futuro de la Unión Europea como superpotencia política y militar.

Mientras los recientes referéndums sobre la constitución europea han obligado a la mayoría de los europeos a pensar seriamente acerca de las implicaciones de una Unión Europea como entidad supranacional, no existen estímulos parecidos para la mayoría de los norteamericanos. El conocimiento popular acerca de los asuntos internacionales es típicamente prisionero de una cobertura mediática limitada acerca de los eventos internacionales y, como la Unión Europea no actúa como entidad única en los asuntos de política exterior, la mayoría de los americanos aún la relacionan con cualquier crisis pasada o futura de los asuntos internacionales estadounidenses. En contraste, las elites norteamericanas, que están al tanto del rol que representa la Unión Europea, permanecen divididas en cuanto a su importancia global, así como de su conveniencia.