Las Tres Mil, esperanza entre escombros

Artículo publicado el 10 de Junio de 2008
Artículo publicado el 10 de Junio de 2008

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Tráfico de estupefacientes, analfabetismo y pequeña delincuencia. Tanto que ni los taxis o autobuses se atreven a entrar en la pequeña jungla del barrio periférico de las Tres Mil, al sur de Sevilla.

Montañas de basura en las aceras, sillas de plástico delante de las puertas. Algunos árboles reconvertidos en tendederos sobre la que se mece al viento lencería multicolor. Voluminosas mujeres cotillean, en bata, delante de la última chabola construida a ojo con paneles de uralita. Se enfrentan a las máquinas que esperan en la esquina de la calle siguiente para tirarlo abajo, ya que el nuevo proyecto de rehabilitación de este suburbio andaluz del Polígono Sur contempla la demolición de las construcciones ilegales. 

Desde 2003, la ciudad satélite tiene una nueva receta con la que conseguir adaptarse a una vida metropolitana más normal: en Plan Integral. “Lo que tiene de revolucionario el plan es la participación de iniciativas ciudadanas en las medidas globales que se extiende a la vida laboral, a la construcción de casa y a los sistemas de salud y educación”, nos explica Antonio Rodríguez Torrijos, adjunto en el ayuntamiento de Sevilla y encargado de distrito del Polígono Sur. 

Según Torrijos, el barrio ha cambiado mucho en los últimos cinco años. Los burros y las cabras no asoman ya la cabeza por la ventana del salón… Como ocurría en esas imágenes del documental Polígono Sur de Dominique Abel, que hicieron furor en España.

3.000 barracones de techo ondulado

El Polígono Sur, oficialmente llamado Zona industrial del Sur, está rodeado por vías rápidas, vías de tren y un campo de grúas en medio de un terreno vacío. El barrio es un apéndice de la resplandeciente Sevilla. Al principio de los años 70, se construyeron 3.000 inmuebles sociales para acoger, en barracones verticales, a los habitantes de caravanas y chabolas del centro de la ciudad y de medios rurales. 

El número 3.000 se ha asociado al nombre del barrio, que se ha conservado a pesar de que la cifra de alojamientos sociales construidos desde entonces alcanza los 7.000, que acogen a 50.000 habitantes. En total, entre el 10 y 15% de los habitantes pertenecen a la minoría romaní y, en algunas partes del barrio, llegan a ser hasta el 58% de la población. Grupos étnicos diferentes, convivencia y costumbres distintas se mezclan aquí, por lo que el potencial de conflictos sociales es grande. Tan grande que el ayuntamiento de Sevilla se juega su reputación… Es hora de poner las cosas en orden.

Antídoto contra la negligencia

En el origen de este plan de rehabilitación, una idea: la raíz de la criminalidad está en la exclusión social, y la raíz de la excusión social es la pobreza. La pobreza viene por el desempleo. Por ello, se han creado tres escuelas de formación. Juan y Antonio, ambos en la treintena, han salido adelante durante años gracias a pequeños trabajos ocasionales. Ahora, los dos alumnos del Taller de Empleo del Polígono Sur trabajan con cables, bombillas y circuitos eléctricos. Sara, de 35 años, también quiere ser electricista y lucha al mismo tiempo contra los prejuicios machistas y las dificultades de encontrar un trabajo estable. 

Para luchar contra la soledad en el barrio, las reformas arquitectónicas son necesarias: acentuar los colores, parques, patios de juego. Gracias a sus conversaciones con los habitantes del barrio, Marina lagos, arquitecta del proyecto de rehabilitación SURCO, conoce lo que es importante para los habitantes: la seguridad. Desde hace poco, dos parejas de policía vestidos de azul vigilan cada esquina.

Los coches se detienen uno tras otro en la carretera. Dos jóvenes, morenos y delgados, se apoyan en el maletero y se dejan registrar pacientemente. En cuanto a estética, manda la reja. 

Droga y miseria

El tráfico de drogas florece también en Las Tres Mil. “El mercado existe porque hay consumidores”, comenta Torrijos, que sabe que “entre ellos se encuentran algunos de los nombres más nobles de la alta sociedad”. El tráfico de drogas también afecta a la actividad diaria de José Carlos López Murciano, director de la escuela primaria Manuel Altolaguirre. Sobre todo cuando escuchar a algunos de sus antiguos alumnos decir que acaban de salir de la cárcel tras cinco años de condena, y añadir después: “mi primo ha muerto de una sobredosis”.

Las mujeres y los niños son los protagonistas de las imágenes de la calle. Algunos tienen sarna. Se han programado nuevos cursos para las mujeres con el fin de que puedan transmitir a sus hijos las reglas fundamentales de la higiene corporal. A los niños se les enseña algunos principios durante el almuerzo, antes de los cursos. También se intenta matar dos pájaros de un tiro al atraer a jóvenes que han abandonado su formación de nuevo al comedor de la escuela a la hora de la comida. En general, el dinero se usa para comprar, pero la idea de una alimentación regular y equilibrada no está lo bastante asimilada. Como el hábito de ir a clase. 

El conjunto de los habitantes del Polígono Sur no se ha quedado en estado salvaje, como algunos lo piensan. La mayor parte de su población es honesta y desea la integración, destaca Torrijos. El edil comunista querría compartir con los más desfavorecidos las ventajas del capitalismo, pero denuncia también la hipocresía del sistema social actual. Al mismo tiempo, su secretaria va en coche oficial, un Mercedes, color gris plateado… 

¿El Plan Integral? ¿Estás de broma?

José Carlos, cuyos alumnos vienen de la zona de Las Vegas, la más conflictiva, comenta con cinismo cuando le hablamos del Plan Integral. “El tema está de moda. Pero nuestra forma de enseñar es la misma desde hace 20 años. Repito todos los días que no hay que pelearse y que solo se defeca en los baños”. Incluso si la casa no tiene a veces ni retrete ni bañera. El padre o el tío lo han podido vender para obtener algunos beneficios, junto con unos tubos de cinc, un ascensor o una parte de las escaleras.

Los gitanos, todos ladrones. En Las Vegas, los clichés están a la orden del día: aquí, nadie y todos son racistas. Empezando por los mismos gitanos: “Ellos llaman a los no gitanos ‘payos’, imbéciles”. Ríe María Carmen López Camacho, de 24 años, educadora en este mundo de machistas. Por nada del mundo trabajaría en otra parte. 

Los 14 profesores del Altolaguirre (ninguno de ellos gitano) rebosan cariño hacia los niños. Como testimonio, una pequeña regañina para Francisco o un halago para el pequeño Moi, de tres años, que bosqueja algunos pasos de flamenco con sus pequeños brazos morenos. Alrededor, un numeroso grupo de niños piden una foto y besitos. En el pasillo, José Carlos, el director de la escuela, repite con insistencia: “Mamá, ¿qué es lo que quieres?” Una madre de familia le lleva a su hija la llave de la casa, vestida con la bata y unas zapatillas de casa. José Luis le da un palo, un instrumento hecho de caña, ya que ella es un poco artista. La madre toca algunos ritmos, entre carcajadas que dejan ver sus dientes de oro. ¡Viva el arte de las Tres Mil!