Las “unciones” diarias en la vida del peregrino

Artículo publicado el 15 de Octubre de 2010
Artículo publicado el 15 de Octubre de 2010
Durante el año 2009, más de 140.000 personas de todo el mundo recorrieron el Camino hacia Santiago de Compostela para terminar junto al sepulcro del Apóstol. 14.000 de esos peregrinos procedían de Alemania, entre ellos Klara Gockel y Felix Wenzel. Más que orar con los pies, para ellos el peregrinaje resultó una aventura sin igual.

La primavera del año pasado, la alemana Klara Gockel, de 22 años, pensaba en salir de viaje durante algún tiempo. Entre las opciones, Santiago de Compostela prevalecía sobre unas vacaciones de clubbing en Mallorca; ¿la razón? El dinero. Pero fue otro el factor que terminó por animarla a dar el paso: el exitoso libro “Ich bin dann mal weg” (Entonces me pongo en camino), del escritor y comediante alemán Hape Kerkeling.

Klara leyó el libro “por casualidad”, un libro común en las estanterías de millones de alemanes. En él, Hape Kerkeling describe su peregrinación a lo largo del Camino de Santiago. “Al principio quería hacerlo sola”, afirma esta estudiante de odontología de la ciudad de Herne; pero al final no fue así: Felix Wenzel, viejo amigo del colegio y estudiante de enfermería, cuya primera reacción fue “¿Te has vuelto loca?”, no tardaría en dejarse convencer. Juntos rebuscaron en libros de viaje, adquirieron algunas nociones (muy) elementales de español y se unieron a diversos grupos sobre peregrinación alojados en StudiVZ, versión alemana y fundacional de una red social para estudiantes universitarios.

Hablando de aquellos días, Klara y Felix afirman sonrientes: “Parecíamos incluso demasiado profesionales. En el Camino nos encontramos con gente que peregrinaba a pies descalzos”. Para ellos, tanto sufrimiento era innecesario, por eso apostaron por un buen calzado y toallitas húmedas de bebé, fundamentales en multitud de situaciones.

24 km. al día, siete días a la semana, seis semanas seguidas

800 kilómetros en seis semanasComenzaron su viaje en agosto de 2009 por el Camino Francés, principal ruta de aproximadamente 800 kilómetros que parte de los Pirineos y recorre el norte de España. Para cubrir el trayecto, Klara y Felix necesitaron seis semanas en las que recorrieron una media de 24 kilómetros diarios. ¿Días de descanso entre medias? No los hubo. Pese a su buen calzado, fue necesaria la “unción vespertina”, como llamaba Klara a la aplicación de bálsamo en las heridas. Así, se entiende que un peregrino arrancase los tacones de sus ya de por sí pequeños zapatos sin pensárselo dos veces. Por lo general, nuestros peregrinos entablaban conversación con aquellas personas que más les impresionaban, a menos que, bajo la cama doble de un albergue abarrotado, tuvieran que ceder espacio a una quejicosa señora entrada en años y también alemana… Pero igualmente tuvieron encuentros satisfactorios, entre ellos aquél con una pareja de peregrinos formada por un abuelo y su nieto. Tal y como Felix concreta: “Entre peregrinos nunca te sientes solo”.

El “efecto peregrino” o cómo estimar las cosas pequeñas

Las verdaderas razones que empujaron a Klara y Felix a emprender su aventura no fueron religiosas. Más bien querían demostrarse a sí mismos que eran capaces de realizar la ruta. En palabras de Klara: “Lo que nos importaba realmente era alcanzar nuestra meta.” La estudiante también destaca la repentina inmersión en el particular “mundo del peregrino” y la desconexión con la realidad. Si bien a Klara y Felix les parece algo fantástico, a sus padres no tanto así. Felix afirma: “Mi madre colgó en casa un mapa del recorrido y, cada vez que hablaba conmigo, colocaba una banderita sobre el lugar exacto en que nos encontrábamos. A mi regreso comprobé que habíamos olvidado llamarla durante algunos días seguidos, y pude calcular con precisión cuánto tiempo habíamos estado sin dar señales de vida por medio de la distancia entre banderitas”.

“Durante el viaje no echamos en falta nada. Vale, alguna que otra vez nos permitíamos una refrescante Coca-Cola como recompensa en lugar de beber agua corriente. Y tampoco nos vino nada mal utilizar a veces una auténtica toalla en lugar de la nuestra, de microfibra”, apunta Klara. Sin embargo, el “efecto peregrino”, el sentimiento de estimación por las cosas pequeñas, desaparece al cabo de poco tiempo. Klara comenta: “Siempre me ha gustado ducharme por las tardes y, para mí, disfrutar consistía por ejemplo en usar una buena toalla en tu casa. Pero cuando estas cosas están tan lejos, de algún modo las olvidamos”.

Hasta el fin del mundo

Tras seis semanas de caminatas, noches en refugios masificados y unciones diarias, Klara no se llevó una gran impresión al llegar a la meta, Santiago de Compostela: “Era un día lluvioso y para entonces ya habíamos decidido continuar nuestro viaje hasta el fin del mundo”. Finisterre dista a 90 kilómetros de Santiago. Y una vez llegados allí, esta pareja de alemanes sintió haber logrado finalmente su objetivo: “El panorama era de locura,” cuenta Felix. “Realmente, el camino acababa allí. Ante nosotros, la puesta de sol y el mar: una sensación emocionante.”

Klara y Felix no se conforman con abrazar al apostol, ¡quieren ver caer el sol desde Finisterre!

El efecto peregrino desaparece, lo demás permanece. A su regreso, Klara y Felix grabaron el recuerdo de su viaje en su propia piel; ella se tatuó el tobillo y él, el pie. ¿Y cuál fue la marca que eligieron? Cómo no, ¡la Concha de Santiago!

Aunque Klara opina que es posible “partir en peregrinación con relativa espontaneidad”, nunca vienen mal algunos consejos útiles.

Fotos: ©Klara Gockel und Felix Wenzel