La Violeta

Artículo publicado el 12 de Abril de 2008
Artículo publicado el 12 de Abril de 2008
Dos puertas batientes se abren con ligereza en La Violeta, un espacioso bar frecuentado por los vecinos del barrio. Una tonalidad sucia se extiende desde el suelo hasta el techo, recubriendo a su paso las mesas de plástico y las finas columnas con capiteles que dan ritmo al espacio.
Solamente el extintor y la publicidad “Estrella” alegran con notas rojas esta amplia sala tristemente iluminada con neones.

Desde hace dos semanas, asisto a la representación diaria de un espectáculo rodado. Día tras día, con la precisión de un reloj suizo, los clientes vuelven a interpretar su papel en esta escena banal.

Con paso decidido, el motero de azul marino abre el baile a las seis menos cuarto. Se dirige todo recto hacia su taburete a un extremo de la barra. Sin tener que pedir nada, ya tiene una botellita marrón debajo de su nariz. Un hombre que leía el periódico en la otra punta de la barra, y que parecía estar esperando la señal de salida, se retira en silencio.

La Violeta cobra vida. A las seis y media, el selecto grupo de empleados de correos viene a ocupar la mesa redonda. Con un trapo en la mano, el jefe de carácter alegre toma parte en la animada charla. El bar se llena poco a poco de jóvenes melenudos que tiran sin cuidado la chaqueta y que lían su cigarrillo con aire indiferente.

Por su parte, el escritor barrigudo se extralimita. No es ni funcionario, ni trabajador y puede hacer su entrada a cualquier hora. Deja sus pesados libros y emerge de una nube de humo para pedir un café solo. Después, durante horas, acariciando su barba con su mano fofa, se escucha a si mismo.

En este decorado también hay un montón de espaldas, de siluetas cuyos rostros nunca veré porque yo también tengo mi plaza asignada. De vez en cuando, el jefe echa una ojeada a mis dibujos. Me cruzo con su mujer en el mercado. Y cuando entro en La Violeta sé que antes de la seis el motero de azul marino cruzará el umbral con paso decidido.

Texto de Géraldine Garçon, artista francesa residente en Barcelona que hace creaciones artísticas acerca de la vida cotidiana de las ciudades donde vive.

Traducción de Núria Baró