Lágrimas bajo el velo

Artículo publicado el 26 de Septiembre de 2005
Artículo publicado el 26 de Septiembre de 2005

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El derrocamiento de los talibanes no acabó con el fundamentalismo religioso en Afganistán. La igualdad entre hombres y mujeres que proclama la nueva Contitución no ha entrado todavía en la esfera privada. La mujer afgana continúa siendo un ciudadano de segunda.

El mundo bajo un burka ahoga. Una pequeña red limita la visión hasta condenarte a los tropiezos, en el mejor de los casos, o al atropello. En verano, el calor marea y el aire para respirar casi desaparece. Pero lo más cruel es que para la mayoría de mujeres el burka es la única manera de sentirse seguras en la calle. Tres años y medio después de la caída del régimen de los talibanes, los matrimonios forzados de niñas menores de edad, las ejecuciones públicas o los casos de chicas que se inmolan para acabar con la violencia que padecen son todavía comunes en Afganistán. Yakin Ertürk, enviada especial de la Comisión de Naciones Unidas para los Derechos humanos y la violencia contra las mujeres, denunciaba el mes pasado el caso ejemplar de una niña de 8 años, ahora bajo protección, cuya madre la había vendido en matrimonio cuando sólo tenía 6 y que había sido víctima de los “abusos” no sólo de su marido sino también del resto de hombres de la familia.

Amnistía Internacional señala a los culpables: “Los códigos tribales, invocados en nombre de la tradición y la religión, se utilizan para justificar las violaciones de derechos fundamentales de las mujeres. La trasgresión de estos puede llevar al encarcelamiento y al asesinato.” El último informe de la organización sobre Afganistán enfatiza que “maridos, padres y hermanos se erigen en justicia paralela reforzada por las mismas autoridades estatales y el sistema judicial.”

Tradición y religión

Afganistán es un mosaico de etnias, tribus y lenguas. Los pastunes, con más del 52% de la población son los más numerosos entre las 50 etnias del país. Los talibanes eran pastones, y muchas de las prohibiciones e imposiciones -como el burka- que instauraron eran propias de las tribus pastunes y no del Islam. Un viejo proverbio de esta etnia dice “Khazay la, ya kor, ya gor” (la mujer, en casa o en la tumba). “Según la rawaj, el código que rige la sociedad pastún, “los hombres se consideran los guardianes de este malentendido honor, el peso del cual en realidad recae únicamente sobre la mujer, víctima de asesinatos que, en nombre de la tradición, se inflingen con impunidad en muchas zonas rurales donde los crímenes de honor se consideran una cuestión privada”, nos explica la periodista afgana Samar Minallah.

Se mire como se mire el mapa del Afganistán, la situación de la mujer no cambia demasiado. El fundamentalismo y la intolerancia no eran patrimonio exclusivo del régimen del Mulá Omar, aunque algunos expertos consideran que, hasta su llegada al poder, la situación de la mujer afgana cambiaba según la tribu, etnia o región del país donde vivía. Los talibanes unificaron los códigos morales bajo las costumbres de una de las zonas más pobres, conservadoras y menos alfabetizadas de Afganistán.

¿Flores o cardos?

La nueva Constitución afgana ha sido el primer paso de un cambio de marco legal. El texto reconoce la igualdad de género y pone el acento en la prohibición de aquellas costumbres y tradiciones que violan los derechos humanos y los de la mujer. También fija un mínimo porcentaje de mujeres en el senado y en el gobierno. El presidente de la Comisión constitucional, Nematullah Shahrani, declaraba de forma pomposa el día de la aprobación: "Afganistán es un jardín donde hay muchos tipos de árboles, flores y cardos. Las flores son las mujeres". La asamblea lo aplaudió. El presidente Hamid Karzai pedía un “Afganistán libre de prejuicios y odio, donde todo el mundo se respete.” La realidad queda lejos de estas palabras. Las organizaciones de mujeres afganas son muy escépticas sobre el compromiso del actual gobierno. La Asociación revolucionaria de mujeres de Afganistán (RAWA) duda de esta "fachada liberal" de Karzai e insinúa que este discurso busca complacer a los Estados Unidos.

De los 6.000 candidatos a las elecciones parlamentarias y provinciales del 18 de septiembre, 600 eran mujeres. Su presencia actual es casi simbólica, aunque la actual ministra de Sanidad, Sohaila Sediqq, y la gobernadora de Bamiyán, Habia Surobi, son mujeres. Ellas son la cara de una estrategia para aumentar la participación gradual en terrenos que les han sido vedados durante años. Aun así, algunas candidatas a estos comicios han denunciado amenazas y agresiones por parte de los fundamentalistas y a algunas se les ha negado la posibilidad de hacer discursos en público obligándolas a organizar los mítines en casa. Las amenazas se han convertido en realidad en el caso de la joven presentadora de la televisión afgana TOLO TV, Shaima Rezayee, asesinada por "su participación en un progama demasiado liberal", segun el parecer del Consejo de los Ulemas.

Para el portavoz de la Comisión de desarrollo de la UE, Amadeu Altafaj, se deben poner las cosas en su sitio: "las mujeres están representadas en la administración pública y tienen sus derechos básicos garantizados, como por ejemplo el derecho a trabajar. El problema es que el peso de todos estos años de régimen misógino no se superan únicamente con unos cambios legales sobre el papel." En la financiación de proyectos en Afganistán, la igualdad de género es una prioridad para la cooperación europea. Según Amadeu Altafaj: "se debe mantener la presión internacional realizando un gran esfuerzo que comienza en la escuela y tardará bastantes años en dar sus resultados".

Afganistán tiene un porcentaje de analfabetismo del 80%. Nueve de cada diez niñas no tuvo acceso a la educación durante el régimen de los talibanes. Muchos padres continúan negándose hoy en día a que sus hijas vayan a la escuela. Las maestras, no obstante, han salido de la clandestinidad.