La viva imagen del amor por la vida: Károly Makk

Artículo publicado el 20 de Mayo de 2006
Artículo publicado el 20 de Mayo de 2006

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El Festival de Cannes está que arde, mientras hablamos con Károly Makk, el aclamado director de cine que ganó el Premio del Jurado en 1971. Pese a padecer la 2ª Guerra Mundial y a vivir durante el comunismo, su amor por la vida y el cine no le han hecho mella.

Frente a una de las muchas casas tradicionales de Budapest parpadea un neón: el de la Tienda de Caramelos de Alex. Es aquí donde espero a Károly Makk, el celebre director de cine húngaro. El lugar, a medio camino entre una tienda de dulces setentera y una cabaña de cazadores, no se caracteriza por su comodidad. Tan sólo las voces que da la camarera rompen el silencio. Cuando el director llega no se encamina hacia mi, sino que saluda con un gesto a los clientes de las otras mesas. Es un cliente asiduo de la casa. Viste una informal camisa azul, la cara llena de arrugas, su pelo cano huele a un dulce perfume. “Esta tienda nunca deja de estar de moda, conozco a las tres camareras y vivo tan cerca que vengo aquí casi todos los días”, comienza diciendo.

La Vida es Bella...

Károly Makk es sin duda una de las más emblemáticas figuras del cine húngaro. Vino al mundo en 1925, en la Hungría oriental. Se crió en la localidad rural de Pusta, en Berettyóújfalu. Su padre trabajó en el cine local durante la primera mitad del siglo XX. El joven Károly Makk pasó su juventud trasteando entre rollos de celuloide que contenían las obras maestras del cine mudo de la época.

Vivió y trabajó con los turbulentos acontecimientos del siglo XX como telón de fondo: la Segunda Guerra Mundial, la era comunista y las primeras elecciones libres en la Historia de Hungría, en 1990. Makk trabajó en los estudios nacionales durante los años de control comunista sobre la cultura oficial. En una época en que la cultura marxista dominaba las artes visuales y los medios de comunicación no pudo afrontar temas políticos directamente. En vez de eso, sus películas bucearon en emociones universales. Por medio de este mecanismo, sus películas capturaron cómo la vida bajo la opresión comunista afectó a a fidelidad, al amor y a la fe. Las películas de Makk son un testamento, pero no contra los horrores del totalitarismo, sino un testamento que honra las trazas de humanidad que persisten durante momentos tan difíciles. Makk me contó, “amo la vida, con todas sus adversidades y miserias. No lo puedo evitar, es imposible ver siempre la vida de color de rosa. Uno tiene que vérselas con la vida como con un todo”.

Y las películas también lo son…

Makk impregna de esa misma alegría todas sus películas, empezando por la comedia clásica Lilomfi de 1954. Durante sus ochenta años de vida ha dirigido más de dos docenas de películas, la mayor parte de ellas consiguieron el reconocimiento dentro y fuera de las fronteras húngaras. Su asombroso ojo clínico para el detalle y su talento para la fotografía lirica quedaron plasmados en In a very moral night (1977) y The Gambler. Su habilidad para demostrar dilemas personales e historicos quedó patente en Love (1960) y A Long Weekend in Pest and Buda (2003). En estas películas se esforzó en “reirse de las encantadoras costumbres de una sociedad subdesarrollada en la que la risa y el gozo son elementos esenciales de la naturaleza humana”. Makk cree que la alegría y el amor que destilan estas películas pueden ayudar a sobrellevar los problemas existenciales de la vida, en definitiva a apreciar la simplicidad de las cosas buenas.

Károly Makk es el mentor de la nueva generación de cineastas húngaros. Establece paralelismos entre los desafíos de la generación actual y las oportunidades de los cineastas tras la 2ª Guerra Mundial. “La belleza del neorrealismo italiano [un movimiento italiano que usaba la exaltación de la realidad para hacer hincapié en temas de conciencia social] consistía en hacer visibles los deseos ocultos de la sociedad, que venía a ser algo parecido a lo que pasa en el cine europeo actual”. Makk, con su voz cavernosa, da pie a los recuerdos de los grandes festivales de cine europeos. Es esta pasión, enraizada en la Historia, la que aún alimenta su amor por el cine. Makk explica que "las películas son el vehiculo de expresión mas apto de nuestra época. En ocasiones, como en la vida, las cosas se hacen por instinto en las películas. La esencia de hacer una película es lo bello que resulta el peligro. Quiero decir que lo que se filma permanece intacto en la película de celuloide para siempre. El creador tendrá que vivir con eso toda la vida: ha transformado lo contingente en algo que persiste y le sobrevive."

En eterno movimiento

Károly Makk me habla mientras da cuenta de su pastel de crema húngaro. Sus ojos lanzan vistazos rápidos en torno a la tienda, sonriendo a la gente que entra. Es una celebridad de cine europeo que me regala historias acerca de Vittorio de Sica y Alain Delon, a los cuales conoce en persona. Resulta fácil imaginar cómo este cultivado y amable hombre consigue iluminar a sus actores para interpretar con alegría en sus películas, incluso en aquellos tiempos en los que la libertad de expresión estaba tan restringida.

Makk se revela ambiguo en lo concerniente al ascenso de la democracia: “las alternativas democráticas son la muerte de las decisiones, dado que los consensos no resolverán los problemas que se dan en el seno de la sociedad”. Asegura que es bajo ciertas condiciones históricas que puede dar a luz películas tan geniales. Tales circunstancias evitan que las películas se presenten como bienes de consumo. Makk opina que “las películas americanas son populares porque simplifican la vida en el bien y el mal. Por contra, el cine europeo ha tomado parte por el derrotado, analizando la complejidad del destino de los individuos y fusionando el lenguaje de la literatura con el del cine. El cine europeo testimonia un espíritu de solidaridad y entiende que las películas deberían dirigirse a un fin social y a la exclusión de lo político”. Makk cree que esta postura se ha transmitido mucho a la vida cultural de Europa durante el último siglo.

Mientras finalizamos nuestra conversación y acabamos con las pastas y el café, le pregunto por qué ya no hace películas. Sus ojos me miran con tristeza y me dice: “No filmo ahora, pero seguro que encontraré la manera de trabajar en el futuro. Incluso si no trabajo en ninguna película en este momento, hay imágenes, ambientes, situaciones rondando por mi cabeza constantemente. Esa es la verdadera película”. Los ojos sabios y alegres de Károly Makk a lo mejor han creado la mejor película por su propia cuenta: una mirada a las profundidades de las emociones humanas a través de la lente de una cámara.